Renata necesitaba dinero para proteger a su hermana menor, Julián necesitaba redimir a su familia, honrar la memoria del único hombre que creyó en él y salvar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio.
La solución parecía sencilla, firmar un contrato, donde la única condición era no involucrar los sentimientos. Sin embargo, en un juego donde las deudas se saldan con caricias y el pasado esconde un fraude imperdonable, la única forma de sobrevivir al deseo será rompiendo sus propias reglas.
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Capítulo 6: Marea de Cambio
Francesco lo observó durante varios minutos, midiendo la determinación en los ojos de su nuevo socio, y finalmente asintió, luego le extendió la mano con profesionalismo.
—Tener a un socio como R&J Security es la garantía que los acreedores necesitan para enfrentarse a Rodrigo—le aseguró Francesco.
Francesco era un hombre veterano de mil batallas corporativas y ante esta oportunidad, tenía el entusiasmo de un joven principiante, debido a que Rodrigo representaba un gran obstáculo para todos y como dice el viejo adagio “el enemigo de mi enemigo, es mi amigo”, sabía con claridad que Julián lo estaba usando en su cruzada en contra de su propia familia, pero eso no era su asunto para entrometerse.
— ¿Qué más necesitas que haga? —preguntó Julián preparándose para una larga jornada.
—Mueve a tus contactos en la banca privada; mientras tanto yo redacto los contratos de cesión de derechos con las cláusulas de protección patrimonial para Renata y su hermana.
Durante las siguientes tres horas, el despacho de Julián se convirtió en un centro de operaciones, y mientras la ciudad capital dormía, Julián bajo la experta guía de Francesco realizó llamada tras llamada a ejecutivos bancarios, asesores de inversión y al propio Valdés, a quien prácticamente sacó de la cama para hacerle una oferta que no pudo rechazar: el pago total e inmediato de la deuda en efectivo, respaldado por la solidez de R&J Security.
Sin embargo, la condición era una sola: la firma digital inmediata para liberar el embargo sobre la casa Lozano, y la absoluta discreción sobre la identidad del garante.
—Renata y Emma no tienen idea de todo lo que estás haciendo por ellas —comentó Francesco cuando la madrugada comenzaba a clarear.
—R&J Security no existiría sin Eduardo Lozano así que esto no es más que honrar su memoria —respondió Julián con voz serena.
Francesco observó a Julián con otros ojos, y fue gratificante para él, colaborar con un joven cuyos valores coincidían con los suyos, entonces le tendió su mano y cerraron el trato con un firme apretón de manos.
Ambos sabían que a la mañana siguiente la ciudad Capital se estremecería con la noticia de que los pasivos de la firma Lozano habían sido absorbidos por la Corporación “A”, Francesco al ver que su trabajo estaba hecho, se despidió dejando a Julián para terminar con los detalles finales del acuerdo.
Y mientras esto sucedía, en la penumbra de la firma Lozano, Renata se levantó de la silla de despacho de su padre, pasó su mano con nostalgia por la superficie pulida del escritorio de caoba, tomó la fotografía familiar que estaba en la esquina y caminó hacia la salida, con la amarga certeza de que aquella podría ser la última vez que cruzara ese umbral.
—Lo siento, papá… Soy tan inútil que ni siquiera puedo conservar tu legado—murmuró con un nudo asfixiante en la garganta.
Recorrió los pasillos silenciosos del edificio, envuelto ya en la penumbra debido a la hora, sintiendo la desazón de haberlo perdido todo de la noche a la mañana.
Al llegar a la residencia familiar, doña Martha la esperaba con la cena aún tibia, por primera vez en ese día despiadado, Renata bajó la guardia, y en los brazos de la mujer que la había visto crecer, rompió a llorar sin contención.
—Niña Renata, el sol volverá a salir para ustedes, no se desespera— le consoló Martha dándole palmaditas suaves en la espalda.
—Me siento como un rotundo fracaso, Martha… No tengo una solución y mañana debo presentarle un plan de pagos a los acreedores— se desahogó con amargura.
Entre tanto en una residencia muy exclusiva de la ciudad, Rodrigo regresaba a su casa, donde lo esperaba su esposa, Serena Vargas, una hermosa pelirroja de veintiséis años la cual le sostenía una sonrisa cargada de malicia.
Pese a ser una prima lejana de Renata, el resentimiento que sentía hacia ella era antiguo y profundo, y su boda con Rodrigo no había aplacado para nada su envidia; de hecho, Serena había sido la pieza clave en la conspiración contra sus propios tíos, aprovechando la confianza familiar para filtrar información financiera crucial a sus enemigos, lo cual aceleró la caída de los Lozano.
— ¿Hablaste con Renata? —Preguntó Serena sirviéndose una copa de vino.
—Si, pero ya sabes cómo es tu prima—respondió Rodrigo omitiendo deliberadamente que la cláusula oculta del rescate exigía el cuerpo de Renata.
Rodrigo se acercó para quitarle su copa y beber de su contenido.
—Al final terminará cediendo… Por desgracia mi querida prima, adora a su hermana rarita —añadió Serena con un tono de burla condescendiente.
