Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 9 Feromonas y colmillos
La cena fue un campo de batalla disfrazado de modales.
La mesa del comedor era ridículamente larga, y esa noche había cinco personas sentadas en ella: Theron en la cabecera, Irina a su derecha, Catalina a su izquierda, y frente a ellos, Viktor y Astrid. Ezra servía los platos con la eficiencia silenciosa de alguien que ha aprendido a ser invisible cuando la tensión se corta con cuchillo.
Irina no quería estar ahí. Compartir mesa con el hombre que la vendió, la hermana que la humilló y la suegra que le dijo que podía morir era algo que su estómago no estaba dispuesto a tolerar. Pero Ezra le dejó claro que su ausencia sería una ofensa al protocolo.
Así que ahí estaba. Sentada. Masticando. Tragándose la rabia junto con la comida.
Astrid, en cambio, estaba radiante.
Desde que se sentó, no había dejado de hablar. Le hacía preguntas a Theron sobre el territorio, sobre el comercio, sobre la administración del castillo. Preguntas inteligentes, diseñadas para mostrar que no era solo una cara bonita. Y mientras hablaba, hacía algo más.
Irina lo notó antes de entenderlo. Un calor que no venía de la comida. Un aroma que empezó sutil y fue llenando el comedor. Dulce, penetrante, que le cosquilleó en la nariz y le revolvió algo en la base del cráneo.
Feromonas.
Astrid estaba liberando sus feromonas de loba en plena cena. Deliberadamente.
¿Está haciendo lo que creo que está haciendo?, pensó Irina.
Sí, dijo Kira con un gruñido bajo. Está marcando territorio. En nuestra mesa. Con nuestro macho.
Irina arrugó la nariz. Le picaban los ojos.
Catalina dejó el tenedor sobre el plato con un clic seco. Miró a Astrid con esos ojos grises que no perdían nada.
—Señorita Vólkov —dijo con una voz suave que cortaba más que un grito—, ¿podría controlar sus feromonas? Estamos cenando, no en una ceremonia de cortejo.
El silencio que cayó sobre la mesa fue brutal.
Astrid se quedó inmóvil. El aroma se cortó de golpe, como si alguien hubiera cerrado una llave. Sus mejillas se colorearon medio segundo antes de que recuperara la compostura.
—Mis disculpas, Reina Madre. No era mi intención.
—¿No? —Catalina tomó su copa de vino—. Qué curioso. Porque parecía bastante intencional.
Viktor tosió. Theron siguió comiendo como si nada hubiera pasado, pero Irina vio algo en la comisura de su boca que podría haber sido satisfacción.
Me cae mal la suegra, pensó Irina. Pero acaba de hacer lo que yo quería hacer y no podía.
El enemigo de tu enemigo, dijo Kira.
No es mi amiga tampoco.
No. Pero tiene colmillos útiles.
—¿Y la ceremonia de la Luna Roja? —intentó Astrid, recomponiéndose—. He escuchado que es un ritual ancestral. Me encantaría conocer los detalles.
—Ezra te puede informar —dijo Theron sin levantar la vista.
—Preferiría escucharlo de usted, mi rey.
—Y yo preferiría comer en silencio. Pero parece que ninguno de los dos va a conseguir lo que quiere esta noche.
Irina casi se atragantó con el agua. Catalina tomó otro sorbo de vino sin cambiar de expresión, pero sus ojos se movieron hacia Astrid con ese brillo calculador de quien archiva cada movimiento para uso futuro.
El resto de la cena transcurrió en un silencio tenso. Cuando Theron terminó, se levantó.
—Buenas noches —dijo a nadie en particular, y se fue.
Catalina se levantó después. Se detuvo junto a Irina al pasar.
—Come más —le dijo en voz baja—. Vas a necesitar energía.
Se fue sin explicar. Irina se quedó mirando su plato.
Astrid la observaba desde el otro lado de la mesa con esa mirada que Irina conocía demasiado bien. La de alguien que toma nota de un desafío y lo acepta.
Theron no bajó al sótano esa noche.
Se quedó en su habitación, sentado en el borde de la cama, esperando. La transformación llegó con el dolor de siempre. Pero ya no peleaba contra ella. La bestia iba a salir de todas formas y solo tenía un destino.
Dejó que pasara.
Astrid esperó hasta medianoche.
Se asomó al pasillo con el corazón latiéndole en la garganta. Había escuchado los ruidos: el crujido de los huesos, un gruñido sordo, y después los pasos. Pesados, enormes. El suelo vibraba.
La bestia apareció al fondo del corredor.
Astrid dejó de respirar.
