Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.
Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.
Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.
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CAPITULO 16 IAN+
NARRACIÓN: IAN
Me quedé dormido también, pero no fue un sueño profundo. Solo sentía el calor de su cuerpo pegado al mío, su respiración suave contra mi pecho y el latido de su corazón que parecía marcar el mismo compás que el mío. Mientras cerraba los ojos, mi mente comenzó a viajar al pasado, repasando cada instante en que la había visto por primera vez. Recordaba aquel día en el elevador: entró con paso firme, mirada seria y una actitud que parecía decir “no te acerques”. En cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, sentí algo que no podía explicar: me gustó desde ese mismo segundo. Sin embargo, era tan complicada, tan rara y a veces tan enojona que me costaba entenderla. Pensaba: Cualquier otra mujer ya habría aprovechado este momento para acercarse más, para meterse cómoda entre mis brazos o incluso buscar estar más cerca. Pero ella… ella es diferente, nunca hace lo que uno espera.
En ese silencio del viaje, sin que ninguno de los dos hablara, vi por el espejo retrovisor que Jovany nos observaba. Su mirada se detuvo en nosotros, recostados el uno contra el otro, y no dijo nada, no hizo gestos exagerados, solo puso una expresión extraña, una mezcla de sorpresa y curiosidad, como si estuviera viendo algo que no esperaba ver, pero que al mismo tiempo le parecía interesante. Fue solo un instante, una mirada que duró lo suficiente para hacerme sentir observado, pero sin juzgar.
A su lado, Adriana, mi super secretaria y asistente, se dio cuenta también y le habló en voz baja:
—¿Tendré que empezar a preocuparme por ellos dos? —preguntó con tono de quien ya ve señales.
Jovany soltó una risa suave, volvió la vista hacia adelante por un momento y luego miró otra vez hacia atrás, sonriendo con complicidad. Sacó su teléfono móvil y, antes de contestar, respondió con calma:
—No lo creo. Ella es como una niña todavía, sabe muy bien hasta dónde puede llegar y qué no debe hacer. Además, tiene un contrato que le marca límites claros.
Y sin que nos diéramos cuenta, tomó una foto con el teléfono, capturando la escena tal cual estábamos: abrazados, recostados, con la luz suave del atardecer entrando por la ventana. En la imagen parecíamos una pareja tranquila, unida, de esas que se ven bien juntas. Jovany se rió bajito para no despertarnos y pensó en voz baja, casi para sí mismo: Y pensar que ni siquiera se aguantan, que se dicen de todo y parecen odiarse a muerte… pero miren cómo terminan cuando se relajan.
Pasaron dos horas completas de viaje así. Poco a poco fui recuperando la consciencia, sin moverme para no despertarla. Cuando abrí los ojos por completo, lo primero que vi fue a ella. Solo alcanzaba a ver la mitad de su rostro, pero bastaba: sus mejillas suaves, sus labios entreabiertos y ese moretón que ya se veía más oscuro, pero que no le quitaba nada de belleza. Mis manos seguían apoyadas con suavidad en su cintura, siguiendo la línea de su cuerpo con cuidado, como si temiera que se rompiera si la soltaba.
Fue entonces cuando ella también comenzó a despertar. Vi cómo sus párpados se movían lentamente, cómo abría los ojos despacio, confundida al principio, hasta que su mirada se enfocó y se dio cuenta de dónde estaba y con quién. Sentí cómo todo su cuerpo se tensó de golpe, cómo se puso rígida en mis brazos, y yo no pude evitar sonreírme ante su reacción.
Ella se apartó un poco, todavía con la mente en blanco, se sentó bien y se quedó mirando su propio teléfono que tenía en la mano. Lo tomó, lo revisó y de pronto soltó una risa pequeña, pero con algo de amargura. Vi cómo se le escapaba una lágrima solitaria bajando por su mejilla, justo por el lado del moretón. Me quedé con la duda de si debía preguntar o no, pero antes de que pudiera decir nada, ella misma se secó la lágrima con la yema de los dedos, me miró fijamente y sacudió la cabeza con un gesto que decía “no te preocupes, no es nada”.
Poco después, Jovany detuvo la camioneta frente a un restaurante amplio y cómodo a un lado de la carretera. Bajamos todos. Yo me puse una sudadera negra que traía en mi mochila para protegerme del aire fresco de la tarde. Mientras caminábamos hacia la entrada, mi mente se fue hacia Jovany. Lo conocí en la universidad, cuando apenas empezaba a abrirme camino en el mundo de la música y el espectáculo. No sé bien cómo pasó, pero sin pedírselo siquiera, él me tendió una mano: me consiguió lugares para cantar, presentaciones, contactos que me ayudaron a ser quien soy hoy. Le debía mucho, aunque nunca lo decía en voz alta.
En ese momento, vi a Melissa hablando por teléfono afuera, un poco apartada. Su expresión era extraña, se veía tensa, y aquel moretón en su mejilla resaltaba más cuando hacía gestos de disgusto. Me acerqué a Jovany y le pregunté en voz baja, señalándola con la mirada:
—¿Sabes qué le pasó? ¿De dónde salió ese golpe en la cara?
Jovany siguió mi mirada y respondió con tranquilidad:
—No tengo ni idea, Ian. La vi el fin de semana pasado cuando fuimos a comer, y no tenía nada. Ahora apareció así de la nada.
Sonrió con naturalidad y yo también lo miré. La verdad es que no quería meterme en discusiones ni peleas por ninguna chica, nunca me había pasado. Pero ver cómo otros se acercaban a ella, cómo le hablaban con confianza, me revolvía las tripas. Fue entonces cuando tomé una decisión en silencio: Voy a intentar conquistarla. No solo para demostrarme a mí mismo que puedo tenerla, sino también para superar esa sensación de vacío que me quedó cuando no pude estar con otra persona antes. Con Melissa quiero ver si soy capaz de ganármela de verdad.
Ella terminó la llamada, guardó el teléfono y entró al restaurante con una sonrisa pequeña, una de esas que se nota que se obliga a hacer para ocultar lo que siente por dentro. Nos sentamos todos en una mesa amplia y cómoda, y enseguida nos entregaron las cartas. Nos quedamos mirando los menús, pero por dentro cada uno llevaba sus propios pensamientos y sus propias intenciones, mientras el viaje seguía y lo que vendría después empezaba a sentirse más cerca.