Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 4
Capítulo 4: Puedes llorar, no puedes gritar
La camioneta se detuvo frente a una casa blanca de tres pisos pegada a la pared de un cerro, y el hombre de traje gris, Teo, me abrió la puerta y esperó sin ofrecerme la mano.
Él ya no estaba. Se había bajado antes, en algún punto de la subida, sin decirme nada, y yo no lo había visto irse. Bajé con los pies negros sobre una escalinata de piedra clara y sentí que cada escalón me acusaba.
—Doña Meche —dijo Teo hacia adentro, y una mujer salió a recibirme.
Era gorda, de unos cincuenta años, con un vestido gris de manta y el pelo recogido con un peine de plástico. Me miró de arriba abajo, se detuvo en los pies, y suspiró como quien ve llegar un perro mojado.
—Ay, Dios nos libre. Venga, niña. Por acá.
La casa por dentro era blanca, negra y gris, y nada más. Muros blancos, piso de piedra oscura, muebles de piel negra con las esquinas rectas. No había un cuadro, un florero, una foto. Olía a limpio de una manera que daba miedo, como un quirófano. Doña Meche me llevó por un pasillo hasta un cuarto al fondo del primer piso: una cama individual con sábanas de seda negra, un sillón de piel, un ventanal con asiento, una puerta que daba a un baño con tina.
—Aquí va a dormir usted —dijo, y empezó a llenar la tina—. Ahora oiga bien, porque yo digo las cosas una vez. Se baña todos los días. Todos. Se talla las uñas, las de las manos y las de los pies, con este cepillito. El pelo, lavado. Nada de olor a nada: ni sudor, ni perfume, ni comida. —Levantó un dedo—. Para el patrón, claro. Él es… delicado con eso. Muy delicado.
Se puso a acomodar toallas mientras hablaba, y las acomodó dos veces hasta que quedaron con las orillas parejas.
—Primer piso: la cocina, puede entrar. Segundo piso: la sala de juntas, ni se asome. Tercer piso: ni lo piense. Después de las diez de la noche, la casa está callada; usted también. —Cerró la llave—. Y aparte de don Teo y de mí, no le crea a nadie. A nadie. Los muchachos de aquí ven a una mujer como el lobo ve la carne, y si algo le pasa, el patrón a lo mejor castiga y a lo mejor no. Depende del humor. ¿Me entendió?
—Sí, señora.
—Y otra cosa. El cerro de atrás —señaló con la cabeza hacia la ventana, hacia la pared verde que subía detrás de la casa— es muy buen lugar para alimentar lobos. Se lo digo para que no ande de curiosa.
Se fue. Cerró la puerta sin llave, y ese detalle me dio más miedo que la llave.
El agua estaba caliente. Me metí con el vestido puesto y luego me lo quité adentro, y el lodo negro se desprendió de mis pies y se fue al fondo de la tina como una nube. Me tallé las uñas con el cepillito. Me lavé el pelo. Y en algún momento, con la cabeza bajo el agua, sin ruido, se me rompió lo que había aguantado cinco días.
Papá. Mamá. Dije las dos palabras bajo el agua, donde no se oían. El sonido de la cortina de la papelería subiendo a las ocho de la mañana. El olor a tinta de la impresora. Mi mamá diciendo "Sol, la mochila" desde la cocina. Lloré con la boca abierta bajo el agua hasta que tuve que salir a respirar, y al salir ya no lloré más, porque en esa casa no se hacía ruido después de las diez y yo no sabía qué hora era.
* * *
En el tercer piso, en un despacho con una pared entera cubierta por un mapa, Teo leyó de una hoja sin sentarse.
—Marisol Quintana Ibarra, diecinueve años. Segundo año de Historia del Arte en la UNAM. Los padres tienen una papelería en la colonia Narvarte, Ciudad de México. La enganchó su tío, Horacio Quintana, hermano del padre; el tío tiene deudas de juego en Bocalarga. —Bajó la hoja—. No es espía, patrón.
Lucio estaba de espaldas, frente al mapa. Pensó en el trapo doblado en cuatro, en las briznas de pasto alineadas en el piso, y algo que no llegó a ser una sonrisa le pasó por la boca.
—Mientras no sea espía.