Era más grande de lo que imaginaba. Negra, del tamaño de un caballo, con ojos amarillos que ardían en la oscuridad. El terror le trepó por la columna. Le temblaron las piernas. Tuvo que agarrarse del marco.
Esto es lo que maldijo la bruja, pensó. Esto es real.
La bestia pasó frente a su puerta.
No la miró. No se detuvo. Pasó de largo con la indiferencia absoluta de algo que tiene un único objetivo.
Caminó directo hasta la puerta de Irina. La empujó con el hocico. Entró.
Astrid se quedó en el pasillo con el corazón desbocado. Pero debajo del miedo, algo se movía. La bestia no la atacó. No gruñó. Simplemente pasó de largo.
Si no me hizo nada, pensó, entonces no es tan peligrosa. Si Irina puede tenerla en su habitación y seguir viva, yo también puedo.
Sonrió en la oscuridad.
Pronto.
No vio a Catalina observándola desde el otro extremo del pasillo, en la penumbra, con los brazos cruzados y los ojos grises abiertos. Catalina había escuchado los mismos ruidos. Había salido a investigar. Y lo que encontró no fue a la bestia.
Fue a Astrid Vólkov, de pie frente a la habitación de su hermana, sonriendo en la oscuridad.
Catalina no dijo nada. Se dio la vuelta y volvió a su habitación en silencio.
Pero tomó nota.
Irina estaba despierta cuando la bestia entró.
Esta noche estaba furiosa. La cena, las feromonas de Astrid, la sonrisa de Viktor, todo le hervía dentro. Kira estaba igual: gruñendo, erizada.
La bestia se detuvo junto a la cama. Ladeó la cabeza, como si pudiera sentir que algo estaba mal.
Irina se transformó. Kira tomó su lugar y se echó hecha un ovillo tenso de pelaje gris y rabia.
La bestia subió a la cama. Se acurrucó alrededor de Kira, puso el hocico contra su cuello. Un ronroneo profundo empezó a vibrar. No era dominio. Era calma. Presencia.
Y la bestia habló.
No con palabras humanas. Imágenes, emociones, intenciones comprimidas. Pero Irina lo entendió.
Tranquila. Estoy contigo. Nadie va a tocarte. Te protejo.
Kira respondió con un gemido suave. La rabia se fue diluyendo. El gruñido se convirtió en ronroneo.
¿Escuchaste eso?, preguntó Irina a Kira desde adentro.
Es nuestro macho. La bestia nos protege. El hombre es un idiota, pero esto es real. Él nos eligió.
Es raro querer a alguien en dos versiones.
No es raro. Es lobuno. Las dos mitades son el mismo ser. Solo que una sabe lo que quiere y la otra tiene miedo de admitirlo.
La bestia la envolvió más fuerte. Irina cerró los ojos y se dejó llevar.
Durmió sin soñar.
A la mañana siguiente, despertó desnuda con un brazo alrededor de su cintura.
Theron.
Cuando intentó moverse, el brazo la apretó más. Una voz ronca murmuró contra su pelo:
—Quédate quieta.
—¿Estás despierto?
—No del todo. Pero si te mueves, me despierto. Y no quiero despertarme.
—Estamos desnudos.
—Ajá.
—¿Y eso no te molesta?
—Lo único que me molesta es que no dejas de hablar.
Se quedó inmóvil. Su brazo caliente en su cintura. Su pecho contra su espalda. Su respiración acompasándose al sueño. En segundos, se volvió a dormir.
Este hombre no ha dormido en paz en ocho años, pensó Irina. Cada noche era una guerra. Pero conmigo despierta en una cama. Sin sangre. Sin frío.
Lo ves, susurró Kira.
Cállate.
Media hora después, Theron se despertó. Se levantó, caminó hacia la puerta sin cubrirse. Abrió.
Astrid estaba en el pasillo.
Arreglada. Maquillada a las siete de la mañana. Con una blusa que dejaba un hombro al descubierto y una sonrisa que se le congeló al ver al rey salir desnudo de la habitación de su hermana.
Sus ojos bajaron. Recorrieron su cuerpo sin disimulo, deteniéndose donde no debían.
Theron la miró con indiferencia. La golpeó con el hombro al pasar.
—Esta no es una zona para visitas. Vuelve a tu ala.
Se alejó desnudo. Sin mirar atrás.
Astrid se quedó de pie mirándolo irse. La sonrisa se había transformado en algo duro.
—Pronto —murmuró, mirando la puerta de Irina—. Pronto será mío.
No sabía que Catalina estaba tres puertas más allá, escuchando. Tomando nota. Sumando piezas.
Desde la cama, envuelta en sábanas que todavía olían a él, Irina escuchó los tacones de su hermana alejarse.
Y Kira gruñó.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA