"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Capítulo 17
El pánico en la despensa se volvió algo físico, un monstruo invisible que les cortó el aire a ambas. Greta, reaccionando con la rapidez de quien ha sobrevivido décadas en una corte de depredadores, le arrebató el pergamino arrugado a Sofía de las manos.
—Escóndete eso en el corsé, ¡ya! —gesticuló la anciana en un susurro desesperado, pero al ver que el papel era demasiado grande y crujiría, tomó una decisión más drástica. Agarró el retrato, lo arrastró hacia el fondo de la despensa y lo sepultó profundamente dentro de un gran saco de harina abierta—. Si nos revisan, que no lo lleves encima. Mírate las manos, límpiate las lágrimas. ¡Pon cara de estúpida asustada, ahora!
La puerta de la despensa se abrió de golpe antes de que Sofía pudiera siquiera asimilar la orden. Lord Kaelen entró al pequeño espacio iluminado por la vela, flanqueado por dos guardias de la élite real que portaban espadas cortas en el cinto. El aroma a lobo guerrero del Beta inundó el lugar, agitando el instinto de Sofía, cuya loba se encogió aún más en su interior, muda de terror.
—Greta, tu nieta ha cometido un error gravísimo —sentenció Kaelen, clavando sus ojos oscuros en la joven, que se había pegado a la pared con los brazos cruzados sobre el vientre, temblando de forma genuina—. El rey exige verlas a las dos en el despacho. Ahora mismo.
—Por supuesto, milord, le pido mil disculpas —intervino Greta, poniendo su mejor voz de anciana sumisa y abrumada—. Esta niña no tiene remedio, es tan torpe... ¿Rompió algo de la vajilla de su Majestad? Yo misma pagaré el costo de mi salario...
—No se trata de la vajilla, Greta —la cortó Kaelen de forma gélida—. Muévanse. No hagan esperar al Alfa Supremo.
El camino de regreso por las escaleras de caracol fue una marcha fúnebre. Sofía sentía las piernas de gelatina; el frío de los escalones de piedra le subía por los zapatos, y cada paso la acercaba más a su propia ejecución. Sabía que si César Dróvnikov unía los puntos, no habría rincón en el continente donde pudiera esconderse de él.
Cuando volvieron a cruzar las pesadas puertas dobles del despacho real, el ambiente era radicalmente distinto al de hacía unos minutos. Las velas del candelabro parpadeaban con fuerza, avivadas por la corriente de aire del ventanal que César había abierto por completo. El Rey Lycan estaba de pie junto a su escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera pulida, observando fijamente el espacio vacío donde antes descansaba el retrato.
Al escuchar los pasos, César se enderezó lentamente. Su imponente silueta, recortada contra la oscuridad de la noche exterior, irradiaba una furia contenida que hacía que el aire del despacho fuera difícil de respirar.
—Déjanos, Kaelen. Custodia la puerta —ordenó el rey sin apartar la vista de las dos mujeres.
El Beta asintió, retrocediendo y cerrando las hojas de madera, dejando a Sofía y a Greta solas ante el Alfa Supremo.
César caminó con esa elegancia peligrosa que lo caracterizaba, deteniéndose a dos pasos de Sofía. El aroma a tormenta y roble de su presencia la envolvió por completo. El rey se agachó sutilmente, quedando casi a la altura de los ojos de la joven, obligándola a sostenerle la mirada con sus afilados ojos grises.
—Voy a hacer una sola pregunta, Elena —pronunció César, arrastrando las sílabas con una calma que daba más miedo que cualquier rugido—. Y más vale que tu abuela use su voz para darme la respuesta correcta. En esta mesa había un pergamino con un retrato a lápiz antes de que tiraras el agua. Ya revisé el suelo, revisé los mapas y no está. ¿Dónde está el papel que tomaste de mi escritorio?
