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Volví quince años después y mis hijos me odian

Volví quince años después y mis hijos me odian

Status: En proceso
Popularitas:266
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Cap 4 — La alianza que nunca fue

Valentina Salazar Montero aterrizó en Ciudad Brisa un martes por la noche, tres días antes de lo previsto.

No avisó a nadie. No le dijo a su padre que venía. Tomó un taxi del aeropuerto directo a la Casona y entró con su propia llave.

Lo primero que vio fue a Don Refugio, que casi se le cae la bandeja de la sorpresa.

—¡Señorita Luna! No la esperábamos hasta...

—¿Dónde está? —dijo Valentina, dejando la maleta en medio del vestíbulo.

Don Refugio no necesitó preguntar de quién hablaba.

—La señora está arriba, descansando.

—¿"La señora"? —Valentina soltó una risa corta—. Así que ya le dicen señora.

Don Refugio no respondió. Valentina lo miró fijo.

—Cuco, tú me conoces desde que nací. Dime la verdad. ¿Quién es esa mujer?

—Es su madre, señorita. La señora Isabel. Es ella.

—Mi madre está muerta.

Lo dijo sin dudar. Como si fuera un hecho tan cierto como que el sol sale por el este.

—Señorita, yo la reconocí en cuanto la vi. Es ella. No ha cambiado nada.

—Cuco, la gente no desaparece quince años y vuelve igual. Eso no pasa.

—Lo sé, señorita. Pero pasó.

Valentina lo miró un momento. Luego negó con la cabeza.

—Esa mujer te engañó. A ti y a papá. Pero a mí no me va a engañar.

Don Refugio no insistió. Conocía a Valentina lo suficiente para saber que cuando se ponía así, no había argumento que la moviera. Era igualita a su padre.

Valentina subió las escaleras con paso firme. Iba a ir directo a la suite principal, pero se detuvo frente a la puerta del cuarto de Santiago.

Tocó tres veces.

—¿Qué? —La voz de Santiago sonó desde adentro.

—Soy yo. Abre.

Un silencio. Luego pasos. Santiago abrió la puerta en camiseta y pantalón de dormir, con cara de no haber dormido bien.

—¿Luna? ¿No volvías la semana que viene?

—Cambié el vuelo. —Entró sin pedir permiso y se sentó en su cama—. ¿Es verdad?

—¿Qué cosa?

—Que hay una mujer en la casa haciéndose pasar por mamá. La tía Carolina me llamó.

Santiago se apoyó en el marco de la puerta y se cruzó de brazos.

—No se está "haciendo pasar". Hice dos pruebas de ADN. Las dos salieron positivas.

Valentina lo miró como si le hubiera dicho que la tierra era plana.

—¿Y tú le crees? ¿Así de fácil?

—No dije que le creo. Dije que el ADN coincide.

—El ADN se puede falsificar.

—No con un 99.98%.

—¡Me da igual el porcentaje! —Valentina se puso de pie—. Mamá se murió en un avión hace quince años. La gente no resucita. Y si esa mujer se parece a ella, es porque alguien le pagó una cirugía. ¿No fue eso lo que pasó con las otras seis?

Santiago no respondió.

Valentina caminó por la habitación, furiosa.

—Necesitamos un plan. Hay que sacarla de aquí antes de que papá se vuelva loco. Ya sabes cómo es con el tema de mamá, pierde la cabeza.

—¿Y qué propones?

—Alianza. Tú, yo, y Sol. Los tres contra ella. No le hablamos, no comemos su comida, no la dejamos participar en nada. Si ve que los tres hijos la rechazan, se va a ir.

Santiago la miró un momento largo.

—No.

—¿No?

—No voy a seguir las reglas de mi hermana menor. Si quiero ignorarla, la ignoro solo. No necesito una alianza para eso.

—¡Santi, por favor! ¡Soy tu hermana!

—Exacto. Mi hermana menor. No mi jefa.

