Alex siempre creyó que obedecer a su Alfa era su deber. Entregado al Clan Sabio para pagar una deuda, soportó humillaciones, desprecios y castigos, convencido de que algún día Fernando comprendería su valor. Pero después de recibir un golpe injusto, algo cambia.
Una voz aparece en su mente.
La Diosa Lectora conoce sus secretos, revela las mentiras del clan y le muestra futuros que podrían convertirse en realidad. Por primera vez, Alex descubre que su sufrimiento no fue casualidad y que su origen guarda un secreto capaz de cambiarlo todo.
Con cada verdad, el Omega deja atrás al joven sumiso que todos podían pisotear. Ya no obedecerá ciegamente, ni permitirá que otros decidan su destino.
Mientras Fernando descubre demasiado tarde lo que perdió y Alejandro le ofrece un camino diferente, Alex deberá elegir entre la venganza, el amor y la libertad.
Porque esta vez, el Omega elegirá su propio futuro.
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El camino hacia la Capital
El estrépito de las ruedas de hierro sobre el empedrado del camino real marcaba el ritmo de la comitiva que abandonaba las tierras del norte. Tras la detención de Héctor Alba y la inmovilización de los activos del Clan Alba en el valle de la Casa González, la caravana oficial del Consejo Neutral avanzaba a paso firme escoltada por la Guardia Imperial. Dentro del carruaje principal, Alex observaba a través de la ventana el paisaje montañoso que paulatinamente daba paso a las colinas fértiles que rodeaban el centro del imperio.
A su lado, el Embajador Julián Ramos revisaba por tercera vez la pila de documentos, balances contables y testimonios médicos que conformaban el expediente del caso.
—Joven Alex —comentó Julián sin levantar la vista del pergamino de cuero—, la velocidad con la que has consolidado las pruebas de la malversación y el envenenamiento de Clara es impresionante. Sin embargo, no debes confiarte. Al llegar a la Capital, el Clan Silva y los viejos aliados de tu padre en el Consejo de Nobles intentarán frenar la ratificación del veredicto para evitar que la dote materna sea liberada por completo.
Alex esbozó una sonrisa helada y tranquila mientras acomodaba el pliegue de su túnica azul.
—El Clan Silva solo defenderá a mi padre mientras crean que él aún tiene valor político o comercial —respondió Alex en voz baja—. En el momento en que el Gran Alfa del Consejo Superior abra el libro de deudas que Héctor Alba firmó a sus espaldas, la familia Silva será la primera en darle la espalda para proteger su propia reputación.
«Analizando el progreso del traslado», resonó la voz del Sistema en la mente de Alex, vibrando con su tono habitual de eficiencia impecable. «Distancia restante hacia la Gran Capital: tres horas de marcha. Estado emocional del anfitrión: Estable y dominado. Se detecta un carruaje no oficial siguiendo a la comitiva a una distancia constante de quinientos metros.»
Alex dirigió la mirada hacia el espejo lateral del carruaje. Sabía perfectamente de quién se trataba. Tras el arresto de Doña Matilde y el desmantelamiento de la servidumbre traidora en el palacio del norte, el Marqués Fernando González había dejado el mando temporal de las fronteras a sus capitanes para acompañar personalmente el traslado de los prisioneros hacia la Capital.
Fernando no viajaba en los carruajes de honor; cabalgaba a la cabeza de sus guardias personales, envuelto en una capa militar oscura y con el rostro ensombrecido por la culpa y el desgaste emocional. Durante todo el trayecto de tres días, el alfa no se había atrevido a acercarse a la ventana de Alex ni a dirigirle la palabra, limitándose a garantizar que la ruta estuviera libre de emboscadas o interferencias de los partidarios del Clan Alba.
Al caer la tarde, la comitiva hizo una parada técnica en el puesto de control del Paso del Dragón, la última fortificación antes de entrar a las murallas de la Capital. Mientras los guardias del Consejo inspeccionaban los carruajes de transporte donde Héctor Alba y Gabriel viajaban bajo encierro, Alex descendió para respirar el aire fresco del mirador de piedra.
El sonido de unas pisadas pesadas sobre la gravilla hizo que Alex no necesitara girarse para saber quién se aproximaba. Las feromonas de pino y tormenta de Fernando, golpeadas y apagadas tras la ruptura definitiva del lazo biológico, flotaban en el aire frío de la montaña.
—Los guardias del Consejo han informado que tu padre intentó hablar con los enviados del Clan Silva durante el relevo de la mañana —dijo Fernando, deteniéndose a dos pasos de distancia con la cabeza ligeramente inclinada, mostrando una postura de sumisión inusual en un General de las fronteras.
—Un intento desesperado que carece de impacto —contestó Alex sin mirarlo, contemplando las luces lejanas de la Capital que comenzaban a encenderse en el horizonte—. El Embajador Ramos tiene el control absoluto de las comunicaciones de los prisioneros.
Fernando apretó los puños bajo las mangas de su túnica militar. Miró el perfil sereno de Alex y la fina venda que aún cubría la cicatriz de su nuca, sintiendo una punzada de dolor físico en el pecho.
—Alex... los capitanes del pabellón norte me entregaron los registros restantes de las habitaciones de mi abuela —murmuró Fernando con la voz quebrada por el pesar—. Encontraron las recetas originales que tu madre dejó antes de morir. Todo lo que dijiste sobre las dosis de raíz de adelfa era cierto. Yo... yo fui un ciego y un cobarde por no haber investigado la muerte de Clara cuando comenzaron los rumores.
—Tu ceguera fue una elección, Fernando —respondió Alex, girándose despacio para sostenerle la mirada con una distancia infranqueable—. Preferiste la comodidad de mantener la paz con tu matriarca y la conveniencia de un matrimonio fácil antes que hacer las preguntas correctas. Tu arrepentimiento tardío no devuelve la vida a mi madre ni borra los tres años que pasé encerrado en tu ala oeste.
«Monitoreo del objetivo Fernando González», notificó la interfaz flotante en la visión de Alex. «Nivel de remordimiento del Alfa: 98%. Su estatus como protector político se ha reducido a cero. La dependencia emocional del objetivo hacia el anfitrión es irreversible.»
Fernando tragó saliva con dificultad, incapaz de sostener la mirada limpia y soberana del omega.
—Sé que nada de lo que haga cambiará el pasado —dijo el alfa en un susurro amargo—. Pero en el Tribunal de la Capital no permitiré que el Clan Silva ni tu padre intenten manchar tu nombre. Testificaré personalmente sobre los crímenes de Doña Matilde y la falsificación de los contratos de la dote.
—Hazlo por los herederos y por la memoria de Clara, no por mí —sentenció Alex con voz de acero, dando media vuelta para regresar al carruaje—. Mis asuntos con la Casa González quedaron saldados el día que corté la marca.
Cuando Alex subió al vehículo de madera noble, las grandes puertas de hierro del Paso del Dragón se abrieron de par en par. La comitiva comenzó su descenso hacia las amplias avenidas de mármol de la Capital, donde los representantes de las familias más poderosas de la imperio ya aguardaban la llegada del juicio que sacudiría los cimientos de la aristocracia feudal.