A las dos de la madrugada, Julián logró imprimir el último de los documentos, revisó página por página: los acuerdos firmados por Valdés y confirmó que las garantías habían blindado a las hermanas Lozano legalmente.
—Me encantaría ver la cara de imbécil que va a poner Rodrigo cuando descubra que perdió la empresa Lozano y que no hay nada que pueda hacer—dijo Julián para sí mismo, con una satisfacción amarga.
Con esos papeles no solo liquidaba los pasivos más urgentes que estaban ahogando a Renata, sino que le arrebataba a su hermano cualquier recurso legal o financiero para extorsionarla en el futuro.
Tomó su chaqueta de la silla, guardó los contratos en sus portafolios y observó por el ventanal que daba hacia la avenida iluminada, miró la hora en su teléfono y sabía que en la residencia Lozano ya todos deberían estar durmiendo, lo que ignoraba era que Renata apenas si podía dormir porque en su mente estaba librando su propia batalla.
Sacó su teléfono y buscó el contacto de Renata, al notar que su mensaje anterior no tenía respuesta no se enojó, sino que supuso que el cansancio y asuntos urgentes le habían impedido responderle, y para evitar que su propia familia o los espías de Rodrigo descubrieran un encuentro en su oficina o en la casa Lozano, decidió fijar un punto neutro y privado con Renata, le escribió un segundo texto:
“Mañana todos tus problemas estarán resueltos, veámonos a las cinco de la tarde en la dirección que te enviaré a continuación”
Acompañó el mensaje con la ubicación de un hotel discreto a las afueras de la Capital.
En la residencia Lozano, la pantalla del teléfono de Renata se iluminó en medio de la penumbra de su habitación, al leer el último mensaje de Julián, sintió como una ola de determinación invadía su cuerpo, anotó la dirección y se trataba de un hotel en las afueras de la ciudad, un lugar muy discreto, y con convicción cerró los ojos, soltando su último vestigio de orgullo.
—Bien… Si Julián resuelve este desastre y pone a salvo a Emma, me entregaré a él sin reservas —murmuró para sí misma en la oscuridad.
Al día siguiente, Renata se levantó antes del amanecer, ya a pesar de las profundas ojeras que el cansancio y la angustia habían dejado bajo sus ojos, se maquilló con esmero y eligió un impecable traje sastre de color blanco combinado con una blusa azul celeste.
—¿Cómo me veo? —le preguntó a doña Martha, ajustándose la solapa frente al espejo.
La anciana la miró con ternura y se acercó con genuina aprobación.
—Te ves muy hermosa, niña Renata, como toda una dama.
La imagen que devolvía el espejo era la de una ejecutiva profesional, firme y en control; una armadura perfecta para ocultar que, por dentro, aún no tenía la menor idea de cómo sobreviviría ese día.
Bajó al comedor a desayunar con Emma, por suerte, esa mañana su hermana se mostraba tranquila y conectada, y antes de marchar, se inclinó para darle un tierno beso en la coronilla, aspirando el aroma de su cabello.
—Regresaré tarde, Emma, no me esperes para cenar—le susurró con dulzura, sosteniendo su mirada—Pero prométeme que vas a estar bien.
Emma le sorprendió y acentuó, porque esa mañana se sentía muy tranquila, contrario a su actitud de los días anteriores.
—Okis —respondió con sencillez, volviendo la atención a su plato.
En cuanto pisó la sede de la empresa Lozano, Renata notó de inmediato que el aire en el lugar era distinto, el descontento de los empleados había amainado y no había acreedores esperándola en la entrada.
Renata estaba desconcertada por el cambio de ambiente, caminó rápidamente hasta la oficina, donde el doctor Salazar la esperaba con una sonrisa que no le veía desde antes de la tragedia.
—Señorita Lozano, no va a creer lo que acaba de suceder—comenzó Salazar, ajustándose emocionado las gafas—El CEO de Corporación “A” llamó a primera hora solicitando una reunión urgente con usted.
Al escuchar el nombre de la firma más poderosa del sector, Renata sintió que el corazón se le congelaba, y en su fuero interno, la desconfianza la asaltó al instante: “Otro buitre más que viene a carroñear sobre los restos de mi familia”
Sin embargo, Salazar continuó hablando con mucho entusiasmo.
—El señor Francesco es una leyenda en el mundo corporativo, pero, sobre todo, es un hombre de conducta intachable; un conocido esposo devoto, muy firme en sus principios, y jamás se presta a juegos sucios ni a extorsiones privadas. Si él se está involucrando directamente, es porque ve un valor real en nuestra firma.
Al escuchar aquellas palabras, el nudo de desagrado que Renata llevaba apretado en la garganta comenzó a ceder, y una pequeña luz de esperanza inundó su pecho, por primera vez en semanas, no se enfrentaría a un depredador buscando cobrar un peaje en su cama, sino a un verdadero hombre de negocios.
Lo que Renata no sabía era que detrás de la decidida actuación de Francesco y la Corporación “A”, la mano que había movido cada ficha era la de Julián.