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LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Brujas / Amor eterno / Completas
Popularitas:680
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.

Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.

Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.

Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.

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Capítulo 9: La danza del emperador

Seraphina no consiguió dormir después de abandonar el ala oeste.

Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba aquella voz susurrando su nombre desde detrás de la puerta.

La elegida…

No entendía qué significaba. Tampoco sabía por qué la medalla de su abuela había comenzado a calentarse cuando la criatura la llamó. Lo único que tenía claro era que Aurelius le estaba ocultando algo.

Y, por alguna razón, también la estaba protegiendo.

Aquella contradicción la irritaba más que sus órdenes.

A la mañana siguiente, Mireya llegó a sus aposentos con un vestido color lavanda y una expresión preocupada.

—El emperador ha enviado por vos.

Seraphina, que se encontraba junto al balcón, se volvió lentamente.

—¿Para qué?

—No lo ha dicho.

—¿Tiene algo que ver con la puerta?

—No lo sé.

—Todos en este palacio dicen eso.

Mireya bajó la mirada.

—Os espera en el salón de baile.

Seraphina frunció el ceño.

—¿El salón de baile?

—La ceremonia será dentro de seis días. Debéis aprender los pasos tradicionales.

—¿Y no puede aprenderlos él?

—Él ya los conoce.

Seraphina soltó un suspiro.

—Por supuesto que los conoce. Seguramente nació sabiendo caminar, bailar y ordenar ejecuciones.

Mireya intentó contener una sonrisa.

—No habléis así delante de él.

—¿Por qué? ¿Podría escucharme desde otra habitación?

—A veces parece que sí.

Seraphina se cambió de vestido sin entusiasmo. El color lavanda era suave y elegante, con una falda amplia que se movía ligeramente al caminar. Mireya recogió su cabello dorado en un peinado sencillo, dejando algunos mechones alrededor de su rostro.

Cuando Seraphina llegó al salón de baile, encontró a Aurelius junto a los ventanales.

El emperador vestía completamente de negro. Una capa oscura descansaba sobre sus hombros y varios detalles dorados brillaban en su pecho. Parecía más frío que la noche anterior, aunque su rostro mostraba señales de cansancio.

Seraphina recordó el dolor que había visto en él.

—¿Se encuentra mejor? —preguntó.

Aurelius la miró.

—No es asunto tuyo.

—Eso ya me lo dijo.

—Y sigues preguntando.

—Tal vez porque sigue sin responder.

Los ojos del emperador se detuvieron un instante en su rostro. Después se apartó.

—La ceremonia requiere una danza tradicional.

—No voy a bailar.

—Lo harás.

—No.

Aurelius avanzó hacia ella.

—Seraphina.

—Aurelius.

El uso de su nombre pareció sorprenderlo. Nadie en el palacio se atrevía a llamarlo de aquella manera.

—No estás en posición de negarte —dijo él.

—Y usted no está en posición de obligarme a disfrutarlo.

Aurelius se detuvo frente a ella. Su presencia era intimidante, pero Seraphina se esforzó por no retroceder.

—Solo debes seguir mis pasos.

—Eso es lo que hacen todos aquí, ¿verdad? Seguir sus pasos.

—No conviertas una lección de baile en una rebelión.

—Usted convierte todo en una orden.

Aurelius extendió una mano.

—Dámela.

Seraphina observó su mano enguantada.

—¿Y si no quiero?

—Entonces permanecerás en medio del salón mientras todos observan cómo arruinas la ceremonia.

Ella entrecerró los ojos.

—Es usted un manipulador.

—Y tú eres una mujer que necesita aprender cuándo aceptar ayuda.

Seraphina dejó escapar una respiración molesta y colocó su mano sobre la de él.

Aurelius cerró los dedos con suavidad alrededor de los suyos.

Su tacto era cálido.

Demasiado cálido.

