Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 4
El interior del ala de servicio del palacio era un laberinto de pasillos de piedra gris, techos abovedados y un silencio solemne que contrastaba con los murmullos nerviosos de las candidatas.
Klarisa guio a Elizabeth a través de un corredor secundario hasta desembocar en una amplia sala de techos altos. Allí, mesas largas de madera oscura y estrictas supervisoras de la alta servidumbre ya esperaban con rollos de pergamino en mano. El aire olía a cera de abeja, papel antiguo y la tensión palpable de decenas de mujeres que competían por el codiciado puesto de niñera del heredero.
—Atención todas —la voz gélida y autoritaria de la superintendente jefa resonó en el recinto, haciendo que el murmullo cesara de inmediato—. La posición que disputan requiere no solo discreción absoluta y obediencia ciega, sino temple de acero. El príncipe heredero Lucas no es un niño común; la corte exige perfección. Quien flaquee en la primera prueba será expulsada de inmediato.
La primera prueba consistió en un filtro riguroso de destreza, modales y resistencia a la presión. Las supervisoras evaluaban la postura, la caligrafía, la capacidad para memorizar protocolos complejos de etiqueta imperial y la rapidez mental ante situaciones imprevistas simuladas.
Mientras muchas de las jóvenes competidoras comenzaban a sudar frío, cometiendo errores por los nervios o derrumbándose ante las duras reprimendas de las supervisoras, Elizabeth se mantuvo en un segundo plano absoluto.
Cada vez que una supervisora se acercaba a su mesa para cuestionarla de manera incisiva o poner a prueba su paciencia con exigencias absurdas, Elizabeth respondía con una calma pétrea, modulando la voz en un tono bajo y sumiso. No había arrogancia en su postura, solo una fría y calculada disciplina. Las cicatrices invisibles de su rechazo público y la pérdida de su loba la habían dotado de una coraza impenetrable; comparado con lo que ya había sufrido, la exigencia de aquellas supervisoras parecía un juego de niños.
Conforme avanzaban las horas, los nombres de las descartadas se iban leyendo en voz alta, y una a una, las aspirantes abandonaban la sala con la cabeza gacha.
Al caer la tarde, de las decenas de mujeres que habían iniciado la prueba en la fila de la mañana, solo quedaban unas pocas de pie.
La superintendente jefa recorrió la línea final con la mirada, deteniéndose unos segundos en Elizabeth. Sus ojos escrutaron el rostro pálido, los sencillos cabellos oscuros recogidos sin pretensiones y la firmeza silenciosa con la que sostenía su postura. Aunque en los registros figuraba como una simple postulante de un pueblo lejano, había algo en su compostura que denotaba una extraña clase natural.
—Ustedes tres han pasado el primer filtro —anunció la superintendente con sequedad, señalando a Elizabeth y a otras dos mujeres—. Mañana enfrentarán la prueba práctica frente al comité de nodrizas principales. Retírense a sus dormitorios asignados. El descanso es obligatorio.
Klarisa, que había estado aguardando en un rincón apartado de la sala, se acercó a Elizabeth con una mezcla de alivio y sorpresa en el rostro.
—Lo lograste, Elizabeth... Has pasado el primer muro —susurró la anciana con cautela, guiándola hacia los estrechos pasillos de los cuartos de servicio—. Pero no te confíes. Mañana la prueba será dentro de las áreas residenciales, cerca del círculo íntimo de la corona.
Elizabeth asintió en silencio, sin emitir una sola palabra de triunfo. Mientras se dejaba guiar hacia su modesta habitación, sabía que cada paso la acercaba más al núcleo del imperio. Nadie había mencionado al emperador Vinicius, ni su imponente presencia se había dejado ver por los pasillos de servicio; el soberano permanecía oculto en sus propios dominios, ajeno por completo a que, entre las nuevas empleadas que pisaban el palacio, se encontraba la mujer a la que el destino creía haber destruido para siempre.
El sonido de la escasa luz de la mañana filtrándose por el pequeño tragaluz de la habitación de servicio apenas presagiaba el inicio de una nueva jornada. Elizabeth se levantó antes de que el clarín del palacio marcara el alba. Su cuerpo aún cargaba con el cansancio de los días anteriores, pero la frialdad de su determinación no se había resquebrajado ni un ápice.
