Una historia sobre las cicatrices del pasado, las decisiones imposibles y la dolorosa lección de que, a veces, incluso el amor más intenso necesita ser Cuestión de tiempo.
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Capítulo 8: Tu boda mi boleto de salida
El sonido del despertador a las mi ocho de la mañana se sintió como un golpe de realidad. Solo había logrado dormir un par de horas, pero el cansancio físico no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho. Me quedé mirando el techo de mi habitación, con el eco de la voz de Liam repitiéndose en mi mente una y otra vez: Esto es un error... Yo te veo como una hermana... Esta relación no puede ser.
Me levanté a regañadientes y caminé hacia el armario. Ahí colgado estaba el vestido casual que usaría para la ceremonia civil, y justo al lado, mis maletas completamente cerradas con la etiqueta de destino a Londres. El contraste era desgarrador. Hoy vería al hombre que amo firmar un papel que lo ataría a otra mujer, y mañana, ese mismo dolor sería el que me daría el impulso definitivo para cruzar el océano. Su boda se había convertido, oficialmente, en mi boleto de salida.
Mi amiga Sara estaba más que dispuesta a acompañarme a ir a la guerra, pero no sin antes hacerme algunas de sus típicas bromas pesadas.
—¿Cómo amaneciste? ¿Pudiste dormir algo? —me preguntó, asomándose a mi cuarto.
—Prácticamente no he dormido nada —admití, soltando un suspiro pesado.
Sara rodó los ojos con frustración.
—Me da una rabia que Liam no admita sus sentimientos... Ya solo falta que se le ocurra nombrarte la madrina del bebé.
Me giré a mirarla, seria.
—¿Es en serio, Sara, que estás haciendo este tipo de comentarios justo hoy?
—Perdón, amiga, de verdad no fue mi intención —se disculpó de inmediato, arrepentida.
—Bueno, terminémonos de arreglar que Dom viene por nosotras. De una vez voy a montar las maletas en el carro para dejarlas en casa de mis padres y salir mañana directo al aeropuerto.
A Sara se le aguaron los ojos en un segundo.
—Me dan ganas de llorar con las despedidas... No quisiera que te fueras, pero sé que tienes que perseguir tus sueños. Ojalá y allá te consigas a un británico que te dé sexo delicioso.
—¡SARA! —grité, sintiendo que las mejillas me ardían—. Deja de decir esas cosas, ¡qué vergüenza!
—No te vengas a hacer la santa conmigo, si sabes perfectamente que te divierte —bromeó, guiñándome un ojo.
Entre risas y una profunda nostalgia, nos terminamos de alistar para lo que yo sabía que sería un día sumamente fuerte para mí. De repente, escuché que tocaban el timbre de la casa y le grité a mi amiga que abriera la puerta. Al llegar a la sala, la escena ya era empalagosa.
—¡Amor, te extrañé! —decía Sara, colgada del cuello de mi hermano.
—Yo también te extrañé, hermosa —le respondió Dominic, dándole un beso.
—Los más cursis del mundo ustedes dos, qué horror —interrumpí, haciendo una mueca—. Saldré corriendo en este mismo instante.
—No mientas, amiga, que en el fondo estás muy feliz por nosotros —me reviró Sara con una sonrisa triunfal.
Dominic intercedió antes de que empezáramos a pelear.
—Ya, dejen el chisme y vámonos, que se nos está haciendo tarde.
—Sí, qué emoción... —murmuré con ironía.
Nos dirigimos en carro hacia lo que sería el lugar de la ceremonia civil. Al llegar, la mamá de Liam, la Sra. Alba, nos recibió con una cara de pésame total. Pero, ¿qué más iba a hacer ella? Es su hijo y tenía que apoyarlo, aunque en mi vulgar opinión, Liam se estaba dirigiendo directito al matadero.
—¿Cómo está, Sra. Alba? —la saludé, acercándome a ella.
—Mi vida, ando de pésame —confesó la Sra. Alba, suspirando con amargura—. Este hijo mío, de verdad que no sé en qué está pensando.
—Lo mismo digo yo —soltó Sara, sin poder contenerse.
—¡Sara, cállate! —le di un codazo, reprendiéndola en voz baja.
—No, hija, Sara tiene toda la razón —asintió la Sra. Alba, dándole la razón a mi amiga—. Pasen, pasen... y vayan a saludar a Liam.
—Preferimos acomodarnos de una vez en nuestros asientos, Sra. Alba —respondí, queriendo evitar a Liam a toda costa.
La Sra. Alba asintió y una chispa de malicia cruzó por sus ojos.
—Ya verán a esa mujer... Antes de que comience la ceremonia le tengo una sorpresa guardada. ¿Se quiere casar con mi hijo? Bien, pero yo soy muchísimo más astuta que esa callejera. Maldigo la hora en que mi hijo la conoció.
Dominic la miró con los ojos abiertos de par en par, sorprendido.
—Sra. Alba, no le conocía yo este comportamiento suyo.
Ella sonrió con frialdad, mirando hacia la entrada del salón.
—Todavía no me conocen... Esa víbora se va a arrepentir de haberse metido con Alba de Ballesteros