En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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El Guardián del Umbral
Un silencio sepulcral envolvió la vieja casa.
Los ojos carmesí brillaban en la oscuridad como dos brasas encendidas.
Akira sintió que el aire se volvía pesado, casi imposible de respirar.
Nunca había experimentado un miedo tan profundo.
No era el miedo a morir.
Era el miedo a estar frente a algo que no pertenece al mundo de los vivos.
La figura del padre de Hana permanecía inmóvil.
Su cuerpo temblaba.
Como si estuviera luchando contra una fuerza invisible que intentaba dominarlo.
Entonces, desde la oscuridad, una voz grave volvió a escucharse.
—Has esperado demasiado, Haruto...
Akira frunció el fruncido.
—¿Haruto?
Hana dio un paso al frente.
Las lágrimas aún corrían por sus mejillas.
—Es... el nombre de mi padre...
El hombre levantó lentamente la cabeza.
Por un instante, sus ojos recuperaron el color que alguna vez tuvieron.
Miró a Hana.
Sonrió débilmente.
—Lo... siento...
Pero la expresión de paz desapareció casi al instante.
Sus ojos se volvieron a oscurecerse.
El alma que intentaba emerger fue arrastrada nuevamente hacia las sombras.
Kuro dio un paso adelante.
—Déjalo ir.
La voz retumbó en toda la habitación.
La oscuridad parecía extrema.
Y poco a poco, una figura comenzó a salir de las sombras.
Era un hombre alto, vestido con un largo manto negro que parecía estar tejido con la propia noche.
Su cabello plateado caía hasta los hombros.
Su piel era tan pálida que parecía de porcelana.
Pero lo que más impresionaba eran sus ojos.
De un rojo intenso.
Como sangre bajo la luz de la luna.
No inspiraban maldad.
Inspiraban eternidad.
Hana retrocedió.
—¿Quién eres?
El desconocido sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Casi amable.
—Muchos me llaman de distintas formas.
Algunos dicen que soy la muerte.
Otros creen que soy un dios.
Pero mi verdadero nombre ya fue olvidado hace siglos.
Kuro bajó levemente la cabeza.
Un gesto de respeto que sorprendió a Akira.
—Guardaban del Umbral...
La figura inclinaba apenas la cabeza.
—Hace mucho que nadie pronunciaba ese título.
Akira dio un paso adelante.
—¿Qué quieres de nosotros?
El Guardián lo observó durante varios segundos.
Luego sonrió.
—Nada.
Solo vine a corregir un error.
Hana sintió un escalofrío.
—¿Qué error?
El Guardián se levantó lentamente una mano.
En el aire comenzaron a aparecer pequeñas partículas luminosas.
Como estrellas.
Esferas de recuerdos.
Decenas.
Cientos.
Millas.
Toda la habitación quedó iluminada.
—Las almas siguen un camino.
Naceno.
Viven.
Mueren.
Cruzan.
Ese es el orden.
Pero hace doce años...
Algo alteró ese equilibrio.
Una de las luces se acercó a Akira.
En cuanto la tocó...
Otro recuerdo apareció.
Más antiguo que todos los anteriores.
Muchísimo más antiguo.
No eran niños.
No estaban en aquella ciudad.
Vestían ropas antiguas.
Se encontraban frente a un enorme cerebro en flor.
Hana llevaba un kimono blanco.
Él sostenía una cinta roja.
Ambos reían.
La visión desapareció.
Akira cayó de rodillas.
Respiraba con dificultad.
—Eso... no puede ser...
Nunca había vivido aquello.
O al menos eso creía.
El Guardián lo vigila con calma.
-No.
En esta vida no.
El silencio volvió a llenar la habitación.
—¿Qué significa eso?
preguntó Akira.
—Significa que esta no es la primera vez que ustedes se encuentran.
Hana abrió los ojos de par en par.
—¿Qué?
El Guardián ampliando la mano.
Las luces comenzaron a girar alrededor de ambos.
Como un remolino de estrellas.
—Las almas destinadas a encontrarse nunca lo hacen una sola vez.
Vuelven.
Una y otra vez.
A través de distintas vidas.
Distintos nombres.
Distintas épocas.
Akira sintió que el corazón dejaba de latir.
—¿Estás diciendo que...?
-Si.
Tú y Hana se han amado antes.
Muchas veces.
El tiempo pareció detenerse.
Nadie habló.
Nadie respiró.
Solo el Guardián continuó.
—En algunas vidas envejecieron juntos.
En otras, la guerra los separó.
Una enfermedad.
Un incendio.
El océano.
Siempre existió algo que los alejaba.
Pero siempre volvieron a encontrarse.
Hana no podía dejar de llorar.
—Entonces...
¿Todo esto estaba destinado?
El Guardián negó lentamente.
-No.
El amor nunca está escrito.
Lo único escrito es el encuentro.
Lo que hagan después...
Siempre depende de ustedes.
Kuro permanecía en silencio.
Pero Akira notó algo extraño.
Su expresión era distinta.
Como si conociera aquella historia desde el principio.
—¿Tú ya lo sabías?
preguntó.
Kuro no respondió de inmediato.
Finalmente habló.
—Desde el primer día.
Akira sintió una mezcla de rabia y desconcierto.
—¿Y nunca pensaste decírmelo?
—No podía.
Los recuerdos debían regresar por sí solos.
De lo contrario...
Se rompería el vínculo entre sus almas.
El Guardián caminó lentamente hasta la ventana.
Miró el cielo nocturno.
—Pero esta vez es diferente.
Muy diferente.
Hana sintió un mal presentimiento.
—¿Por qué?
El Guardián cerró los ojos.
Y pronunció una frase que heló la sangre de todos.
—Porque esta será la última vida de ambos.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué... significa eso?
preguntó Akira.
El Guardián giró lentamente.
Sus ojos rojos brillaban con una profunda tristeza.
—Si vuelven a perderse...
Sus almas dejarán de reencontrarse para siempre.
No habrá otra oportunidad.
No habrá otra vida.
No habrá un nuevo comienzo.
Solo el olvido eterno.
En ese instante, el reloj detenido de la casa volvió a funcionar.
Táctil...
Táctil...
Táctil...
Marcaba nuevamente las siete de la tarde.
Pero esa vez...
Las agujas comenzaron a avanzar.
Por primera vez en doce años.
Y nadie comprendía si aquello era una señal de esperanza...
O el inicio de una cuenta regresiva.