🔞🌟✅️Jude Lennox, un talentoso pianista de treinta y cinco años atrapado en un invierno emocional tras la pérdida de su madre. Incapaz de tocar una sola nota, Jude camina sin rumbo bajo el monzón de Bristol hasta que encuentra refugio en una cálida cafetería-librería llamada Le June.
Allí conoce a Alistair, el dueño del local, un hombre robusto de treinta años con una mirada magnética y un hermoso tatuaje musical en su brazo. Entre ellos surge una atracción inmediata y madura. Aunque deciden comenzar a conocerse sin etiquetas, la pasión y la devoción protectora de Alistair se convierten en el cable a tierra que Jude tanto necesitaba.✅️🌟🔞
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Delicioso y salvaje
El ambiente dentro de la cafetería Le June se congeló en un instante. Las notas del piano que Jude había estado ensayando en la planta alta todavía flotaban en el aire, pero la presencia de Arthur, su antiguo mánager, actuaba como una corriente de aire helado que amenazaba con apagar la calidez del local.
Arthur, vestido con un traje de alta costura que desentonaba por completo con las paredes de ladrillo visto y el olor a café tostado, avanzó hacia el mostrador. Sus ojos brillaban con la ambición de un hombre de negocios que acaba de encontrar una mina de oro que creía perdida.
—¿París? ¿Viena? —repitió Jude, con la voz un poco ahogada—. Arthur, llevo dos años desaparecido del mapa. Mi madre...
—Tu madre ya no está, y es una lástima, pero tu talento sigue vivo —lo interrumpió Arthur con una frialdad puramente profesional—. El luto no paga las cuentas ni llena los teatros. Los contratos que dejamos en pausa en Europa siguen vigentes. Solo necesitamos que empaques tus trajes, subas a un avión conmigo y retomes las giras internacionales. No puedes desperdiciar tus años sirviendo café en este pueblo. El mundo de la música de alta alcurnia te está esperando.
Jude sintió una punzada de tensión en el pecho. Las palabras de Arthur revivieron por un segundo al hombre asustado que huía de los escenarios. Dio un paso hacia atrás, con los dedos rozando la madera del mostrador, buscando un punto de apoyo.
Sin embargo, antes de que la ansiedad pudiera paralizarlo, Alistair intervino. El dueño del local dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre el mánager y el pianista. Su imponente presencia física, sus hombros anchos y la manga tatuada de flores que asomaba bajo su camisa verde oliva llenaron el espacio con una autoridad indiscutible.
—Caballero —dijo Alistair, con una voz grave, pausada y sumamente firme—. En primer lugar, este "pueblo" es Bristol, y este local es de mi propiedad. En segundo lugar, Jude no está sirviendo café. Está recuperando su vida. Le pediría que module su tono si no quiere que lo invite a retirarse antes de que termine de hablar.
Arthur arqueó una ceja, midiendo al joven de arriba abajo. Una sonrisa condescendiente apareció en sus labios.
—¿Y tú quién eres? ¿El dueño de la librería? —preguntó el mánager con desdén—. Jude, no me digas que estás cambiando los auditorios de Europa por los caprichos de un muchacho. Esto es ridículo. Tienes una reputación que mantener.
Jude miró a Alistair. Vio la mandíbula tensa del menor y la fisonomía rígida de sus brazos robustos. Sintió una oleada de orgullo al ver cómo el joven lo protegía, actuando como el roble del que habían hablado en la carretera. Jude dio un paso al frente, colocándose al lado de Alistair y sosteniendo la mirada firme del mánager.
—Alistair no es ningún capricho —declaró Jude con una voz suave pero inquebrantable, que dejó a los sin aliento por su determinación—. Él es la razón por la que mis manos volvieron a tocar una tecla. Si vas a hablar de mi futuro, vas a tener que respetarlo a él y al espacio donde encontré mi salvación.
Arthur parpadeó, sorprendido por la firmeza de Jude. El pianista sumiso y deprimido que recordaba había desaparecido; el hombre frente a él tenía el brillo de quien ha sido amado con fuerza y posesividad. El mánager suavizó el tono, dándose cuenta de que no ganaría nada con la hostilidad.
—Está bien. Lamento si fui brusco —cedió Arthur, acomodándose las gafas—. Pero soy tu mánager. Me importa tu carrera. Solo te pido que lo pienses. Tengo una reunión con los inversores en un hotel del centro mañana por la tarde. Ven conmigo. Hablemos de los números, de los teatros en París y de cómo podemos manejar los tiempos para que no te sientas presionado. No me digas que no te interesa volver a tocar frente a miles de personas.
Jude guardó silencio por unos segundos. Miró de reojo a Alistair. Notó que el menor mantenía los ojos avellana fijos en el mostrador, guardando un silencio pesado. Los celos y el miedo a perder a su hombre estaban dibujados en la tensión de sus hombros.
—Está bien —aceptó Jude finalmente, buscando cerrar la confrontación—. Iré mañana al hotel. Hablaremos del contrato. Pero te lo advierto: ya no soy el mismo hombre de hace dos años.
