Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 14
Jay la alcanzó allí, llamándola con suavidad por su nombre, mientras cerraba la puerta tras él.
-Todavía la tengo -le informó, con voz ronca.
La joven frunció el ceño, preguntándose a qué se refería.
-A Salamandra -le explicó, sonriendo al mismo tiempo que ella se sonrojaba al darse cuenta de que Jay había descubierto la conexión ¿Por qué escogiste ese nombre, entre todos los imaginables, Rebecca? -indagó, recargándose contra la barandilla y contemplándola burlón-. ¿Acaso por que nos extrañaste mientras construías tu pequeño imperio?
Se volvió, sofocando el estremecimiento helado que tensó sus facciones.
-Extrañé a Salamandra -contestó, remota-. Fue la única amiga que tuve en este lugar. Claro que la recuerdo.
Con eso continuó ascendiendo, consciente de la mirada aguda que se posaba sobre su espalda y de que, por su tonto deseo de borrar el gesto condescendiente de la cara de Olivia, reveló más de lo necesario.
Se enojó consigo misma. No visitaba a su madre como el hijo pródigo, según sugirió Jay con sarcasmo en la estación de trenes. Y desde luego, tampoco para demostrarles que llevaba una vida exitosa a pesar de los esfuerzos concertados de todos ellos por arruinarla. Arriesgarse sin razón le parecía tonto y peligroso.
Pero, ¿Salamandra todavía estaba allí? Su inquieto corazón se agitó de placer al entrar en el cuarto, lista para acostarse. Cerró los ojos por un momento para viajar a través del tiempo y recordar su galopada salvaje y libre, sobre la yegua azabache de Jay. La crin de Salamandra volaba al viento mientras ella reía, contenta, retando al dueño del animal a alcanzarla Jay... su corazón se contrajo de dolor. Jay sonriéndole, urgiéndola a avanzar con sus ojos azules, azuzando a la hermosa hermana de Salamandra, Salomé.
- ¿Por qué siempre montas una yegua y no un caballo? -le preguntó una vez, curiosa, y descubrió un brillo travieso en sus pupilas, antes de que le contestara:
-Prefiero montar hembras, Becky... creí que ya te habías dado cuenta.
Se movió por el cuarto con torpeza, mientras esas desdeñaba las olas de nostalgia le oprimían las entrañas. Hubiera jurado que en aquel entonces la amaba. Sí y obviamente la amaba, para después causarle un terrible mal.
Rebecca durmió mal y se despertó temprano, porqué los sueños la perturbaban demasiado para que quisiera continuar en la cama, después de que la luz del sol empezó a filtrarse en su cuarto. Se consintió dándose un largo baño caliente, que esperaba relajara la tensión de sus músculos antes que las presiones del día la aplastaran.
Jay ya se había ido a la oficina cuando bajó por la escalera. Lo sabía porque pospuso salir de h habitación hasta que observó que el coche deportivo desaparecía en una curva del camino.
-Buenos días, señorita Shaw -la sonrisa tibia de la señora Musgrove la recibió en la amplia y moderna cocina-. El señor Jay se disculpa con usted, pero tiene que estar en su oficina durante algunas horas. Sin embargo, le encargó a Jimmy que la llevara a Harrogate.
- ¿Jimmy todavía trabaja aquí? -sus ojos se iluminaron. Jimmy Tiler ocupó el lugar de su padre a su muerte encargándose de los jardines y haciéndola de chofer cuando se necesitaba.
-Sí -sonrió la señora Musgrove-. Creo que se quedará para siempre -murmuro seca-, igual que la madre de usted, añadió con cautela: Nunca la conocí, señorita Shaw; el señor Jay me contrató para substituirla pero sé que la aprecian mucho aquí, en el Hall, y le aseguro que no pretendo robarle su trabajo. Presto una ayuda temporal, hasta que su madre se reponga.
Rebecca le sonrió para demostrarle a la señora Musgrove que no dudaba de su sinceridad Pero le bastó con mirar una vez a su madre, en esa cama de hospital, para darse cuenta de que sus días de sirvienta habían terminado.