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Pecado Clandestino

Pecado Clandestino

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
​Entonces conoce a Esther Molina.
​Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
​La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El cumpleaños

El cielo de la tarde estaba pintado de un azul pálido y el aire del parque público olía a pasto recién cortado y a algodón de azúcar. Para el resto del mundo, este era un domingo cualquiera, pero para mí, era el día más importante del año: el sexto cumpleaños de Sofía.

Verla correr por el césped con su vestido rosa de volantes, persiguiendo burbujas de jabón con una risa cristalina que llenaba el aire, me ensanchaba el corazón. Había logrado armar una pequeña mesa con globos de colores, sándwiches de mezcla y un pastel sencillo con seis velas de cera. Mis vecinas y un par de niños del barrio cantaban y aplaudían. Yo sonreía, aplaudía y hacía el papel de la mamá perfecta, la mujer fuerte que había dejado atrás el infierno para darle una vida limpia a su hija.

Sin embargo, a pesar de la alegría del momento, una corriente eléctrica me recorría la piel. Una sensación de calidez conocida, un magnetismo sutil pero inconfundible, me hacía desviar la mirada hacia la avenida que bordeaba el parque a cada momento.

A unos cincuenta metros, estacionado bajo la sombra de un gran roble, estaba el imponente sedán negro de vidrios polarizados.

No necesitaba ver a través del cristal para saber quién estaba dentro. Era él. Julián.

Mi pulso se aceleró y un suspiro tembloroso escapó de mis labios, sintiendo cómo mis pezones se endurecían sutilmente bajo mi blusa de lino ante la sola certeza de su cercanía. No teníamos permitido esto. El pacto prohibía involucrar a nuestras familias, prohibía los sentimientos, pero allí estaba el director implacable, el hombre que hacía temblar las terminales aduaneras, estático en su auto lujoso, observando mi mundo real. La atracción entre nosotros ya no era solo una urgencia de piel contra piel en la penumbra; se estaba transformando en algo más profundo, una necesidad silenciosa de formar parte de la vida del otro.

Desde el interior del auto, Julián mantenía las manos apoyadas en el volante, con los ojos grises fijos en la mujer del vestido de lino blanco.

Esther brillaba bajo la luz del sol. No era la mujer sumisa que gemía su nombre sobre el escritorio de caoba, ni la amante desvergonzada del hotel; era una madre entregada, hermosa en su simplicidad, con el cabello oscuro recogido en una trenza suave que dejaba al descubierto su cuello pálido. Verla reír mientras cargaba a su hija despertó en el pecho de Julián una punzada de ternura tan intensa que le resultó dolorosa. Su vida corporativa y gris, marcada por el luto y las peleas con Victoria, se sentía terriblemente vacía comparada con la calidez que esa mujer desprendía en un parque público.

Quería bajarse. Quería caminar hacia ella, tomarla por la cintura frente a todos, besar sus labios con la posesividad de siempre y abrazar a la pequeña que tanto se parecía a ella. Pero el peso de su apellido y las reglas que ambos habían dictado para protegerse lo mantenían anclado al asiento de piel.

Julián desvió la mirada hacia el asiento del copiloto, donde descansaba una caja enorme envuelta en papel brillante con un lazo de seda rosa. Había pasado la mañana entera buscando el regalo perfecto, ignorando el hecho de que estaba rompiendo la regla más sagrada del trato.

Hizo una seña con la mano y el chofer de la empresa, que esperaba afuera, se acercó a la ventanilla.

—Lleva esto a la mesa de la fiesta —ordenó Julián con su habitual tono ronco y autoritario, pero con un matiz de suavidad inédito—. No digas quién lo envía. Déjalo y regresa.

El chofer cruzó el parque portando la caja gigante, atrayendo las miradas curiosas de los invitados. Se acercó a la mesa, colocó el obsequio con una reverencia educada y se marchó sin pronunciar palabra.

Sofía soltó un grito de emoción y corrió hacia el paquete.

—¡Mamá, mira! ¡Qué regalo tan grande! ¿Quién lo trajo? —preguntó, con los ojos abiertos de par en par.

Me acerqué despacio, con el corazón golpeándome las costillas. Al retirar la envoltura, apareció una enorme casa de muñecas de madera victoriana, perfectamente detallada, un objeto de un lujo evidente que jamás habría podido comprar con mi sueldo de la cafetería. No había tarjeta. No había nombre.

Pero en cuanto mis dedos rozaron la madera pulida, supe perfectamente quién había sido. La caligrafía en la etiqueta de la tienda era la misma del papel arrugado con su número telefónico.

Sentí una oleada de calor inundarme el vientre, una mezcla de profunda sensibilidad y una atracción que me cortó el aliento. Julián se había metido en mi mundo. Había tocado lo más sagrado que tenía, no con la rudeza de sus manos en la oficina, sino con una delicadeza que me desarmaba por completo.

Levanté la vista hacia el roble de la avenida. El auto negro encendió los faros delanteros, como un saludo silencioso en la distancia, antes de avanzar lentamente y perderse entre el tráfico de la ciudad.

Apreté el lazo rosa entre mis manos, con los ojos empañados por una verdad que ya no podía negar. El pacto de no involucrarse estaba muerto. La ternura y la atracción romántica se habían consolidado entre nosotros, y aunque el peligro siguiera acechando afuera, mi alma ya le pertenecía a ese hombre tanto como mi cuerpo.

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Rita Coba
cómo está es embarazo de aldo riesgo no pueden tener relaciones sexual 🤣
Rita Coba
ojalá ke se estén cuidando si embarazo en la puerta 🤣🤣
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