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Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:77
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

...Nina....

Me dolía todo. Los muslos, la cintura, los hombros. Tenía marcas en las muñecas que no recordaba cómo llegaron ahí. Bueno —sí recordaba. A pedazos. El uniforme. Los botones dorados bajo mis dedos. Su voz ronca contra mi cuello. Yo jalándolo de la corbata diciendo cosas que jamás habría dicho sobria.

Me senté en la cama y el dolor me subió por la columna como un latigazo.

—Mierda.

Santiago ya no estaba. La sábana de su lado estaba fría, doblada con esa precisión militar que me daba ganas de arrugarla por puro rencor. Me arrastré hasta el baño, me lavé la cara tres veces, me puse una camiseta larga y bajé a la cocina con la dignidad de alguien caminando sobre vidrio roto.

Santiago estaba sentado a la mesa. Desayunando. Leyendo su celular. Con esa calma de monasterio budista que tenía cuando el mundo se caía a pedazos.

—Buenos días —dijo sin levantar la vista.

—Buenos días —murmuré, sentándome en la silla más lejana.

No lo miré. No iba a mirarlo.

Mi teléfono vibró. WhatsApp. Santiago Reverte.

«Perdón.»

Levanté los ojos una fracción de segundo. Él seguía tecleando. Otro mensaje:

«¿Necesitas medicina? Para el dolor.»

Se me subió toda la sangre a la cara. Bloqueé la pantalla de un manotazo y puse el celular boca abajo. Él no dijo nada. Yo no dije nada.

Estiré la mano hacia la canasta del pan al mismo tiempo que él. Nuestros dedos se tocaron. Retiré la mano como si la canasta estuviera en llamas. Se me cayó el cuchillo de la mantequilla y el ruido del metal contra el plato sonó absurdamente fuerte.

Santiago agarró un pan y lo puso en mi plato sin decir una palabra. Doña Marta pasó por detrás tarareando algo y yo quise morirme.

Otro mensaje. Camila:

«NINA. NINA. NINA. Nos confirmaron el video promocional de LAN Express. HOY. Aeropuerto. Trae el equipo de luces y las dos cámaras. TE PASO BUSCANDO EN 40 MIN.»

Le respondí: «Yo voy para allá. Te veo en la entrada principal.»

Me levanté tan rápido que la silla chirrió.

—Tengo trabajo —le dije al refrigerador, porque no era capaz de decírselo a él.

...Nina....

Julián estaba afuera. Recostado contra su carro gris con los brazos cruzados, sonrisa fácil, lentes de sol, camisa de lino.

—Te llevo al aeropuerto. Me queda de paso.

—No es necesario...

—Dale, sube. —Abrió la puerta del copiloto y me extendió la mano para mi mochila.

Justo en ese momento, la puerta del garaje se abrió. El auto negro de Santiago salió despacio. Pude verlo a través del parabrisas: las manos sobre el volante, los ojos fijos en Julián sacándome la mochila del hombro. Los nudillos blancos. La mandíbula apretada. Esa expresión de alguien conteniendo algo volcánico detrás de los ojos.

Entonces ocurrió.

Un rugido de motor. Algo grande, algo pesado. Un Jeep negro —viejo, brutal, lleno de barro seco— apareció por la calle a una velocidad absurda y se estrelló directamente contra la parte trasera del carro de Julián.

CRACK.

Las luces traseras reventaron. El parachoques se hundió como papel de aluminio. La alarma empezó a aullar. Una vecina gritó desde un balcón. Yo me quedé congelada con un pie dentro del carro y otro afuera.

—¡¿QUÉ MIERDA?! —Julián salió disparado hacia atrás.

La puerta del Jeep se abrió con un chirrido metálico. Primero salió un brazo. Musculoso, bronceado, con un cigarrillo entre los dedos. Después el resto: un tipo enorme, rapado, con una camiseta negra demasiado ajustada y una sonrisa de absoluta, gloriosa, indiferencia.

Marcos Herrera.

Se recostó contra la puerta del Jeep, le dio una calada al cigarrillo, miró su propio parachoques —intacto, porque ese Jeep era un tanque— y levantó la mano hacia Santiago. Señal de OK. Pulgar e índice formando un círculo perfecto. Lento. Deliberado.

Santiago parpadeó.

—¡¿Estás loco?! —Julián caminó hacia Marcos con los puños cerrados—. ¡Mira lo que le hiciste a mi carro!

Marcos se rascó la nuca.

—Uy, hermano. Perdón. No te vi.

—¡¿QUE NO ME VISTE?! ¡Estaba estacionado!

—Sí, bueno. —Otra calada—. El sol me pegaba en los ojos. Tengo un problema de visión. Astigmatismo. Es crónico.

—¡Voy a llamar a la policía!

—Perfecto. —Marcos se encogió de hombros con calma zen—. Llamemos a la policía de tránsito. Yo encantado. Ni tú ni yo nos movemos de aquí hasta que lleguen. —Se sentó en el capó del Jeep y cruzó los brazos—. ¿Quieres café mientras esperamos?

