Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 24
Aquella mañana parecía ser igual que las anteriores. El médico había acudido a revisar a Sayon y, después de comprobar sus signos y su estado general, había concluido que continuaba recuperándose favorablemente, aunque todavía permanecía inconsciente. Caleb había llamado a Laila poco después y ella le había informado de que el Omega seguía sin despertar, manteniendo así la misma situación de los últimos días.
Sin embargo, había algo diferente en aquella mañana.
En realidad, Sayon y Laila ya se estaban preparando para la huida.
Tenían un plan. No era perfecto, ni mucho menos, pero las circunstancias habían cambiado y ahora podían aprovecharse de una situación que antes no existía.
El personal de la mansión iba a ser sustituido casi por completo y el movimiento ya había comenzado. Los antiguos empleados estaban siendo reemplazados poco a poco mientras los nuevos llegaban, recibían instrucciones y comenzaban a familiarizarse con aquel enorme lugar.
Para Sayon y Laila, aquel cambio representaba una oportunidad.
Ambos estaban preparados.
— Esto es lo que me pidió, Señor Sayon — Dijo Laila mientras le entregaba jeringas que contenían un líquido transparente en su interior — Se lo cogí disimuladamente al doctor.
Sayon tomó las jeringas con cuidado y las observó durante unos segundos antes de levantar la mirada hacia ella.
— Bien — Dijo finalmente — Sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad?.
— Sí — Respondió Laila con firmeza.
— Entonces te esperaré — Dijo Sayon.
Laila respiró profundamente, intentando controlar los nervios que comenzaban a apoderarse de ella, y después salió de la habitación.
— Suerte — Le dijo Sayon.
La puerta se cerró frente a ella.
Durante unos segundos, Laila permaneció apoyada contra ella, con la espalda pegada a la madera y los ojos cerrados. Soltó el aire lentamente y se llevó una mano al pecho.
Tenía algo importante que hacer, quizá la parte más delicada de todo el plan, y sabía que un solo error podía arruinarlo todo.
Finalmente se separó de la puerta y comenzó a bajar las escaleras.
La mansión se encontraba extrañamente tranquila. Los amplios pasillos, normalmente ocupados por empleados que iban de un lado a otro realizando sus tareas, parecían casi vacíos. Los nuevos trabajadores acababan de llegar y todavía se encontraban distribuidos por diferentes zonas de la propiedad, recibiendo instrucciones y aprendiendo cómo funcionaba aquel lugar.
Algunos caminaban con cierta cautela, observando las habitaciones y los largos corredores con curiosidad, mientras otros permanecían cerca de las zonas de servicio esperando nuevas órdenes. La mansión seguía conservando su habitual elegancia, con sus grandes escaleras, los suelos impecables y los altos ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana, pero aquel movimiento de personas nuevas hacía que el ambiente se sintiera diferente.
Laila llegó al primer piso y se detuvo unos instantes para observar.
Los nuevos empleados, bajo las órdenes de uno de los hombres que Caleb había dejado a cargo, apenas comenzaban a incorporarse a sus quehaceres. Algunos todavía parecían perdidos, preguntando dónde debían ir o qué tarea tenían asignada.
Pero Laila no había bajado hasta allí para observar.
Buscaba a alguien.
Y finalmente lo encontró.
Era un joven Beta que vestía el uniforme propio del personal de la mansión. Parecía un poco nervioso y fuera de lugar, algo comprensible teniendo en cuenta que acababa de llegar. Miraba de un lado a otro mientras intentaba descubrir qué debía hacer.
Laila esperó el momento adecuado y se acercó a él.
— Tú — Lo llamó.
El joven levantó rápidamente la cabeza y se acercó.
Laila no llevaba un uniforme, como el resto de los empleados, por lo que el Beta no dudó en acercarse.
— ¿Necesita algo? — Preguntó el muchacho.
Laila carraspeó.
No era buena actuando y mucho menos engañando a alguien, pero ahora no podía permitirse demostrar sus nervios.
— Necesito que me ayudes en algo — Dijo intentando mantener una expresión tranquila — Sígueme.
— Claro, Señorita — Respondió el chico.
Laila se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso por el mismo pasillo por el que había llegado.
El joven Beta la siguió, aunque todavía parecía un poco confundido. No sabía qué podía necesitar aquella mujer de él, pero al tratarse de alguien que parecía conocer la mansión, supuso que tendría alguna tarea que asignarle.
Mientras avanzaban, Laila intentaba mantener un paso tranquilo y ocultar el nerviosismo que sentía. Sus manos estaban ligeramente tensas y su corazón latía con demasiada fuerza. Era la primera vez que hacía algo así y cada pocos pasos tenía que recordarse a sí misma que debía continuar.
El joven que caminaba detrás de ella, en cambio, estaba demasiado distraído con la mansión.
Para alguien que acababa de llegar, aquel lugar resultaba impresionante. Los techos altos, los enormes ventanales, las lámparas que colgaban sobre los espacios principales y la decoración elegante hacían que cada pasillo pareciera formar parte de un palacio. Incluso los muebles y los cuadros estaban colocados con una precisión que transmitía una sensación de riqueza y autoridad.
El Beta miraba a su alrededor maravillado.
Tan concentrado estaba en aquella admiración que no se dio cuenta de hacia dónde lo estaba llevando Laila.
Solo cuando cruzaron una zona del pasillo que le resultaba desconocida comenzó a sentir cierta duda, pero ya era demasiado tarde.
Ese era precisamente el piso al que los nuevos empleados tenían estrictamente prohibido acercarse.
Laila continuó caminando hasta detenerse frente a una puerta.
El joven también se detuvo.
Por un instante, observó la puerta con curiosidad.
Laila tomó el pomo y abrió.
Después entró primero y sujetó la puerta, dejando espacio suficiente para que el joven pudiera pasar.
— Adelante — Le indicó.
El Beta dudó durante apenas un segundo antes de obedecer.
Tenía curiosidad por saber qué había detrás de aquella puerta, sobre todo porque la habitación contrastaba completamente con el resto de la mansión. No era menos elegante ni menos cuidada, pero mientras las otras zonas destacaban por su amplitud y decoración, aquel espacio era mucho más sencillo y minimalista, con pocos muebles y una atmósfera mucho más silenciosa y un tanto lúgubre.
El joven dio el primer paso dentro.
Y en cuanto cruzó completamente el umbral, sintió un pinchazo en el cuello.
Abrió los ojos sorprendido.
Antes de poder girarse, vio cómo Laila cerraba rápidamente la puerta detrás de él.
Entonces sintió que sus fuerzas desaparecían.
La persona que había permanecido escondida junto a la puerta había esperado exactamente ese momento. En cuanto el joven estuvo completamente dentro, Sayon salió de su escondite y le administró el sedante que Laila había conseguido del médico.
El Beta apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que sus piernas dejaran de sostenerlo.
Su cuerpo cayó al suelo.
Sayon se agachó junto a él para comprobar que el sedante había hecho efecto y después levantó la mirada hacia Laila.
— Buen trabajo — Dijo con una sonrisa, levantando el pulgar.
Laila seguía de pie junto a la puerta, apoyada contra ella mientras respiraba de manera entrecortada. La tensión todavía recorría su cuerpo, pero al ver que todo había salido bien, no pudo evitar sonreír.
También levantó el pulgar.
Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio, mirando el cuerpo inconsciente del joven.
Aquel era solamente el primer paso.
El primer movimiento de un plan que todavía estaba lejos de terminar.
acá me tiene padeciendo por más capitulos, no hay derecho