Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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EL REGRESO AL PALACIO
El sol comenzaba a descender cuando me alejé del puerto, satisfecho. Había dejado claras mis instrucciones: que la joven Cecilia Venier-Baffo fuera tratada con respeto, que nadie la molestara, que esperara el momento adecuado. No era el momento de que entrara en mi vida todavía. Todo a su tiempo. Lo importante era que estaba a salvo, lejos de quien la habría desperdiciado. Sabía que cuando por fin nos encontráramos, sería el momento perfecto, y entonces ella sería Nurbanu: la mujer que necesitaría a mi lado, mi igual, mi compañera. Pero eso… eso sería más adelante.
Regresé al palacio de Manisa con paso firme. Las puertas se abrieron ante mí, y los guardias me saludaron con reverencia. Al cruzar el umbral, sentí que cerraba una puerta al pasado y abría otra al futuro. Ya no era el mismo que había salido aquella mañana. Algo había cambiado en mí: una certeza fría y clara, como el acero bien templado. Sabía lo que quería, sabía cómo conseguirlo, y sabía quiénes estarían conmigo y quiénes serían removidos de mi camino. No había prisa. La paciencia era el arma más poderosa que tenía, y esta vez la usaría con maestría.
Caminé por los corredores familiares. Allí estaban los tapices que mi madre había elegido, los jarrones que mi padre traía de sus campañas, las ventanas desde donde mi hermana solía mirar el jardín esperándome. Todo parecía igual. Pero yo lo veía diferente. Ya no caminaba esperando que las cosas ocurrieran. Caminaba sabiendo que yo las haría ocurrir. Cada paso que daba era una decisión. Cada rostro que veía era alguien a quien observar, ganar o alejar. El juego había cambiado, y yo ya no era una pieza en el tablero. Ahora era yo quien movía las piezas.
Me detuve un instante frente al gran espejo de la galería. Me miré largo rato. Mis ojos eran los mismos, pero ya no brillaban con la misma inocencia. Había en ellos una determinación que antes no estaba. Una profundidad que venía de saber que la muerte me esperaba a la vuelta de la esquina, y que yo la había desafiado. No era un hombre que temiera perderlo todo. Era un hombre que sabía que podía construirlo todo de nuevo. Y eso me hacía imparable.
Sonreí. No era una sonrisa de arrogancia, sino de propósito. Mi nueva vida comenzaba ahora mismo. No cuando regresara de entre los muertos, sino en este instante, en que decidí quién sería. Mehmet el Astuto había nacido no cuando fingió morir, sino cuando comprendió que vivir no significa solo respirar, sino tener el valor de tomar las riendas de su destino aunque el mundo entero se oponga.
Seguí caminando hacia los aposentos de mi madre. Al entrar, Hürrem me miró y entrecerró los ojos, como si notara ese cambio inmediatamente. No dijo nada al principio, solo me observó, y luego una sonrisa sabia se formó en sus labios.
—Algo ha cambiado en ti, Mehmet —dijo suavemente—. Entraste por esa puerta como mi hijo, pero te veo… diferente. Más grande. Más seguro de ti mismo.
—He aprendido muchas cosas, madre —respondí, acercándome y tomando sus manos entre las mías—. He aprendido quiénes son mis verdaderos aliados y quiénes solo esperan mi caída. He aprendido que el mundo no se detiene por nadie, y que si no avanzas, retrocedes. Y he aprendido que tengo una misión que cumplir. No solo por mí, sino por todos los que amo.
Hürrem apretó mis manos con emoción.
—Siempre supe que habías nacido para algo más grande que lo que los demás podían ver —dijo con voz entrecortada—. Estaré a tu lado, hijo. Siempre. Contra quien sea, cueste lo que cueste.
—Lo sé —le dije—. Y tú y mi hermana nunca tendrán que temer nada mientras yo esté aquí. Nadie las tocará. Nadie las lastimará. Porque ahora soy yo quien sostiene el escudo que las protege.
Salí de su habitación con el corazón ligero pero la mente alerta. Todo estaba en su lugar. Los preparativos estaban listos. Los días contados. Y cuando llegara el momento de la cacería, cuando todos creyeran que me había perdido, sabría exactamente qué hacer, a quién buscar, cómo volver más fuerte que nunca.
Mi hermana me encontró en el pasillo y corrió hacia mí. La abracé fuerte, sabiendo que pronto tendría que dejarla llorar, aunque fuera por un tiempo. Pero cuando volviera, la abrazaría con más fuerza aún. Y le demostraría que el amor de su hermano era más poderoso que cualquier despedida.
—¿A dónde vamos ahora, hermano? —me preguntó con sus ojos brillantes y curiosos.
Miré hacia el horizonte, donde el sol ya se había ocultado por completo, dejando paso a las estrellas que comenzaban a encenderse una a una, como pequeños faros en la inmensidad de la noche.
—Hacia el futuro, pequeña —le dije con una sonrisa que prometía grandes cosas—. Hacia donde nadie ha caminado antes. Porque esta vez… el final de la historia lo escribo yo.
Y así, con el palacio en silencio a mi alrededor, supe que estaba listo. No llegaría la muerte para llevarme. Sería yo quien la usaría para renacer. Y cuando volviera, el mundo conocería al verdadero Mehmet. El que no suplica, sino que gobierna. El que no pide permiso, sino que toma lo que es suyo. Mi nueva vida comenzaba ahora. Y que Allah tuviera piedad de quien se atreviera a interponerse en mi camino, porque yo… no la tendría.