Reencarné dentro de la novela que más amaba, pero no como la heroína. Soy la hija del duque más temido y odiado del imperio — un personaje que ni siquiera debería existir. No conozco mi final, pero sí sé una cosa: protegeré a mi familia aunque el mundo entero se ponga en mi contra.
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Decisión
El duque convocó a Nazaria al estudio esa misma noche.
Cuando entró, encontró a su padre de pie junto a la ventana, en la misma postura en la que Ino había estado horas antes, mirando hacia la oscuridad del jardín con las manos cruzadas detrás de la espalda.
—Siéntate —dijo sin darse vuelta.
Nazaria se sentó.
—Escuché tu conversación con Ino —dijo, antes de que su padre pudiera empezar de otra manera. No tenía sentido fingir.
El duque se giró.
No parecía sorprendido.
—Lo sé —dijo—. Kein me lo confirmó.
«Por supuesto que lo hizo», pensó Nazaria. «Kein informa todo. Es parte de lo que lo hace tan bueno en su trabajo.»
«Y tan frustrante a veces.»
—Entonces ya sabes lo que voy a pedir —dijo Nazaria.
El duque se sentó frente a ella, al otro lado del escritorio, con esa expresión que tomaba cuando estaba a punto de tener una conversación que requería más cuidado del habitual.
—Dime por qué crees que deberías ir.
«No me está dando un no. Me está pidiendo que lo convenza.»
«Eso es mejor de lo que esperaba.»
Nazaria ordenó sus pensamientos.
—Porque el príncipe pidió hablar conmigo específicamente, dos veces, lo cual sugiere que es importante para él y no un capricho del momento. Porque si vio algo la noche del envenenamiento, esa información podría ser la diferencia entre que la investigación nos limpie de sospecha o no. Y porque si me niego a ir, eso también puede interpretarse de una manera que no nos conviene.
El duque la escuchó sin interrumpir.
—¿Y el riesgo? —preguntó cuando terminó.
—Existe. No lo voy a negar. —Nazaria lo miró directamente—. Pero el riesgo de no ir también existe. Solo que es menos visible.
Su padre se quedó en silencio un momento.
—¿Sabes lo que significa que un príncipe imperial pida hablar a solas con la hija de un duque bajo sospecha de haberlo envenenado?
«No completamente», admitió Nazaria para sí misma. «Pero tengo una idea.»
—Que cualquier cosa que diga puede usarse en cualquier dirección —respondió—. A favor o en contra nuestra. Dependiendo de quién la escuche y cómo la cuente después.
—Exactamente.
—¿Entonces no debería ir?
El duque la miró durante un largo momento.
—No dije eso —respondió finalmente—. Dije que necesitas entender en qué te estás metiendo antes de hacerlo.
«Ah.»
«Esto es un sí. Disfrazado de cuidado paterno, pero un sí.»
—Voy a ir contigo —continuó el duque—. Y Kein. Nadie más entra a esa habitación excepto tú y el príncipe, pero nosotros estaremos en el palacio.
—¿Y si el Emperador no permite la visita?
—El Emperador no puede negarle a su propio hijo una visita que el hijo solicitó, especialmente cuando se está recuperando de un atentado. —Una pausa—. Negarlo levantaría preguntas que el Emperador probablemente prefiere evitar.
«Interesante», pensó Nazaria. «Mi padre ya pensó en todos los ángulos de esto antes de que yo entrara a la habitación.»
«Probablemente ya había decidido que iríamos desde el momento en que Ino se lo contó. Solo quería ver si yo llegaba a las mismas conclusiones sola.»
—¿Cuándo salimos? —preguntó.
—Mañana al amanecer. El príncipe debe estar lo suficientemente recuperado para recibir visitas en tres días según el último reporte. Llegaremos a tiempo.
Nazaria asintió.
Se puso de pie para retirarse, pero se detuvo en la puerta.
—Padre.
—Dime.
—¿Quién era el hombre de la columna?
El duque la miró.
Por un momento, Nazaria pensó que finalmente le diría.
—Todavía no estoy seguro —dijo en cambio, lo cual era, técnicamente, diferente a lo que había dicho antes—. Pero si mi sospecha es correcta, lo sabrás cuando llegue el momento de que importe.
«Otra vez esa frase.»
«El momento en que importe.»
«Espero que ese momento llegue pronto, porque la incertidumbre es agotadora.»
—Está bien —dijo Nazaria, y salió.
......................
Rame estaba esperando en el pasillo cuando salió del estudio.
No fingió que no lo estaba.
—¿Y? —preguntó.
—Vamos mañana al amanecer.
—¿Vamos?
«Ah. Tengo que decirle.»
—Mi padre y Kein van conmigo. Tú no.
Rame no dijo nada de inmediato. Su expresión no cambió de manera dramática — Rame nunca hacía nada de manera dramática —, pero algo en sus hombros se tensó levemente.
—¿Por qué no?
—Porque oficialmente no tienes nombre ni familia ni nada que te dé un lugar en ese mundo todavía. Llevarte a la corte imperial en este momento podría crear preguntas que ninguno de los dos podemos responder bien.
Rame procesó eso.
«Lo sabe. Sabe que tengo razón. Pero no le gusta.»
—¿Cuándo vuelves? —preguntó finalmente.
—No lo sé. Depende de cómo vaya todo.
Una pausa.
—Ten cuidado —dijo Rame.
—Siempre tengo cuidado.
—No es verdad. La semana pasada te caíste tres veces en el mismo ejercicio con Kein porque insistías en intentarlo de una manera que sabías que no iba a funcionar.
«Eso es justo», pensó Nazaria, ligeramente ofendida por la precisión del argumento.
—Eso es diferente.
—No lo es.
Se miraron un momento.
«¿Por qué esto se siente como una despedida más grande de lo que debería ser?», pensó Nazaria. «Solo voy a estar fuera unos días.»
—Cuida a Invierno —dijo en cambio—. Y termina el octavo tomo.
—Ya lo terminé.
—Por supuesto que sí.
Nazaria se dio la vuelta para irse a su habitación, pero Rame habló de nuevo.
—Nazaria.
Se detuvo.
—Si algo sale mal —dijo, con esa seriedad directa que usaba cuando algo realmente le importaba—, encuentra la forma de avisar. No me importa cómo. Solo que lo hagas.
«Rame.»
Algo en su pecho se apretó de una manera que no supo identificar del todo.
—Lo haré —dijo, y esta vez sí siguió caminando hacia su habitación, sintiendo la mirada de Rame en la espalda hasta que dobló la esquina.