Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 6
Capítulo 6. El desfile
Los días siguientes en casa de los Reyes fueron una guerra fría.
Nadie le devolvió el dinero. En cambio, la familia entera cerró filas con una sola versión, repetida en la mesa, en el pasillo, por teléfono con las tías: los cien mil "habían sido un regalo", y Lucía, al cobrarlos, se había revelado como una hija ingrata y malagradecida.
Fue don Salvador, que casi nunca hablaba, quien puso la frase que más le dolió. La dijo desde el sillón, sin mirarla, con el peso de padre que en esa casa solo usaba para hundirla:
—Una hija de verdad no le cobra a sus padres. Nunca. Eso no se hace.
Lo repitió dos veces más esa semana, en distintas versiones, hasta convertirlo en verdad de tanto decirlo. Y la tía Mague, por teléfono, y la vecina del 4, y hasta el señor de la tienda, todos parecían enterados ya de que la hija de los Reyes había resultado una interesada que le cobraba a sus padres. En esa colonia las historias corrían más rápido que el agua, y siempre corrían cuesta abajo, hacia donde más lastimaban.
Lucía no contestó a ninguno. Se metió a su cuarto, se sentó en la cama, y en vez de rabia sintió una cosa más limpia y más triste: claridad.
Esta nunca fue mi casa, pensó. Fui la utilería. La que paga, cose y calla. El objeto que se usa y se guarda.
No lo pensó con drama. Lo pensó como quien por fin lee bien una etiqueta que llevaba años puesta al revés. Toda la vida había confundido ser útil con ser querida. Había creído que si pagaba bastante, si cosía bastante, si aguantaba bastante, en algún momento se ganaría un lugar en esa mesa. Pero uno no se gana a pulso lo que debería darse gratis. El cariño que hay que comprar no es cariño. Es renta. Y ella llevaba veinticinco años pagándola. Y en cuanto lo entendió, algo dejó de dolerle exactamente en el lugar en que había dolido siempre.
Esa noche, cuando la casa ya dormía, le vibró el celular.
Era la maestra Ofelia.
"Mija, ¿sigues despierta? Tengo dos noticias y las dos son buenas."
Lucía se incorporó en la oscuridad. Tecleó rápido.
"Dígame, maestra."
La primera noticia era un encargo. Una clienta importante quería un vestido de gala bordado a mano, y Ofelia había pensado en ella —en Lucía— para llevar el grueso del bordado. La segunda noticia le aceleró el corazón hasta las orejas: ese fin de semana, el Atelier Duarte participaría en un desfile, una exposición de alta costura, y Ofelia quería llevar una pieza bordada por Lucía. Su trabajo. Con su nombre detrás. En una pasarela de verdad.
"Habrá gente importante en el desfile, Lucía", escribió Ofelia. "Compradoras, diseñadores, gente con nombre. Lleva tu mejor pieza. Es tu oportunidad."
Lucía leyó el mensaje tres veces. Y por primera vez en toda esa semana horrible, sintió que el pecho se le llenaba de algo que no era rabia ni cansancio. Era otra cosa. Era la sensación, casi olvidada, de que su valor no estaba en esa sala donde la juzgaban. Estaba en sus manos. En una aguja. En un bordado que nadie de esta familia sabría hacer ni apreciar.
Se levantó sin encender la luz, sacó su carpeta de bocetos de debajo del colchón —ahí la guardaba, lejos de miradas que solo sabían decir "coser trapos"— y empezó a dibujar. Los dedos, que en la cena le habían temblado de coraje, ahora se movían firmes sobre el papel.
Dibujó un vestido largo, de línea limpia, con un bordado que le nacía en el hombro y le bajaba en diagonal hasta la cintura, como una enredadera de hilo y cuentas. En el centro del pecho, casi sin pensarlo, trazó una flor. Una gardenia. Su firma. La ponía en todas sus piezas importantes, escondida entre el bordado, para que solo quien mirara de cerca la encontrara. Era su manera de decir "esto lo hice yo", sin gritarlo.
Se quedó mirando el boceto un largo rato. Sí. Esa era la pieza que iba a llevar al desfile. La mejor que había hecho en su vida, porque por primera vez la estaba haciendo para ella y no para sobrevivir en esa casa.
Y entonces, del fondo del clóset, detrás de una caja de retazos, sacó lo que de verdad la hacía sentir capaz de irse: una tarjeta. Una cuenta de ahorros que nadie en esa casa sabía que existía. Peso por peso, encargo por encargo, la había ido llenando durante años con una sola idea en la cabeza, tan secreta que casi no se atrevía a nombrarla: el día que me vaya.
No era mucho. Pero era suyo. Ganado por ella, guardado por ella, escondido de todos. Era la prueba material de que no era ninguna utilería. Era una mujer con manos, con oficio y con un plan.
Hizo cuentas en la oscuridad, como llevaba semanas haciéndolas. Con lo de la tarjeta alcanzaba para el depósito de un cuarto modesto y para respirar un par de meses mientras entraban encargos. No para lujos. No para errores. Pero sí para irse. Y ese "sí para irse" valía más que todo el dinero que esta casa le había sacado en toda su vida.
Pensó en la clienta importante del encargo. Pensó en el desfile. Pensó que, si le salía bien, quizá Ofelia le pasara más trabajo por fuera, y con eso podría acelerar la mudanza. Cada hilván de ese vestido bordado era, sin que nadie lo supiera, un ladrillo del muro que estaba construyendo entre ella y esta sala.
Se recostó abrazando la carpeta de bocetos contra el pecho y, encima de todo, la tarjeta. Volvió a leer el mensaje de Ofelia en la pantalla, esa lucecita cálida en medio del cuarto oscuro.
"Habrá gente importante en el desfile, Lucía."
Sonrió en la penumbra. No tenía manera de saber que, entre toda esa "gente importante", habría un hombre que llevaba semanas soñando con la forma exacta de sus manos.