Bella Lombardi siempre supo que ser hija de un capo de la mafia tendría consecuencias. Lo que nunca imaginó fue que el precio de su libertad sería un matrimonio con el hombre más poderoso del país.
Ricardo Colombo, presidente reelegido y viudo desde hace años, necesita una esposa para silenciar un escándalo que amenaza con destruir su carrera política. Bella necesita escapar del yugo de su familia. La solución: un contrato frío, cuatro años de matrimonio fingido y la promesa de que ninguno de los dos cruzaría la línea.
Pero las reglas se rompen cuando los silencios se vuelven cómplices, las miradas empiezan a decir lo que las palabras callan, y un beso que debería haber sido actuación se convierte en el punto de no retorno.
Entre el deber y el deseo, entre el palacio presidencial y los secretos de la Cosa Nostra, Bella y Ricardo descubrirán que el amor no pide permiso — ni siquiera cuando hay un contrato de por medio.
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Capítulo 15 — La cobertura presidencial
Bella
Sigo al tal Guilhermo. Siento las miradas de todos sobre mí y escucho el murmullo que se esparce por los pasillos. Es extraño. Hace unos minutos yo era solo Bella. Ahora, para todos, soy la futura primera dama.
—Vuelvan al trabajo —ordena Guilhermo con firmeza.
Las conversaciones cesan de inmediato.
Entramos al elevador. Durante la subida, él me explica qué hay en cada piso del edificio y, por último, dice:
—La residencia presidencial está en la cobertura.
Cuando las puertas se abren, encuentro un enorme vestíbulo, silencioso y elegante. Guilhermo apoya el dedo en el lector biométrico, destrabando la primera puerta.
—Vamos a registrar su huella digital. En este piso, solo el presidente, usted y el jefe de seguridad tienen autorización para entrar, primera dama.
Esbozo una leve sonrisa.
—Puedes llamarme solo Bella.
Él me devuelve la sonrisa.
—Le queda mejor, señora... pero creo que voy a seguir llamándola primera dama.
Abre otra puerta.
La cobertura es enorme. Sofisticada, pero sin exageraciones. Todo parece pensado hasta el último detalle. Guilhermo me muestra cada ambiente con calma. La cocina, la sala de estar, el despacho, el gimnasio y la terraza... Por último, abre la puerta de la habitación.
Solo hay una.
El corazón se me aprieta por un instante.
Volvemos a la sala. Guilhermo abre un panel discreto en la pared y registra mi huella.
—Perfecto.
Cierra el panel y vuelve a encararme.
—Solo le pido que no salga hoy. Necesitamos armar un equipo de seguridad antes. A partir de ahora, su protección también es nuestra responsabilidad.
Asiento.
—No voy a salir.
—Gracias, primera dama. En un rato le traigo sus cosas.
Hace una breve reverencia y sale.
En cuanto la puerta se cierra, escucho el clic metálico de la cerradura digital.
Por primera vez desde que acepté aquel contrato, me doy cuenta de que estoy completamente sola.
Solo ahora dejo que las lágrimas que tanto contuve escapen.
Caen sin control. Las palabras de mi padre todavía resuenan dentro de mí, lastimando como si él siguiera frente a mí.
Me siento en el sofá y el llanto finalmente llega, doloroso, asfixiante. Me cubro el rostro con las manos, intentando ahogar los sollozos.
Es entonces cuando mi celular suena en el bolsillo de la chaqueta.
Mi madre.
El corazón se me aprieta.
Contesto la llamada y, solo con escuchar su voz del otro lado de la línea, empiezo a llorar todavía más.
—Ay, mi Bella... —murmura ella, con la voz quebrada—. ¿Qué hiciste, hija? ¿Fue por eso que te despediste de mí esta mañana?
Cierro los ojos con fuerza.
—Perdóname, mamá...
Mi voz sale entrecortada por el llanto.
—Solo quiero vivir... Quiero vivir lejos de esta vida.
—Quiero ser dueña de mi destino.
Del otro lado de la línea, mi madre respira hondo. Cuando vuelve a hablar, su voz está embargada.
—Lo eres, mi amor. Eres dueña de ti misma. Pero nunca te olvides de una cosa: no estás sola, Bella. Siempre vas a tener a tu madre y un lugar adonde volver. Si algo sale mal, voy a estar con los brazos abiertos para ti.
