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EL CONTRATO DEL ORGULLO. EN LOS BRAZOS DEL CEO.

EL CONTRATO DEL ORGULLO. EN LOS BRAZOS DEL CEO.

Status: Terminada
Genre:Sustituto/a / CEO / Romance / Completas
Popularitas:12.5k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?

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CAPITULO 15 LA MIRADA DEL PASADO

La cena con los familiares de Héctor se desarrollaba bajo la carpa iluminada del jardín principal de la casa grande. El ambiente, impregnado del olor a flores frescas y vino de reserva, destilaba esa opulencia que el padre de Héctor siempre adoró exhibir. Adrián se movía entre los tíos y socios de la familia con una naturalidad pasmosa; su conversación era fluida, inteligente y destilaba una autoridad innata que fascinaba a los hombres y cautivaba a las mujeres. Fiel a nuestro pacto de la suite, se mantuvo atento a mí durante toda la velada. De vez en cuando me pasaba una copa, me rozaba la cintura con suavidad para integrarme en una conversación o me dedicaba miradas cargadas de una complicidad tan perfecta que cualquiera habría jurado que llevábamos años compartiendo la vida.

Priscila, sentada al otro lado de la mesa redonda, vigilaba cada uno de nuestros movimientos con una fijeza felina, pero tras el revés del desayuno, medía sus palabras con extrema precaución. El que definitivamente parecía no encajar en su propia fiesta era Héctor. Apenas tocó el plato principal. Se limitó a beber una copa tras otra, manteniendo los ojos clavados en las manos entrelazadas de Adrián y mías por encima del mantel, con la mandíbula apretada hasta el punto de hacer resaltar las venas de su cuello.

A mitad de la noche, aprovechando que los invitados se levantaron para degustar los licores y los postres en la zona del porche, me disculpé para ir al baño. Necesitaba un respiro, un minuto de silencio lejos de las miradas capciosas y de la abrumadora cercanía física de mi jefe, que todavía me hacía latir el pulso a mil por hora tras el incidente de la cremallera. Crucé el salón interior de la villa y salí por una de las puertas laterales que daba a un pequeño patio de piedra andaluz, un rincón apartado y oscuro rodeado de macetas con jazmines aromáticos.

Apoyé las manos en la barandilla de piedra, inspirando el aire fresco de la noche mientras intentaba serenar mis pensamientos. Sin embargo, el crujido de unos pasos decididos sobre las baldosas rompió mi tregua. Me giré de inmediato, esperando encontrar a Adrián, pero la silueta que se recortó bajo el arco de piedra fue la de Héctor.

Tenía la corbata ligeramente aflojada, las mejillas encendidas por el alcohol y una mirada turbia, cargada de una mezcla de reproche, frustración y dolor reprimido. Cerró la distancia entre nosotros con zancadas rápidas, deteniéndose a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio con una urgencia que jamás le había visto en nuestros años de instituto.

—Leo... por fin te pillo a solas —pronunció, y su voz sonó ronca, tensa, desprovista por completo de la jovialidad forzada de los días anteriores.

—Héctor, me has asustado —respondí, dando un sutil paso hacia atrás para recuperar mi espacio—. Deberías estar con tus tíos en el porche principal. Priscila te estará buscando.

—Me da igual Priscila ahora mismo, Leo —interrumpió él con un ademán brusco de la mano, acortando de nuevo la distancia—. Llevo dos días aguantando esto y ya no puedo más. Necesito que me mires a los ojos y me digas qué demonios está pasando aquí. ¿Qué es todo esto? ¿Un vuelo privado? ¿Un resort de lujo? ¿Y ese tipo? ¿Desde cuándo sales con un empresario estirado que parece sacado de la portada de una revista de finanzas?

Fruncí el ceño, sintiendo cómo una chispa de indignación comenzaba a encenderse en mi pecho ante su tono de reclamo.

—Se llama Adrián, Héctor. Y te agradecería que midieras tus palabras. Es mi pareja y el hombre con el que comparto mi vida actual. No tienes ningún derecho a arrinconarme en un patio para cuestionar mis relaciones personales.

Héctor soltó una risa amarga, un sonido seco que se clavó como una espina en mi memoria. Se frotó la frente con frustración antes de volver a clavar sus ojos en los míos.

—¿Tu pareja, Leo? ¡Venga ya! Es que no te reconozco. Tú no eres así. Tú eres la chica que compartía un piso de estudiantes conmigo, la que cenaba cereales a medianoche y se tapaba con mi misma manta vieja. ¿De verdad te has vendido a ese mundo de trajes de sastre y apariencias? ¿Me has cambiado por un millonario arrogante que te maneja como si fueras de su propiedad? No pega contigo, Leo. Ese hombre te mira como si fuera tu dueño y tú pareces una extraña a su lado.

