Elena Rossi, la princesa consentida de los Rossi, tras la disolución de la trinidad, busca un nuevo comienzo académico en Manhattan. Sin embargo, el pasado de los Rossi es un lazo de sangre imposible de cortar, y las mafias locales no tardan en rastrear sus pasos en Nueva York.
Para sobrevivir en este nueva etapa de su vida, Elena no estará sola. Cuenta con el amparo constante de Christopher Sterling, un frío y letal custodio profesional encargado de su seguridad perimetral. En medio de balaceras en callejones húmedos y persecuciones a alta velocidad, la estricta relación jerárquica y el protocolo de un contrato laboral por su padre empiezan a desmoronarse.
Entre la adrenalina del peligro y la soledad de las noches, un sentimiento profundo e indomable transformará a la heredera y a su sombra en un equipo indestructible y un amor que atravesará todas las barreras que les pondrá la vida en el camino.
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Capitulo 19
El domingo amaneció con un cielo limpio, casi cristalino, que se reflejaba en los cristales de los edificios que rodeaban nuestro departamento. Me desperté temprano, sintiendo el calor del cuerpo de Christopher a mi lado, un contacto que se había vuelto mi refugio favorito en este caótico mundo de familias enfrentadas y nombres de enemigos ocultos
Me encantaba como era él, a pesar de haber dormidos juntos, no me presionaba, ni me buscaba para hacer otra cosa, respetaba mis tiempos y eso me encantaba de él
Me quedé un buen rato observándolo mientras dormía, sus facciones, habitualmente duras y curtidas por años de servicio en la firma, se suavizaban por completo en el descanso. Ese era el hombre que se había atrevido a desafiar la lealtad que le debía a los Rossi solo por estar conmigo, el custodio que había pasado a ser mi compañero, mi cómplice y mi amor
Me moví despacio para no despertarlo, pero él, con ese instinto agudo que lo definía, abrió los ojos en cuanto sentí el peso de su mirada sobre mí. Una sonrisa ladeada, casi pícara, se dibujó en sus labios antes de que me atrajera hacia su pecho con un abrazo fuerte, obligándome a volver a acomodarme bajo las sábanas
— ¿A dónde pensabas irte tan temprano, Elena? — me preguntó con una voz ronca por el sueño, que me recorrió toda la espalda, apretándome contra él con una posesividad dulce que me hizo suspirar
— Pensaba preparar el desayuno para que empezáramos este domingo como se debe, sin papeles de la aduana, sin cuentas bancarias y, sobre todo, sin tener que pensar en Santino Moretti ni por un minuto — le respondí, besándole la mejilla y luego el cuello, disfrutando de cómo su piel se erizaba ante mi tacto
— Me parece un plan perfecto — contestó él, besándome con una parsimonia que pronto dejó de ser un saludo matutino para convertirse en una caricia mucho más apasionada
Pasamos la mañana en esa burbuja de desconexión absoluta. Después de desayunar, nos quedamos en el sillón frente a la ventana, viendo el movimiento de la ciudad desde la altura de nuestro piso. Christopher me contaba cosas de su infancia en las afueras de Chicago que nunca antes se había atrevido a compartir, detalles sobre cómo había entrado a trabajar en la firma de mi padre casi por casualidad y cómo su vida había dado un giro de ciento ochenta grados cuando le asignaron la custodia de la hija menor de los Rossi
Yo, por mi parte, le hablé de mis verdaderos sueños, de mi deseo de terminar la carrera no solo para complacer a mi padre, sino porque realmente sentía una vocación genuina por el análisis financiero y la gestión de proyectos. Ese intercambio de secretos, esas pequeñas capas de intimidad que íbamos pelando, nos unía más que cualquier pacto de lealtad familiar
Sin embargo, a medida que la tarde avanzaba, la sombra de nuestra realidad volvió a hacerse presente. Sabíamos que Santino Moretti no se iba a quedar quieto tras haber perdido el camión de carga en el depósito del distrito este. El sobrino de Don Moretti era un hombre paciente y, a juzgar por los registros que Franco nos había enviado, su sed de venganza contra mi familia era un motor que movía cada una de sus piezas en Manhattan
— Tenemos que ser realistas, Christopher — dije, mientras él preparaba un café a media tarde. Me levanté del sillón y me acerqué a él, rodeándolo con mis brazos desde atrás — Santino sabe que alguien interceptó su carga. No puede ser tan ingenuo como para no darse cuenta de que la cuadrilla de la firma está moviéndose en sus terrenos. Va a intentar algo grande antes de que termine el fin de semana
Él dejó la cafetera de lado y se dio la vuelta para tomarme de las manos, mirándome con esa intensidad que me confirmaba que, pase lo que pase, no iba a dejarme sola
— Tenés razón, mi amor. He estado revisando los reportes de seguridad en el celular durante toda la mañana. La cuadrilla norte detectó movimientos inusuales en un búnker de suministros cercano a la universidad. No es un depósito de carga, es un centro de comunicaciones. Están intentando hackear nuestras frecuencias de radio para saber exactamente dónde nos movemos y cuándo
— Eso significa que saben que yo estoy acá y que vos estás conmigo — dije, sintiendo una punzada de adrenalina en el pecho — Si saben que estamos juntos, saben que la estrategia no viene de la central de Chicago, sino de nosotros dos. Santino debe estar furioso