Las lágrimas siguen cayendo por mi rostro.
—Gracias, mamá...
Me quedo en silencio un instante antes de preguntar:
—¿Y Fiorela?
—Está castigada por haberte ayudado, Bella. Por acá las cosas están bastante complicadas.
Cierro los ojos, sintiendo la culpa apretarme el pecho.
—Entiendo...
Mi madre exhala despacio.
—Tengo que colgar ahora. Pero, pase lo que pase, llámame. A cualquier hora.
Aprieto el celular con más fuerza.
—Te llamo.
Antes de terminar la llamada, ella dice las palabras que yo más necesitaba escuchar.
—Te amo, Bella. Y estoy muy orgullosa de ti.
Cierro los ojos. Por primera vez en ese día, en medio de tanto dolor, siento que todavía existe alguien en el mundo que cree en mí.
Empiezo a explorar la casa.
Todo está impecablemente organizado y limpio. Cada detalle parece estar exactamente donde debería. Camino despacio, observando todo a mi alrededor.
Abro la heladera.
Está completamente abastecida. Tiene frutas, verduras, jugos, yogures, pastas, quesos... un poco de todo.
Mis ojos se detienen en unas botellas de cerveza.
Suelto una risita.
—¿Cerveza? Eso no combina para nada con el presidente.
Cierro la heladera todavía con una media sonrisa.
Algunas horas después, el clic de la cerradura digital al destrabarse llama mi atención.
Guilhermo entra acompañado de cuatro hombres, todos cargando innumerables bolsas de tiendas de diseñador.
Las dejan todas en la sala y se retiran en silencio.
Detrás de ellos entra una mujer uniformada.
—Primera dama, esta es Dolores. Ella va a organizar sus cosas en el vestidor.
Dolores curva los labios con cortesía.
—Es un placer conocerla, señora.
Guilhermo señala un paquete en la mano de Dolores.
—También le trajimos su almuerzo. Y le pido disculpas por cualquier inconveniente. Hoy mismo vamos a conseguir una gobernanta para la residencia.
Esbozo una leve sonrisa.
—No tienes que disculparte. Está todo bien.
Él hace un breve gesto con la cabeza.
—Con permiso.
En cuanto sale, tomo algunas bolsas.
—Vamos, Dolores. Te ayudo.
Ella parece sorprendida con el ofrecimiento, pero responde con gentileza.
Juntas, seguimos hacia la habitación llevando las innumerables bolsas que, de repente, hacían que esa cobertura pareciera un poco menos vacía.
Ricardo compró todo.
Ropa, zapatos, bolsos, accesorios, joyas, productos de higiene... hasta el perfume que suelo usar.
Me quedo contemplando todo, sin saber qué sentir.
¿Cómo descubrió el perfume que uso?
La pregunta cruza mi mente, pero enseguida la dejo de lado.
Son tantas cosas que apenas caben en el vestidor. Dolores organiza cada prenda con un cuidado impresionante, y cuando por fin terminamos, mi estómago ruge tan fuerte que me hace reír de vergüenza.
—Creo que ya es hora de almorzar.
Dolores esboza una sonrisa discreta.
Voy hacia la cocina, caliento la comida que Guilhermo trajo y como ahí mismo, sentada en la barra.
Cuando termino, Dolores se acerca.
—¿La señora necesita algo más?
Niego con la cabeza.
—No. Muchas gracias por la ayuda, Dolores.
—Fue un placer, señora.
Se despide y se va.
La noche ya cayó afuera. Las luces de la ciudad iluminan la cobertura a través de las enormes ventanas.
Recojo la basura, lavo los platos que usé y dejo la cocina exactamente como la encontré.
Después voy hacia la habitación.
Me doy un baño largo, dejando que el agua caliente alivie un poco el peso de ese día.
Cuando salgo, elijo un camisón discreto y elegante entre la ropa nueva que estaba en el vestidor.
Me acuesto en la cama enorme.
Mi cuerpo está agotado.
Mi mente todavía insiste en revivir todo lo que pasó desde la mañana, pero el cansancio es más fuerte.
No tardo mucho en quedarme dormida.