Sofía abrió los ojos de par en par, imitando el desconcierto más absoluto. Negó frenéticamente con la cabeza, llevándose las manos a la boca y luego al delantal, mostrándolas vacías en un ademán desesperado.
—¡Su Majestad, por favor, se lo suplico! —intervino Greta, cayendo de rodillas al suelo con una actuación perfecta, uniendo las manos en un gesto de ruego—. Mi niña es muda y apenas entiende el valor de las cosas de este palacio. Cuando tropezó, el pánico de haberlo enfurecido la cegó por completo. Salió corriendo con el balde... si el papel se pegó a su ropa o al balde mojado, debió caerse en las escaleras o en las cocinas. ¡Ella no sabe leer ni escribir, señor! ¿Para qué querría un pergamino de su escritorio?
César no apartó los ojos de Sofía. Su olfato se expandió sutilmente, buscando el rastro del miedo en la joven. Captó el olor a alcanfor, a menta... y una intensa descarga de adrenalina humana que emanaba de sus poros. Para el rey, esa reacción era perfectamente lógica en una sirvienta que temía ser azotada o ejecutada por ladrona.
—Te voy a dar una oportunidad, Elena... o creo que voy a tener que azotar a tu abuela —dijo César con una voz gélida, desabrochando con lentitud pasmosa la hebilla de su pantalón y sacando el grueso cinturón de cuero negro.
El sonido del metal al soltarse retumbó en el despacho como un disparo. Greta la había salvado esa noche en la frontera, la había cobijado en su cocina y había mentido por ella ante toda la guardia real. Sofía sintió que el mundo se le venía abajo; no podía permitir un acto tan atroz contra la única persona que le había tendido la mano.
—Señor, asumiré el castigo —intervino Greta de inmediato, manteniendo la cabeza baja y la voz firme, dispuesta a recibir los golpes con tal de proteger el secreto de la muchacha.
En ese momento, la puerta se abrió sutilmente. Kaelen se paró en el umbral, ignorando por completo la orden previa de César de esperar afuera. El Beta sabía que la situación en el despacho había escalado a un punto peligroso.
César ni siquiera miró a su segundo al mando. Clavó sus ojos grises en la anciana, enrollando el cuero del cinturón alrededor de su mano con una parsimonia aterradora.
—¿Estás segura? No vas a poder soportar ni uno solo, Greta —advirtió el rey, apretando el cuero con fuerza.
Sofía vio cómo el Alfa Supremo levantaba la mano, con el cinturón al aire listo para descargar el primer golpe sobre los hombros de la anciana. El pánico, la culpa y la desesperación rompieron el último dique de su resistencia. Ya no importaba el papel de Elena, ya no importaba el mutismo.
Se interpuso en el medio, cubriendo el cuerpo de Greta con el suyo.
—¡Basta! ¡Basta, por favor! —su voz, ronca por los días de silencio forzado y quebrada por el llanto, resonó con fuerza en las paredes de piedra—. Yo soy Sofía Ivanov.
La confesión quedó flotando en el aire denso del despacho. Sofía cayó arrodillada ante César, temblando de miedo de pies a cabeza, esperando que el monarca llamara a los verdugos o le cortara la respiración con su aura dominante.
Sin embargo, la reacción del Alfa Supremo no fue la que ella esperaba. Lejos de enfurecerse, de llamar a la guardia o de dar órdenes inmediatas de ejecución por haber sido burlado en su propia casa, César detuvo la mano en el aire. Con una lentitud calculada, bajó el cinturón.
Una sonrisa frívola, pero cargada de un profundo interés, se dibujó de lado en sus labios perfectos. Sus ojos grises se iluminaron con la chispa del depredador que acaba de encontrar exactamente la pieza que le faltaba en su tablero de ajedrez. Miró a la joven Ivanov allí postrada, dándose cuenta de que la clave para quedarse con todo el continente no estaba en una frontera lejana, sino arrodillada a sus pies.