Christopher apretó mis manos, dándome seguridad
— Que sepa lo que quiera. Lo importante es que nosotros conocemos sus movimientos antes de que los ejecute. Mañana, cuando entres a la facultad, voy a estar ahí, pero no de la forma en que lo esperaría. Vamos a preparar una trampa técnica en el servidor del búnker. Si intentan interceptar nuestras comunicaciones, vamos a enviarles información falsa que los lleve directamente al centro de logística de la firma en las afueras de Queens. Ahí los vamos a estar esperando con toda la fuerza del operativo
— ¿Estás hablando de un contraataque directo? — pregunté, sorprendida, aunque en el fondo de mi mente ya estaba armando los pasos contables para que esa operación no dejara rastros financieros que pudieran incriminarnos a nosotros frente a los abogados de mi padre
— Estoy hablando de terminar con esta amenaza de una vez por todas, Elena. Vos vas a rendir tus clases, vas a brillar como siempre en microeconomía, y yo voy a hacer lo necesario para que ese tipo deje de representar un peligro para nosotros. No voy a permitir que este tipo de gente siga acechando tu paz. Sos lo más importante que tengo, y voy a protegerte con cada bala y cada truco que aprendí en estos años
Lo besé con tanta fuerza que casi nos caemos de la cocina. No era solo agradecimiento, era la convicción de que, por primera vez en mi vida, no estaba siendo una pieza de un tablero ajeno, sino una jugadora activa en mi propio destino junto a la persona que amaba
El resto del domingo transcurrió en una mezcla de preparativos técnicos y momentos de ternura. Christopher trabajó con la tablet, configurando el software de intercepción para que cualquier intento de escucha de Moretti terminara en una base de datos controlada por la familia Rossi en Queens
Mientras él se concentraba en la parte táctica, yo me senté a redactar un informe financiero sobre las posibles causas de las fluctuaciones en las licencias marítimas, buscando los huecos legales que Santino había utilizado para blanquear el dinero de sus operaciones clandestinas
A eso de las nueve de la noche, el cansancio nos pasó factura. Nos tiramos en el sillón grande, con las luces del departamento apagadas para no llamar la atención desde los edificios vecinos. La vista de la ciudad nocturna era sobrecogedora, un mar de luces doradas y blancas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Christopher me atrajo hacia él, envolviéndome en sus brazos como si quisiera protegerme incluso del aire frío que entraba por la rendija del ventanal
— Sabés — me susurró en el oído, rozando mi mejilla con su barba de varios días — nunca pensé que encontraría a alguien con quien pudiera compartir todo esto. La vida en la firma te enseña a no tener a nadie en quién confiar, a mantener siempre una distancia de seguridad, a desconfiar hasta de tu propia sombra. Pero desde que llegamos a Nueva York, y desde que rompimos esas barreras, siento que por fin estoy viviendo
— Yo también, Christopher — le respondí, cerrando los ojos y dejando que su olor, una mezcla de jabón y café, me envolviera — Al principio, me daba miedo lo que sentíamos. Me daba miedo que el apellido Rossi se convirtiera en una sentencia de muerte para nosotros. Pero ahora entiendo que lo único que realmente importa es que estamos juntos. Y si tenemos que enfrentarnos a todo el clan de los Moretti para mantener esta vida, lo vamos a hacer
Él me besó con una ternura que me hizo estremecer. Sus manos recorrieron mi espalda, lentas y seguras, transmitiéndome una paz que contrastaba con el peligro que nos esperaba a la mañana siguiente
Hablamos durante horas, susurrando entre risas y confesiones, sobre qué haríamos cuando todo esto terminara, sobre cómo sería nuestra vida si lográbamos alejarnos de la estructura de mando de mi padre en Illinois. Fue una conversación llena de esperanza, una planificación de un futuro que, hasta hace apenas unos días, me parecía un imposible inalcanzable
— Pase lo que pase mañana — me dijo finalmente, mientras el cansancio empezaba a ganarle a la conversación — quiero que sepas que sos la única razón por la que me levanto cada mañana con un propósito. No es el trabajo, no es el sueldo de la firma, no es la lealtad a Fabián Rossi. Sos vos. Sos mi prioridad absoluta, mi refugio y mi mayor victoria
— Y vos sos el mío — le susurré, sintiendo cómo el corazón se me expandía en el pecho
Nos quedamos dormidos ahí mismo, en el sillón frente a la ventana, abrazados el uno al otro como si el mundo afuera hubiera dejado de existir
Santino Moretti podía estar planeando su próximo movimiento en algún búnker oscuro, y los abogados de la firma podían estar revisando nuestras auditorías en Chicago, pero en ese rincón de Manhattan, bajo el cielo estrellado de un domingo inolvidable, éramos solo dos personas que se habían encontrado en medio del caos y que habían decidido, contra toda lógica y toda regla, apostar por lo único que realmente importaba: nuestro amor
Mañana empezaríamos el contraataque, pero por esta noche, nos permitimos ser felices, protegidos por el silencio del departamento y por la certeza de que, mientras estuviéramos juntos, nada ni nadie podría rompernos.