Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.
En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.
Pero no estaba completamente sola.
Tenía a Marcos y a Alex.
Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.
Hasta aquella noche.
Lo vi entre la multitud y algo cambió.
No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.
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el encargado
Natalia
No podía dejar de pensar en Marcos.
Lo había visto distinto desde que supo que iba a empezar las clases de armas y que, tarde o temprano, también tendría que involucrarme en los negocios sucios de mi padre.
No quería que cambiara la forma en que me veía por algo así.
Aunque él también trabajaba en Noctis, no era lo mismo formar parte de una empresa que algún día tener que dirigirla.
Suspiré.
Intenté dormir, pero fue imposible.
Como siempre que necesitaba escapar de la realidad, terminé en mi lugar favorito.
La biblioteca.
Tomé el libro que Marcos me había regalado el día anterior y empecé a leer.
Estaba tan concentrada que, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida en el sillón.
Cuando abrí los ojos y miré la hora, pegué un salto.
—¡Llegué tarde!
Me cambié a toda velocidad y bajé corriendo las escaleras.
Mi padre ya había terminado de desayunar y estaba por salir.
—¡Padre, espéreme!
Se giró para mirarme.
—Lo siento... me quedé dormida.
—Vamos. Hoy tenemos una mañana complicada.
Asentí y subí al auto.
Durante el viaje apenas hablamos
Cuando llegamos a Atlas, mi padre fue directamente a una reunión y yo caminé hacia mi oficina.
Fue entonces cuando lo vi.
Un hombre avanzaba por el pasillo rumbo a la sala de juntas
No pude verle el rostro.
Solo la espalda.
Vestía completamente de negro y caminaba con una seguridad difícil de ignorar.
Era alto.
Muy alto.
Por alguna razón seguí sus pasos con la mirada hasta que desapareció detrás de la puerta.
Negué con la cabeza.
—¿Qué te pasa, Natalia...? —murmuré antes de seguir caminando.
Apenas doblé el pasillo me encontré con Marcos.
—Hola. ¿Llegaste bien anoche?
—Sí... llegué bien.
Su voz sonaba cansada.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo tuve mucho trabajo.
Fruncí un poco el ceño.
—¿Por qué no me dijiste? Podríamos haber salido otro día.
Sonrió apenas.
—No quería cancelarte.
Me dio un poco de pena verlo tan agotado.
—Bueno... ¿vas para tu oficina?
—No. Tengo una reunión en diez minutos. Debo preparar unos planos.
—Ah... entonces nos vemos después.
Cuando estaba por irme volvió a llamarme.
—Natalia...
Me giré.
—¿Sí?
—¿Almorzamos juntos después?
Lo pensé unos segundos.
—Lo siento... hoy no voy a poder.
—¿Mucho trabajo?
—No. Mi papá quedó en avisarme el horario de mis clases.
El silencio duró apenas un instante.
—Ah... claro.
Bajó la mirada
—Será otro día.
Me acerqué sonriendo y le di un beso en la mejilla.
—Nos vemos luego.
—Nos vemos.
Seguí caminando.
Sentía que quería decirme algo.
Algo importante.
Pero, otra vez, decidió guardárselo.
Cuando el reloj marcó las tres y cuarenta de la tarde, mi padre me llamó a su oficina.
Estaba a pocos pasos de la puerta cuando vi salir al mismo hombre de esa mañana.
Seguía sin verle el rostro.
Solo alcancé a distinguir parte de su perfil antes de que siguiera caminando por el pasillo.
Había algo en él...
Algo que llamaba demasiado mi atención.
Respiré hondo y golpeé la puerta.
—Permiso.
—Pasa, hija.
Entré.
Mi padre terminó de guardar unos documentos antes de hablar.
—Acabo de reunirme con el nuevo encargado.
Abrí los ojos con sorpresa.
—¿El hombre que acaba de salir?
—Sí.
¿Por qué?
¿Ocurre algo?
Negué enseguida.
—No... solo me sorprendió que fuera tan joven.
Mi padre sonrió.
—Tiene apenas unos años más que vos.
Todavía seguía pensando en aquel desconocido.
Hasta que recordé la pregunta que realmente quería hacer.
—¿Y cuándo empiezo las clases?
—Mañana.
Cinco y media de la tarde
Asentí.
Justo la misma hora en la que normalmente salía con Marcos.
Sentí un poco de culpa.
Pero también curiosidad.
—Gracias, padre.
Salí de la oficina con una extraña sensación que no lograba explicar.
marcos
Todavía podía sentir el beso que Natalia me dio en la mejilla cuando le regalé aquel libro.
Había reunido todo el valor que tenía para decirle lo que sentía.
Era el momento perfecto.
Respiré hondo.
"Natalia... tengo que decirte algo..."
Y entonces sonó su teléfono.
Era su padre.
No aparté la vista de ella mientras hablaba.
Hasta que escuché aquellas palabras.
"Ya llegó el nuevo encargado."
Sentí un golpe en el pecho.
El aire dejó de entrar por unos segundos.
Sabía perfectamente de quién hablaba.
Y también sabía que, desde ese instante, el tiempo empezaba a jugar en mi contra.
Durante todo el viaje de regreso apenas hablé.
La dejé en su casa, me despedí y volví solo.
Esa noche casi no dormí.
Pensé una y otra vez si debía contarle toda la verdad.
Siempre llegaba a la misma conclusión.
No iba a rendirme.
Lo intentaría las veces que hiciera falta.
Porque, si no hablaba ahora...
Tal vez después ya sería demasiado tarde.
A la mañana siguiente llegué mucho más temprano a la empresa.
Tenía demasiado trabajo antes de la reunión.
Mientras caminaba hacia la sala de juntas me crucé con Natalia.
Se veía feliz.
Radiante.
Me saludó con la misma naturalidad de siempre.
Yo apenas podía disimular todo lo que estaba pasando por mi cabeza.
Aun así reuní el valor para invitarla a almorzar.
—Lo siento... hoy no voy a poder.
—¿Mucho trabajo?
—No. Mi papá va a decirme el horario de las clases con el nuevo encargado.
Sonreí.
O, al menos, eso intenté.
—No te preocupes.
Será otro día.
La vi alejarse por el pasillo.
Y, por primera vez desde que la conocía, sentí que se estaba alejando mucho más que unos pocos metros.
Mañana conocería a Alex.
Y aunque todavía no había ocurrido absolutamente nada...
Había un presentimiento que no dejaba de perseguirme.
Sentía que, cuando ese encuentro sucediera...
Nada volvería a ser igual.