Eso fue todo. Abajo había una cosita nueva en la casa, y la casa llevaba mucho tiempo sin cosas nuevas.
* * *
En el clóset no había ropa de mujer. Había camisas blancas de hombre, todas iguales, colgadas a la misma distancia una de otra, y shorts grises de deporte doblados por tamaño. Me puse la camisa más chica y me llegaba a medio muslo. Los shorts más chicos me quedaban tan grandes que le hice un nudo al cordón y aun así tenía que sostenerlos con una mano al caminar.
Me dormí sin querer, en el sillón, y desperté con una charola sobre la mesita: sopa de mariscos, una ensalada de papaya con limón, un vaso de agua. Comí sin respirar. Luego llevé el plato y el vaso a la cocina, los lavé, los sequé y los dejé bocabajo sobre la barra, alineados, porque en esa casa todo estaba alineado.
Doña Meche me vio desde la estufa.
—Si te portas bien —dijo, y fue la primera vez que me habló de tú—, no la vas a pasar tan mal.
Pasaron tres días.
Nadie vino. Doña Meche traía la comida y se la llevaba. En el asiento de la ventana encontré revistas viejas, de decoración, con las esquinas dobladas, y las leí enteras, hasta los anuncios. Miraba la pared verde del cerro y no me asomaba. Miraba el techo, hacia el tercer piso, y no subía. Cada noche me acostaba en la cama de seda negra como quien se acuesta en una mesa de operaciones y me preguntaba, en este orden, si se le había olvidado que yo existía, si me iba a soltar, o si "soltar" en esa casa quería decir el cerro.
La cuarta noche cayó una tormenta que hizo temblar el ventanal.
Y con la tormenta, entre dos truenos, oí los pasos. Pasos que no se apuraban. Se detuvieron frente a mi puerta. La puerta se abrió sin que nadie tocara.
Traía la lluvia encima. Camisa negra de trabajo, con dos botones abiertos y la tela pegada al pecho por el agua; el pelo escurriendo sobre la frente; y los ojos con venitas rojas, de no dormir. Cruzó el cuarto sin verme, se dejó caer en el sillón de piel, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Yo estaba junto a la ventana, descalza, sosteniéndome los shorts.
Pasó un rato. Un trueno. Otro.
—Ven.
Me acerqué hasta un metro de él y ahí me quedé. Diez segundos. Los conté sin querer, con el corazón.
—Siéntate encima.
Abrió los ojos y miró sus propias rodillas. Entendí. Encima de él. Se me trabó todo el cuerpo, de los tobillos a la nuca, y no pude moverme ni hacia adelante ni hacia atrás.
—¿No entendiste?
Bajó la mirada por mí, despacio, y se detuvo en la camisa. En los shorts.
—Es… es que el vestido se rompió, y doña Meche dijo que tenía que estar limpia para usted, y no había otra… Perdón. Perdón, señor Salvatierra, yo los lavo, yo…
Estiró la mano, enganchó un dedo en el cordón de los shorts y jaló. Me fui hacia él con el jalón. Su otra mano me cerró la cintura entera.
Me levantó como si no pesara, con una sola mano, y me sentó a horcajadas sobre sus muslos. Nunca había tenido a un hombre tan cerca. Nunca le había dado la mano a un muchacho, ni en la prepa, ni en la facultad; me daba pena hasta bailar. Puse las dos palmas contra su pecho mojado y empujé, sin pensar, para bajarme.
La palma de su mano cayó sobre mi trasero. Sonó más de lo que dolió.
—Quieta. —No levantó la voz—. Si te mueves otra vez, te tiro a los lobos.
No me moví. Sus dedos se metieron por debajo de la camisa y se quedaron en mi cintura, sobre la piel, moviéndose apenas, como quien comprueba de qué está hecha una cosa. Bajaron por el costado, por el muslo, hasta el tobillo, y ahí se cerraron.
—¿Primera vez?
Asentí. Las lágrimas se me salieron solas, sin ruido, y le cayeron en la camisa, que ya estaba mojada de todos modos.
—¿No quieres?
Y ahí estaba la pregunta. Ahí, con su mano en mi tobillo y el cerro verde detrás del ventanal. Si decía que no, tenía muy claro adónde iba. No había otra puerta en esa casa. Él era la puerta.