El comentario, lejos de herirme, actuó como el detonante definitivo de toda la rabia, el dolor y la humillación que había estado acumulando durante los últimos cinco años. Me enderecé por completo, perdiendo por primera vez la timidez que me había caracterizado frente a él, y le sostuve la mirada con una firmeza implacable que lo pilló totalmente desprevenido.

—¿Que tú no me reconoces, Héctor? —le devolví, y mi voz, aunque baja para no llamar la atención, destiló un veneno frío y certero—. Qué paradoja tan absoluta. El que cambió fuiste tú el mismo día que cruzaste esa puerta de embarque en el aeropuerto. Me pediste que te esperara, me dijiste que serían solo unos meses. Y yo me quedé sola. Me quedé enterrando a mi padre, cuidando a mi madre en mitad de una depresión severa, trabajando en lo que saliera para pagar las facturas, mientras tú te dedicabas a coleccionar éxitos, coches de marca y a Priscila.

—Leo, yo intenté mantener el contacto... —balbuceó él, dando un paso atrás ante la fuerza de mi respuesta.

—¡No me interrumpas! —le corté con autoridad—. Lloré tantas noches al teléfono contándote lo rota que estaba, y tú empezaste a distanciarte porque mis penas arruinaban tu perfecta vida de ejecutivo. Dejaste de llamar. Dejaste de contestar mis cartas. Te olvidaste de mis cumpleaños y me redujiste a un escueto mensaje semanal. Me dejaste atrás como si fuera una página vieja de tu adolescencia. ¿Y ahora vienes a cuestionar con quién rehago mi vida? Adrián no es un "empresario estirado", Héctor. Adrián es el único hombre que me ha mirado a los ojos en cinco años para decirme lo mucho que valgo. Me defiende de los ataques de tu prometida, valora mi inteligencia, respeta mi trabajo y me hace sentir protegida en un mundo donde tú me abandonaste a mi suerte. El Héctor del que yo estaba... el Héctor que era mi amigo murió hace cinco años. Mírate, te has convertido en todo lo que decías odiar en la universidad. Así que no te permito que me hables de lealtad ni de esencias, porque tú perdiste el derecho a opinar sobre mi vida en el momento exacto en que decidiste olvidarme.

Héctor se quedó completamente mudo, con el rostro pálido y la boca entreabierta, como si acabara de recibir un impacto físico en pleno centro del orgullo. Las palabras le faltaron por completo. Sus ojos, fijos en los míos, reflejaron por primera vez la dolorosa consciencia del daño que me había causado y la realidad de que la chica sumisa que esperaba en el rincón ya no existía.

Di media vuelta sin darle la oportunidad de articular una sola excusa, con la seda azul de mi vestido ondeando a mi alrededor, y caminé con paso firme hacia el interior de la casa. Al cruzar el umbral del salón, me encontré a Adrián apoyado contra la pared del pasillo, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y observándome en silencio desde la penumbra. Había escuchado cada una de mis palabras. Lejos de mostrarse molesto por la escena, sus ojos oscuros brillaban con una intensidad y un respeto feroz que me hicieron dar un vuelco al corazón.

Me ofreció el brazo con una madurez impecable, y al deslizar mi mano sobre su tela firme, me di cuenta de que el pasado acababa de morir definitivamente en aquel patio andaluz. Mi presente, complejo, vibrante y peligrosamente adictivo, caminaba ahora a mi lado.

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Margelis Izarra
yo como ellos me largo de allí y no asisto a ninguna boda...falta de respeto
Akire
hermoso trabajo felicidades escritora , me engancho desde el primer capítulo hasta el final 👏👏👏👏👏👏👏
Doris C Medina Rivero
que bello Adrián.🥰
Doris C Medina Rivero
que bello Adrián.🥰
Doris C Medina Rivero
guaoo.. 🥰🥰🥰
Doris C Medina Rivero
buenísimo, Héctor que te quede claro! 👏👏👏
Doris C Medina Rivero
esa bruja de Priscila 💣💣
Doris C Medina Rivero
que emoción 🥰🥰
Doris C Medina Rivero
Comienzo a leerte autora y me gusta tu escritura, está interesante.
Adiana Navas
genial me encanto muy terna y dulce
Maria Jose PAlma
me encanta 😍
Monica R Briseño
Excelente y maravillosa novela, una historia de amor donde él protege, defiende y ama tanto a ka mujer, muy bien narrada y escrita...
Muchas felicidades autora!!!!!
Nora Rivoir
Muy linda historia
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
EM
espectacular
EM
ed
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