Elena busca el orden y la perfección; Julián vive bajo sus propias reglas. Cuando sus caminos se crucen en la academia, descubrirán que el destino tiene un plan completamente diferente para los dos. ¿Podrá el amor romper sus defensas?
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Promesas de enmienda y un nuevo comienzo
El llanto contenido del señor Arturo pareció detener el tiempo dentro de la oficina. El pequeño Julián, ajeno al torbellino de emociones y tragedias del pasado, estiró su manita para tocar la mejilla húmeda del anciano, regalándole una sonrisa inocente que terminó por derretir los últimos rastros de hielo en el corazón de Arturo. Elena observaba la escena con los ojos cristalinos, sintiendo un nudo en la garganta al ver al hombre que alguna vez fue tan imponente y severo, completamente vulnerable y entregado al amor de su nieto.
Después de unos minutos de puros abrazos y lágrimas, Arturo logró recomponerse un poco, aunque sus manos seguían temblando de la emoción. Con mucha delicadeza, Elena sentó al niño en el sofá de la oficina con unos juguetes que llevaba en su bolso para que se entretuviera. Fue entonces cuando el silencio se apoderó del espacio, un silencio que ya no era incómodo, sino cargado de palabras que debían decirse desde hacía tres años.
Arturo miró a Elena directamente a los ojos. La arrogancia que alguna vez lo definió había desaparecido por completo, reemplazada por una profunda y sincera humildad.
—Elena... —comenzó Arturo, y su voz se quebró por un instante—. Sé que el tiempo no regresa y que no puedo borrar el daño que causé en el pasado. Fui un hombre ciego, orgulloso, y mis malas decisiones nos arrastraron a todos hacia la desgracia. Te juzgué mal, te aparté... y no sabes cuánto me pesa en el alma haber sido el causante de tanto dolor para ti y para mi hijo.
Elena escuchaba en silencio, apretando los labios. Los recuerdos de los días difíciles cruzaron por su mente, pero al mirar el rostro cansado del señor Arturo, se dio cuenta de que el castigo del remordimiento ya había sido suficiente para él.
—Por favor, Elena, mírame —suplicó el anciano, dando un paso hacia ella—. No te pido que olvides lo que pasó, porque sé que es imposible. Pero desde el fondo de mi alma rota, te pido perdón. Te pido perdón por no haber sido el apoyo que necesitabas, por mis prejuicios y por haberlos dejado solos. Si Julián estuviera aquí... sé que me pediría que cuidara de ustedes. Déjame enmendar mis errores. Déjame ser el abuelo que ese niño merece y el apoyo que tú debiste tener desde el primer día.
Las lágrimas de Elena volvieron a rodar, pero esta vez no eran de tristeza, sino de liberación. El rencor era una carga demasiado pesada que ella ya no quería llevar en su nueva vida. Tomó las manos temblorosas de Arturo entre las suyas, dándole un apretón reconfortante.
—Señor Arturo... ya lo perdoné —respondió Elena con voz suave pero firme—. El pasado fue muy duro para todos, y la pérdida de Julián nos destrozó. Pero ver cómo ha cambiado, ver el amor con el que mira a mi hijo... eso es lo único que me importa ahora. Julián no querría que viviéramos con odio en el corazón. Usted es su abuelo, la única familia de su sangre que le queda, y jamás le negaría la oportunidad de tenerlo en su vida.
Arturo sintió como si un peso colosal se levantara de sus hombros. La palabra "perdón" en boca de Elena fue el bálsamo que su alma necesitaba para empezar a sanar de verdad. Volteó a mirar al pequeño Julián, que jugaba alegremente en el sofá, y una determinación inquebrantable se instaló en su pecho.
—Gracias, Elena. No te vas a arrepentir de esto, te lo prometo —dijo Arturo, limpiándose las últimas lágrimas con firmeza—. Ahora las cosas van a cambiar. No voy a permitir que sigan pasando necesidades ni que vivan con el agua al cuello. Esta empresa, todo lo que he logrado recuperar en estos tres años, todo le pertenece a ese niño y a ti. Quiero que se muden conmigo. Tengo una casa amplia, segura, donde a Julián no le faltará absolutamente nada y donde podrás ver de cerca cómo crece con todo el amor del mundo.
Elena se quedó sorprendida por la propuesta. Pasar de la humilde rutina que llevaba a aceptar semejante cambio era algo fuerte, pero miró a su hijo y pensó en su futuro. Sabía que la intención del señor Arturo era pura y que el destino, después de tantos caminos cruzados y espinosos, finalmente les estaba dando una oportunidad real de ser una verdadera familia.
—Está bien, señor Arturo —aceptó Elena con una sonrisa llena de esperanza—. Aceptamos. Empecemos de nuevo, por Julián.
Arturo sonrió de verdad por primera vez en tres años. Se acercó al sofá, cargó al pequeño Julián en sus brazos y lo miró fijamente, encontrando en sus ojitos el reflejo del hijo que había perdido, pero también la luz de un nuevo y brillante mañana.