—No… —Se me quebró—. No es eso.
Algo en su cara se aflojó, muy poco. La mano soltó el tobillo.
—Entonces esta vez lo hacemos normal.
Me tomó la barbilla con el pulgar y el índice, y me la alzó, como en el cuarto del Basa, pero sin bota.
—Puedes llorar —dijo, sin soltarme—. Pero no puedes gritar. No me gusta el ruido.
Asentí con la barbilla entre sus dedos.
—Buena niña.
Se puso de pie conmigo encima y yo, por puro instinto, le cerré las piernas alrededor de la cintura y los brazos alrededor del cuello, como un koala, como una niña a la que cargan dormida, y me odié por eso mientras lo hacía. Él me llevó así los tres pasos hasta la cama y me soltó sobre el colchón desde la altura de sus brazos. Reboté. Antes de que pudiera enderezarme ya estaba encima.
No me besó. No me tocó como en las novelas que leía Carla. No dijo una palabra más.
La camisa se abrió. Los shorts, con nudo y todo, desaparecieron. Su peso me hundió en la seda negra y olía a lluvia, a tabaco, a tierra mojada, y sus manos eran duras y no preguntaban. Y entonces vino el dolor.
Fue un dolor que no se parecía a nada que yo conociera. Un desgarro hacia adentro, hacia arriba, que me sacó el aire y me arqueó la espalda y me llenó la boca de un grito que ya venía saliendo cuando me acordé: no puedes gritar. Me tapé la boca con las dos manos. Con las dos, apretando, mordiéndome la palma, y el grito se me quedó adentro y se me volvió tos, y las lágrimas me corrieron hacia las orejas, calientes.
Él me tomó una muñeca. La despegó de mi boca sin esfuerzo y la clavó contra el colchón, junto a la almohada, y bajó la cara hasta mi oreja.
—No dije que no gimieras.
Y siguió.
Lo que salió de mí después no fue un grito. Fueron sonidos rotos, chiquitos, que se me escapaban entre los dedos de la mano que me quedaba libre, con cada movimiento suyo, que no era suave y no se detenía. El dolor no se fue. Se quedó abajo, quemando. Pero en algún momento el cuerpo, ese cuerpo mío que ya me había traicionado en el patio de la manguera, empezó a responder a algo que no era el dolor, una corriente rara, ajena, que me subía por la espalda y me erizaba la piel y me daba más miedo que el dolor mismo, porque no la había pedido y no sabía de dónde venía. Me sentí dividida en dos: una que aguantaba y una que sentía. Y ninguna de las dos era yo.
Su respiración cambió de ritmo contra mi cuello. La mía ya no era mía.
La tormenta seguía golpeando el ventanal y yo miraba el techo blanco, con la muñeca clavada, gimiendo bajito porque eso sí estaba permitido.
Cuando acabó, se quedó un momento sobre mí, respirando. Luego se levantó. Escuché el agua de la regadera en el baño, luego los botones de una camisa, luego los pasos que no se apuraban, y luego la puerta.
No se quedó. Después supe que nunca se quedaba.
Desperté a media tarde del día siguiente con la luz entrando de lado por el ventanal.
Me sentía como un mueble que desarmaron y volvieron a armar con los tornillos en otro orden. La cintura, las piernas, no me respondían. Cuando me senté, un dolor agudo y hondo me hizo apretar los dientes, y al bajar la sábana vi las marcas: moretones morados en la cara interna de los muslos, del tamaño de dedos. Cinco de un lado. Cuatro del otro.
Pero estaba limpia. Alguien me había lavado y me había secado, con cuidado, y me había puesto una camisa blanca nueva, y las sábanas de seda ya no eran las de anoche. No supe si había sido doña Meche o si había sido él. No supe cuál de las dos respuestas me daba más miedo.
Me quedé sentada en la orilla de la cama, con los pies colgando sin llegar al piso, mirándome las rodillas.
Mi primer beso seguía intacto. Y aun así, ya me había entregado entera.
Tocaron a la puerta. Dos golpes, corteses, y una voz de mujer que no había oído nunca:
—¿Señorita Quintana? ¿Ya despertó?