—Me conformo con que vengas —dijo Arthur con una sonrisa de satisfacción—. Te veo mañana a las cuatro. No llegues tarde.
El mánager se dio la vuelta, se colocó las gafas oscuras y salió de la cafetería con el mismo paso firme con el que había entrado, haciendo sonar la campanilla de la puerta de manera brusca.
Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó a Le June, pero esta vez era un silencio denso, cargado de una incertidumbre que apretaba el ambiente. Los clientes que quedaban en las mesas de la librería pagaron sus cuentas rápidamente y se marcharon, intuyendo que la pareja necesitaba espacio.
Alistair no se movió de su sitio. Regresó detrás de la barra y comenzó a limpiar unas tazas de porcelana con movimientos mecánicos y excesivamente fuertes. Su rostro estaba serio, y las flores de tinta de su brazo tatuado parecían tensarse con cada flexión de sus músculos.
Jude se acercó al mostrador, sentándose en la banqueta alta, justo frente a él.
—Estás enojado —observó Jude con suavidad, estirando sus manos largas para intentar tocar los dedos grandes del menor.
Alistair retiró la mano con suavidad, evitando el contacto por primera vez en semanas. Levantó la vista, y sus ojos avellana reflejaban un fuego oscuro que hizo que el pulso de Jude se acelerara.
—No estoy enojado. Estoy pensando —respondió Alistair con una voz ronca y pausada—. Ese hombre tiene razón en algo. Eres un gran artista. El mundo entero te conoce y te extraña. París, Viena... esos son escenarios de verdad, no una barra de madera donde sirvo café americano de cinco libras.
—Alistair, no digas eso —pidió Jude, sintiendo una punzada de angustia—. Sabes perfectamente lo que este lugar significa para mí.
—Lo sé. Sé lo que pasó en la alfombra de tu apartamento y sé lo que compartimos en la cama —replicó Alistair, inclinándose sobre el mostrador, fijando su mirada imponente en el mayor—. Pero también sé que el trato que hicimos fue el de conocernos como dos hombres adultos, sin etiquetas y sin títulos oficiales. No tengo el derecho de pedirte que te quedes en Bristol a acomodar libros viejos si tienes la oportunidad de recuperar tu gloria en Europa.
Jude se quedó mudo. La madurez de Alistair para no acorralarlo, para dejarle la puerta abierta aun cuando sus propios ojos gritaban que se estaba muriendo de celos y de miedo a la distancia, volvió loco al pianista. Jude entendió que el menor estaba sufriendo en silencio, protegiendo el acuerdo que ambos habían firmado con la piel.
—¿Y si decido irme? —provocó Jude en un susurro, buscando probar los límites de la seguridad del joven—. ¿Qué pasará con nosotros?
Alistair apretó los dientes, y los músculos de su mandíbula se marcaron con fuerza. Se acercó tanto que Jude pudo oler el aroma a café y a ese tabaco dulce que el menor emanaba.
—Si decides irte a París, te voy a armar la maleta yo mismo porque te respeto como artista —dijo Alistair, con una voz que bajó un tono, volviéndose peligrosamente íntima y posesiva—. Pero tienes que saber una cosa. Esta noche voy a cerrar las persianas de la cafetería más temprano. Y cuando subamos a la planta alta, te voy a tomar en ese sofá de cuero con tanta fuerza que vas a llevar las marcas de mis dientes en tu piel durante todo el viaje a Europa. No voy a dejar que te olvides de cómo se siente mi cuerpo dentro del tuyo, aunque estés tocando en el teatro más grande del mundo.
Un escalofrío delicioso y salvaje recorrió la columna vertebral de Jude. Alistair con esa desvergonzada posesividad desató una adrenalina pura en su vientre. Jude estiró sus dedos, atrapando finalmente la mano grande del menor, entrelazando sus dedos con fuerza sobre el mostrador.
—Mañana iré a esa reunión —prometió Jude, mirándolo con una determinación absoluta—. Pero mi música y mi cuerpo ya tienen un dueño. Cierra el local ahora mismo. No quiero esperar hasta la noche para que me demuestres qué tan profundas van a ser esas marcas.
Alistair sonrió de manera triunfal, una sonrisa de absoluto control que confirmó que esa noche sería el más intenso de sus vidas. Se dio la vuelta, caminó hacia la puerta principal y echó el cerrojo, preparando el escenario para una tormenta que haría que el monzón de Bristol pareciera una simple llovizna.
Muchas felicidades por la culminación de esta gran obra ☺️ ✨
y si no es mucho pedir una segunda parte 🤭.
Me encanta la madurez y la pasión de su romance 🤭. El cómo avanzo su relación sin la necesidad de una etiqueta desde el principio. ojalá tener más de ellos 💙.
Muchas Gracias autor/a por tu gran dedicación ☺️. me encantan tus novelas. tienes un gran talento muchas gracias por compartirlo con nosotros. Felicidades por una gran obra finalizada. 💐✨
y ya llega alguien a aguar la fiesta 🤦♀️