—¡Tengo diecisiete años, no soy una niña!

—Estás haciendo un berrinche a las once de la noche en mi cuarto. Eso es bastante de niña.

Valentina apretó los puños.

—Y antes de que sigas —dijo Santiago—, ya comí sus costillas. Tres veces.

Valentina abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

—¿Te comiste su comida? ¿En serio? ¡Llevamos ni una semana y ya te dobló!

—No me dobló nadie. Tenía hambre.

—¡Eso es exactamente lo que diría alguien que fue doblado!

Santiago se encogió de hombros y volvió a sentarse en su escritorio. Abrió su laptop como si la conversación hubiera terminado.

—Haz lo que quieras, Luna. Yo no me meto. Pero te advierto una cosa: esa mujer no es fácil de manejar. Papá ya intentó y perdió.

Valentina salió del cuarto dando un portazo. Sacó el teléfono y marcó el número de Sol.

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Cuatro timbrazos. Cinco. Seis.

—¿Qué? —La voz de Sol sonó ronca y lejana. Había ruido de fondo, como si estuviera afuera.

—Sol, soy Luna.

—Ya sé que eres tú. ¿Qué quieres?

—Hay una mujer en la casa que dice ser mamá. ¿Papá te dijo algo?

Silencio.

—Sol, ¿me estás escuchando?

—Sí, te estoy escuchando. Y no, no me dijo nada. ¿Qué tiene que ver conmigo?

—¡Que es tu mamá falsa también!

—Luna, estoy en medio de algo. No tengo tiempo para tus dramas.

—¡No es un drama! —Valentina apretó el teléfono con fuerza—. Es una estafadora que se metió en nuestra casa y papá le cree. Necesito que estés de mi lado. Alianza de hermanos. Los tres juntos contra ella.

Sol no dijo nada durante un momento.

—¿Qué gano yo?

—¿Cómo que qué ganas? ¡Es tu familia!

—Mi familia me mandó a un campamento de mierda donde nos dan de comer arroz con frijoles dos veces al día y nos despiertan a las cinco de la mañana. Perdona si no me siento muy solidario.

—Sol...

—Si esa mujer logra sacarme de aquí, me da igual si dice que es mamá, la reina de Inglaterra, o un extraterrestre. Le digo mamá, papá, lo que quiera. Le cocino, le lavo la ropa, lo que sea.

—¡Matías Salazar Montero, esto es serio!

—¿Sabes qué es serio? Que hoy me hicieron correr diez kilómetros antes del desayuno y el desayuno fue un plátano. Un plátano, Luna. Uno solo.

—Sol...

—Tengo que irme. El instructor ya está gritando. Si tu mamá falsa quiere venir a buscarme, dile que se apure.

La llamada se cortó.

Valentina se quedó mirando el teléfono con la boca abierta.

Santiago se había negado. Sol se había desconectado. Su gran alianza de hermanos había durado exactamente quince minutos.

Inútiles. Los dos son unos completos inútiles.

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A la mañana siguiente, Valentina bajó a la cocina preparada para la guerra. Se había puesto su mejor ropa, se había maquillado, y llevaba una expresión que habría asustado a un general.

Pero la cocina estaba vacía. Solo estaba Don Refugio, poniendo la mesa.

—¿Dónde están todos? —preguntó Valentina.

—El señor salió temprano a la oficina. El joven Santiago se fue a la universidad. Y la señora...

—No la llames señora.

Don Refugio suspiró.

—La señora Isabel fue al campamento de entrenamiento donde está el joven Sol. Salió a las seis de la mañana.

Valentina se quedó quieta.

—¿Fue a buscar a Sol?

—Sí, señorita. Ayer fue con el señor pero no los dejaron sacarlo. Algo de contratos y permisos. Hoy fue sola, con un abogado.

Valentina no dijo nada. Se sentó en la mesa y miró el plato que Don Refugio le había servido. Huevos revueltos, jugo de naranja, pan tostado.

