Él la desea por su pasado. Ella lo busca por su futuro. ¿Podrán escapar de las sombras del pasado? 🖤
Dorian Collins es "El Magnate de los Diamantes" 💸, un CEO millonario, frío y destrozado por la muerte de su amada esposa Anna 🕊️. Para el mundo es indestructible, pero por dentro se consume en la soledad y en un deseo reprimido que no lo deja en paz.
Charlotte Mousier es una valiente obrera del sur de Francia ⚒️. Sin dinero y agobiada por las deudas, lucha por salvar la vida de sus padres enfermos 🏚️. Cuando el corrupto encargado de la mina intenta abusar de ella y la deja en la miseria, Charlotte emprende un viaje desesperado a París para plantarle cara al mismísimo dueño del imperio 🏢.
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Capítulo 17: Perdida En La Oscuridad.
Mientras la noche caía sobre la mansión, en la habitación del fondo Charlotte pasó unas horas terribles. Se paseaba de un lado a otro como un animal enjaulado, sintiendo que el pecho se le apretaba por la desesperación. Estaba atrapada en las garras de un hombre mentalmente inestable, sin una sola vía de escape visible.
Lo que más le pesaba en el alma era la culpa. No sabía ni cómo había sacado fuerzas para mentirle a sus padres por teléfono esa misma tarde, fingiendo una voz tranquila para decirles que le habían ofrecido un buen trabajo en la ciudad y que tendría que quedarse un tiempo. No entendía cómo había sido capaz de decir tantas mentiras juntas a la gente que más amaba, pero sabía que era el único modo de protegerlos y no alarmarlos mientras buscaba una salida de esa pesadilla.
Mientras tanto, en la planta alta de la casa principal, Dorian caminaba con pasos suaves por el pasillo hasta detenerse frente a una puerta entreabierta. Entró a la habitación de su hija y, al ver a la pequeña lista para dormir sobre su cama, se acercó a la niñera.
—Déjanos solos un momento, por favor —le pidió Dorian en voz baja.
La mujer asintió en silencio y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
En cuanto la niñera se fue, la niña se sentó de golpe en la cama con los ojos iluminados de alegría.
—¡Papi! Te extrañé mucho —dijo Lindsey, estirando los brazos hacia él.
—Mi princesa... mi amor —respondió Dorian, sentándose en el borde del colchón para envolverla en un abrazo apretado y besar su frente.
La cargó un momento en su regazo, acomodándole los rizos suaves antes de mirarla con una sonrisa misteriosa.
—Te tengo una sorpresa —le dijo en un murmullo—. Mañana... mañana hay alguien que quiero que conozcas. Alguien muy... especial.
—¿Quién, papi? —preguntó la pequeña intrigada, ladeando la cabeza con curiosidad.
Dorian le acarició la mejilla con ternura, mientras en el fondo de sus ojos grises brillaba esa chispa de ilusión enferma que lo consumía por dentro.
—Mañana la vas a conocer —le aseguró con dulzura—. Se llama Charlotte, y quiero que te sientas con ella como si fuera tu mamá.
A la mañana siguiente, muy temprano, varias personas entraron a la habitación de Charlotte sin previo aviso. Eran estilistas, maquilladores y la dueña de una de las tiendas más exclusivas de la ciudad, todos enviados bajo las estrictas órdenes de Dorian Collins.
Durante horas, trabajaron sobre Charlotte. Peinaron sus rizos, le aplicaron un maquillaje suave y pulido y la vistieron con un elegante vestido de seda de corte impecable. Cuando finalmente la dejaron sola frente al espejo de cuerpo entero, a Charlotte se le cortó la respiración. Al mirar su reflejo, prácticamente no se reconoció. Ya no veía a la joven humilde que luchaba por los mineros; frente a ella había una mujer elegante, sofisticada y trágicamente idéntica a la fotografía de Anna que Dorian le había enseñado el día anterior.
Minutos después, la llevaron a la sala principal de la mansión, un espacio gigantesco con techos altos, grandes ventanales y muebles de lujo. Charlotte se quedó de pie en medio del lugar, sintiéndose extraña e incómoda dentro de esa ropa tan costosa.
—Te ves perfecta —escuchó resonar una voz grave a sus espaldas.
Al girarse, vio a Dorian bajando las escaleras principales de la mano de una niña pequeña. La niña llevaba un vestido sencillo, tenía el cabello castaño peinado en suaves ondas y unos ojos curiosos que observaban todo a su alrededor. Era la pequeña Lindsey.
Dorian se detuvo a pocos pasos de Charlotte. Lindsey, al levantar la vista y ver a la mujer que estaba parada en el centro de la sala, soltó la mano de su padre y se quedó completamente paralizada.
La pequeña parpadeó una y otra vez, abriendo los ojos con una mezcla de impacto, asombro y una profunda ilusión infantil.
—¿Mami...? —susurró Lindsey con la voz quebrada, dando un paso vacilante hacia Charlotte—. ¡Mami, volviste!
La niña corrió hacia Charlotte con los brazos abiertos. Charlotte se congeló en el sitio, sintiendo que un nudo gigante se le formaba en la garganta y que el corazón se le partía en mil pedazos ante la mirada de aquella criatura inocente.
Excelentes capítulos, quede sorprendida de como una madre sea capaz de tanto 😲