Klarisa la esperaba al final del pasillo con un uniforme limpio y una bandeja con pan duro y té negro.
—Hoy es la prueba definitiva, Elizabeth —advirtió la anciana en un susurro apenas audible, mientras le entregaba la ropa—. La prueba práctica se realiza en el ala de las recámaras reales. No tendrás contacto con el emperador, por supuesto, pero las nodrizas principales evaluarán cómo interactúas con el príncipe heredero Lucas. Es un niño difícil, desconfiado y cerrado. Si logras calmarlo, el puesto será tuyo. Si lo asustas o rompes el protocolo, te echarán a la calle antes del mediodía.
Elizabeth asintió con seriedad, tomando el uniforme y cambiándose con rapidez. Se recogió el cabello en una coleta estricta, asegurándose de no llamar la atención, y se dispuso a seguir a las supervisoras hacia el corazón residencial del palacio.
El trayecto las condujo por pasillos cada vez más lujosos, donde los tapices de terciopelo y los grandes ventanales de cristal ahumado dejaban ver los vastos jardines interiores. A diferencia del bullicio de la planta baja, allí reinaba un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujir de las suelas sobre el mármol pulido.
Llegaron a una amplia estancia decorada en tonos azules y dorados: la sala de juegos del heredero.
Sentado en un rincón, de espaldas a la puerta, se encontraba el pequeño príncipe Lucas. Tenía los hombros encogidos y sostenía un soldadito de plomo entre las manos, ignorando por completo la presencia de las tres aspirantes que acababan de ingresar bajo la atenta mirada de dos nodrizas principales de riguroso luto y gesto adusto.
—Escuchen bien —terció la nodriza mayor, una mujer de labios delgados y ojos punzantes—. El príncipe Lucas no ha pronunciado palabra en los últimos tres días. Rechazó a las dos anteriores candidatas con gritos y berrinches. Tienen diez minutos cada una para acercarse, ganar su atención y lograr que tome al menos una cucharada de su tónico. Quien falle, se retira de inmediato.
Las otras dos aspirantes pasaron primero. La primera intentó hablarle con una dulzura exagerada y artificial; el niño ni siquiera se giró, limitándose a arrojar el juguete al suelo. La segunda intentó tomarlo de la mano con demasiada confianza; Lucas se apartó con un gruñido bajo y los ojos brillantes de frustración, provocando la inmediata expulsión de ambas por parte de las nodrizas.
—Siguiente —anunció la nodriza principal, mirando con desdén a Elizabeth—. Es tu turno. Recuerda: mantén las distancias si la bestia interior del niño se agita.
Elizabeth caminó con pasos lentos y medidos. No llevaba falsas sonrisas ni palabras ensayadas. Sabía muy bien lo que se sentía estar rota, arrinconada y obligada a soportar un dolor que nadie más comprendía.
Al pararse a pocos pasos del niño, no intentó tocarlo ni obligarlo a mirarla. Simplemente se arrodilló sobre la alfombra, quedando a su misma altura, y dejó caer con suavidad el soldadito de plomo que había quedado tirado cerca de su bota, devolviéndolo con delicadeza junto a las manos del pequeño.
—Los soldados de plomo siempre marchan mejor cuando tienen un compañero que los cubra por la espalda —dijo Elizabeth con voz suave, tranquila, sin rastro de prisa ni de miedo.
Lucas detuvo el movimiento de sus manos. Giró lentamente el rostro hacia ella, observando sus ojos oscuros con una fijeza impropia de su edad. No había en la mirada de Elizabeth compasión lastimera, sino una quietud idéntica a la suya: la de alguien que también lo había perdido todo.
El niño, en un gesto silencioso, extendió el soldadito hacia ella, aceptando su presencia sin emitir una sola palabra, pero rompiendo el muro que había mantenido cerrado durante semanas.
Las nodrizas principales abrieron los ojos de par en par, conteniendo la respiración ante el inesperado milagro.