—¿Esto lo hizo ella?

—Lo dejó preparado antes de irse, señorita. Dijo que usted iba a tener hambre cuando bajara. También dejó café hecho y fruta cortada en el refrigerador.

Valentina miró el plato. Los huevos tenían queso derretido encima y un poco de cilantro. Exactamente como a ella le gustaban.

—¿Cómo sabe que me gustan así?

—Le preguntó al joven Santiago anoche por teléfono, señorita.

Valentina apretó los labios.

—No me lo voy a comer.

—Como usted diga, señorita.

Don Refugio se fue a la cocina. Valentina se quedó sola en la mesa, mirando los huevos revueltos que se estaban enfriando.

Pasaron cinco minutos.

Diez.

Agarró el tenedor.

Solo porque tengo hambre. Y porque si los tiro es un desperdicio. Nada más.

Se comió todo el plato. Y se sirvió la fruta del refrigerador. Y se tomó el café.

No le dijo a nadie.

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Después del desayuno, Valentina recorrió la casa.

Todo había cambiado. No los muebles ni la decoración, sino la atmósfera. Antes de irse de intercambio, la Casona Salazar era una casa silenciosa donde nadie hablaba con nadie. Su padre entraba y se encerraba en el despacho. Santiago pasaba de largo sin saludar. Las empleadas del servicio caminaban en puntas de pie para no hacer ruido.

Ahora había flores frescas en la sala. El refrigerador estaba lleno de comida hecha en casa, no de los platillos congelados que pedía Don Refugio. El estudio olía a café recién hecho y había un álbum de fotos abierto sobre el escritorio.

Valentina se detuvo frente al álbum. Era viejo. Las fotos mostraban a una mujer joven con tres niños pequeños. Un niño serio que debía ser Santiago. Y dos bebés idénticos que solo se diferenciaban por un moño rosa en la cabeza de uno de ellos.

Esa soy yo. Y ese es Sol.

Cerró el álbum de golpe y salió del estudio.

Esa tarde, Isabel volvió de su viaje al campamento con cara de pocos amigos.

Valentina la vio llegar desde la ventana de su cuarto. La mujer se bajó del carro, habló un momento con el chofer, y entró a la casa.

Valentina se asomó al pasillo y escuchó su voz en el piso de abajo, hablando por teléfono.

—Emiliano, ese lugar es un horror. Los tienen durmiendo en literas de metal sin colchón. La comida es un asco. Vi a tres chicos con moretones en los brazos. Y el director es un imbécil con delirios de sargento que me dijo que "los chicos necesitan mano dura". —Pausa—. No, no me dejó sacarlo. Dice que hay un contrato firmado por ti y que necesita una orden judicial para romperlo. —Pausa—. Me da igual lo que diga el contrato. —Pausa más larga—. Pues consígueme esa orden, Emiliano. Consíguemela hoy. Llama al mejor abogado que tengas. Mi hijo no va a pasar una noche más en ese lugar.

¿"Mi hijo"?

Valentina apretó los labios.

¿Quién se cree para llamarlo "mi hijo"?

Pero una parte de ella, una parte muy pequeña que no quería reconocer, pensó otra cosa.

Nadie ha ido a ver a Sol en seis meses. Ni papá, ni yo, ni Santi. Yo ni siquiera sabía que las literas no tenían colchón.

Y esta mujer, que lleva cuatro días aquí, ya fue dos veces.

Valentina cerró la puerta de su cuarto y se sentó en la cama. Se quedó mirando una foto que tenía en la mesita de noche. Era vieja, arrugada en las esquinas. Una mujer joven cargando a dos bebés, uno en cada brazo. Sonriendo.

La mujer de la foto se veía exactamente igual a la mujer de abajo.

Exactamente igual.

Valentina puso la foto boca abajo y apagó la luz.

No estaba lista para pensar en eso.

Todavía no.

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