Seraphina sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza, pero se negó a demostrarlo. Aurelius la condujo hacia el centro del salón, donde la luz entraba a través de los altos ventanales y dibujaba figuras doradas sobre el suelo de mármol.

—La mano derecha en mi hombro —indicó.

—Sé cómo funciona una danza.

—Entonces hazlo.

Seraphina colocó la mano sobre su hombro. Bajo la tela negra percibió la firmeza de sus músculos. Aurelius puso una mano en su cintura.

El contacto fue ligero, pero suficiente para hacerla contener el aliento.

Sus dedos rodearon su cintura sin apretar. No la acercó de inmediato. Esperó.

Seraphina levantó los ojos hacia él.

—¿Qué sucede?

—Nada.

—Estás rígida.

—Estoy pensando en cómo pisarte.

Una sombra de sonrisa apareció en los labios de Aurelius.

—No me parece que tengas el valor.

—Puedo sorprenderlo.

—Eso ya lo has hecho.

La música comenzó desde un rincón del salón. Un grupo de músicos había entrado sin que Seraphina los notara. El sonido de los violines llenó el espacio con una melodía lenta.

Aurelius dio el primer paso.

Seraphina lo siguió.

Durante los primeros instantes, pisó el borde de su bota dos veces. Aurelius no se burló. Solo corrigió la posición de su mano y la guio con mayor cuidado.

—No mires tus pies —dijo.

—No quiero caer.

—No caerás.

—Eso no puede asegurarlo.

—Sí puedo.

Su mano se afirmó un poco más en su cintura. Seraphina sintió que la acercaba lentamente, hasta que apenas quedó espacio entre sus cuerpos.

La cercanía la desconcertó.

Podía sentir el calor de Aurelius, el movimiento de su respiración y el aroma tenue de madera y especias que parecía acompañarlo. Él bajó la mirada hacia ella, y durante un instante ambos olvidaron la música.

Seraphina fue la primera en apartar los ojos.

—Está demasiado cerca.

Aurelius aflojó la mano de inmediato.

—Puedo alejarme.

La respuesta la sorprendió. Ella esperaba que discutiera, que le recordara su autoridad. Pero no lo hizo.

Seraphina dudó.

—No dije que quisiera que se alejara.

Aurelius volvió a mirarla. Sus ojos se oscurecieron.

—Entonces no te quejes.

—No se acostumbre.

Continuaron bailando.

Poco a poco, Seraphina dejó de pensar en los pasos. Aurelius la guiaba con una facilidad que la hacía sentir como si conociera su cuerpo mejor de lo que debía. Cada vez que ella perdía el equilibrio, él la sostenía por la cintura antes de que pudiera caer.

Al final de la melodía, quedaron frente a frente.

Aurelius no la soltó de inmediato.

Seraphina alzó el rostro. Sus ojos azules se encontraron con los de él.

La marca de espinas bajo el pecho del emperador ardió con fuerza.

Aurelius cerró los ojos durante un segundo.

—¿Le duele? —preguntó ella.

—No.

—Miente peor cuando está cansado.

Él abrió los ojos.

—Y tú preguntas demasiado.

—Alguien tiene que hacerlo.

Aurelius bajó la mirada hacia sus labios, pero apartó los ojos rápidamente.

Seraphina notó el gesto.

El silencio entre ambos cambió.

Ya no era únicamente hostilidad.

Había algo más, algo peligroso y desconocido.

Aurelius retiró la mano de su cintura.

—La lección ha terminado.

—¿Porque aprendí los pasos?

—Porque no quiero continuar.

—Eso suena a miedo.

El emperador dio un paso atrás.

—No confundas prudencia con miedo, Seraphina.

Ella sonrió levemente.

—Entonces tendremos que seguir practicando hasta descubrir cuál de los dos es.

Aurelius no respondió.

Pero cuando Seraphina abandonó el salón, su mano todavía conservaba el calor de la cintura de la joven.

Y, por primera vez en muchos años, el emperador temió que la maldición no fuera lo único capaz de destruirlo.

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