Entre secretos prohibidos y un vínculo imposible, ¿será el amor su única salida… o la razón de su caída eterna?
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El Comienzo de la Cacería
La Gala Benéfica Black Crown llegó a su fin poco antes de la medianoche.
Los últimos invitados abandonaban el gran salón entre conversaciones y despedidas elegantes. Desde el ventanal de su despacho, Draven observaba cómo los vehículos desaparecían uno tras otro bajo las luces de la ciudad.
Su segundo al mando, Lucien, entró en silencio.
—Señor, todos los invitados ya se han retirado.
Draven seguía mirando el horizonte.
—¿Y Caleb?
—El conductor confirmó que regresó sano y salvo a su apartamento.
Draven asintió con tranquilidad.
—Bien.
Lucien dejó una carpeta sobre el escritorio.
—También recibimos información sobre la Fundación Helix.
El nombre hizo que la expresión de Draven se endureciera.
Abrió la carpeta.
En la primera página solo aparecía una fotografía antigua de un laboratorio subterráneo completamente destruido.
Debajo de la imagen había una frase escrita a mano:
"Proyecto Dominus: Archivo clasificado."
Draven cerró lentamente la carpeta.
—Así que han vuelto a moverse...
A varios kilómetros de allí, Caleb caminaba por el tranquilo pasillo de su edificio.
Saludó al portero, el señor Ernesto, quien le sonrió con la amabilidad de siempre.
—Buenas noches, joven Caleb.
—Buenas noches.
Al abrir la puerta de su apartamento, encontró una pequeña caja de cartón apoyada frente a la entrada.
No tenía remitente.
Solo una etiqueta con su nombre.
La llevó hasta la mesa del comedor y la abrió con cuidado.
Dentro había una vieja fotografía.
En ella aparecía un niño de unos cinco años tomado de la mano de un hombre y una mujer cuyos rostros habían sido cuidadosamente arrancados.
Solo el pequeño permanecía intacto.
Caleb sintió que su respiración se detenía por un instante.
En el reverso de la fotografía había una sola frase.
"Ellos siguen vivos."
El joven cerró lentamente la caja.
Por primera vez en muchos años, su calma se quebró.
¿Quién había enviado aquello?
¿Y cómo conocía un pasado que él mismo apenas recordaba?
Mientras tanto, en la comisaría, Ian continuaba revisando el caso.
Su compañera, la inspectora Sofía Rivas, dejó dos vasos de café sobre el escritorio.
—Sigues aquí...
Ian sonrió con cansancio.
—Todavía no encuentro la pieza que falta.
Sofía observó el tablero lleno de fotografías.
Una imagen de Caleb destacaba en el centro.
—Hablas mucho de ese estudiante.
Ian guardó silencio.
Finalmente respondió:
—Porque siento que alguien lo está observando.
—¿Crees que está en peligro?
Ian levantó la vista.
—No lo sé.
Pero pienso averiguarlo antes de que sea demasiado tarde.
En un edificio abandonado, oculto en las afueras de la ciudad, varias personas vestidas con batas blancas observaban una pantalla.
La imagen mostraba una fotografía reciente de Caleb.
Un anciano de cabello completamente blanco sonrió lentamente.
—Después de veinte años...
Al fin lo encontramos.
Uno de los científicos dio un paso al frente.
—Director... ¿activamos el protocolo?
El anciano negó con calma.
—No.
Todavía no.
Quiero comprobar con mis propios ojos si el último resultado del Proyecto Dominus es tan extraordinario como indican los informes.
Las luces de la sala se apagaron lentamente.
En la oscuridad, el rostro de Caleb seguía iluminando la pantalla.
La verdadera cacería acababa de comenzar.
Ya no solo era observado por un detective.
Ni por un poderoso Enigma.
Ahora, las personas que conocían el secreto de su nacimiento también habían regresado.
Esa noche, sentado junto a la ventana de su apartamento con la vieja fotografía entre las manos, Caleb levantó lentamente la mirada hacia la ciudad.
Su voz fue apenas un susurro.
—Pregunta número diecisiete...
Una pequeña sonrisa, cargada de incertidumbre, apareció en sus labios.
—¿Puede el pasado permanecer enterrado para siempre... o siempre encuentra el camino de regreso?
Continuará...