Y sacó un termo de debajo del asiento. Un termo. Con café. Como si hubiera planificado un picnic post-choque.

Julián miró el termo. Después a mí. Después su carro destruido —la defensa colgaba torcida como un diente flojo.

Santiago salió de su auto. Caminó hacia mí con pasos largos y me agarró de los hombros.

—¿Estás bien? —Me recorrió con los ojos, la cara, los brazos, las manos—. ¿Te golpeaste?

—Estoy bien. No estaba dentro cuando...

—¿Segura?

—Segura.

Sus manos me apretaron los hombros una vez, con fuerza, como para confirmar que yo era sólida. Después se volteó hacia Julián.

—Yo la llevo.

—Yo iba a...

—Yo llevo a mi esposa. —La voz plana. Fría. Un muro de concreto—. Tú tienes un problema de tránsito que resolver.

Julián abrió la boca. La cerró. Marcos, desde el capó del Jeep, levantó el termo en un brindis silencioso.

Santiago me guió hacia su auto con la mano en mi espalda baja. Abrió la puerta. La cerró. Fue por mi mochila al piso junto al carro de Julián, la recogió, la puso en el maletero. Sin mirar a Julián.

Antes de arrancar, le sonó el celular. Marcos Herrera:

«¿Le pegué al tipo correcto?»

Santiago levantó los ojos hacia el Jeep. Marcos seguía en el capó, fumando, despidiéndose con los dedos. Otro mensaje:

«¡Hermano, yo te cubro! 😎 Mueve ese culo y llévate a tu mujer antes de que el imbécil se desocupe.»

Algo le tembló en la comisura del labio y arrancó.

...Nina....

Camila esperaba en la esquina del bulevar con tres bolsas de equipo y cara de estrés puro.

—¡Al fin! —Abrió la puerta trasera—. ¿Por qué tardaste tant...? —Se detuvo al ver quién manejaba—. Ah.

Santiago se bajó y acomodó las cosas. Vi lo que hizo. Vi exactamente lo que hizo. Puso las tres bolsas en el asiento trasero, junto a Camila. El trípode. La bolsa de luces. La maleta de lentes. Todo al lado de ella.

—Perdón —le dijo con cortesía impecable—. Es que el equipo se puede dañar en el maletero con los baches.

Camila me miró desde atrás, aplastada entre un softbox y un trípode, con los ojos enormes detrás de sus lentes. Yo no tenía dónde sentarme más que adelante.

Camila me mandó un mensaje:

«Este hombre acaba de hacer ingeniería logística para sentarte a su lado. Lo sabes, ¿verdad?»

No respondí. Me acomodé el cinturón con la concentración de alguien desactivando una bomba.

En el aeropuerto, Camila intentó cargar una bolsa. Santiago se la quitó de las manos y se colgó las tres. Una en cada hombro, otra cruzada al pecho. Caminamos detrás de él como dos turistas siguiendo a un guía que casualmente parecía modelo de equipaje táctico.

—Nina —susurró Camila—. Tu esposo está cargando cuarenta kilos sin sudar. Quiero que sepas que estoy tomando notas mentales para mis estándares futuros.

—Cállate.

Nos dejó en la zona de producción, bajó las bolsas en orden y se enderezó.

—¿A qué hora terminas?

—No sé. Como a las...

—Te escribo.

Se fue. Camila me agarró del brazo.

—¿Qué fue eso?

—¿Qué fue qué?

—Todo. ¿Qué fue todo?

No contesté porque en ese momento la vi. Regina. Caminaba por el pasillo lateral en su uniforme de azafata —falda azul marino, pañuelo al cuello, tacones repicando contra el piso. Se detuvo al ver a Santiago. Le sonrió. Dio un paso hacia él.

Santiago pasó de largo sin girar la cabeza. Regina se quedó ahí con la sonrisa congelada.

Pero yo no estaba mirando a Regina. Estaba mirando el uniforme. La falda impecable. Las alas doradas en la solapa. Los tacones.

Algo se me apretó en el pecho. Yo quise eso una vez. Tenía diecisiete años y recortaba fotos de aviones en mi cuaderno. Pero después Julián entró a Comunicación y yo lo seguí como una idiota, convencida de que el amor era más importante que cualquier sueño propio.

Levanté la vista. Un avión despegaba. La panza plateada brillaba contra el cielo azul y se perdía entre las nubes.

«Algún día», pensé. Y no supe si era una promesa o una despedida.

...Santi....

El uniforme ya lo traía puesto desde casa. En la oficina de pilotos solo tuve que ajustarme los gemelos y cambiarme los zapatos.

Héctor, mi copiloto, entró y me miró de arriba abajo.

—¿Viniste de uniforme desde tu casa? Tú siempre te cambias aquí.

Me alisé la solapa.

—Mi esposa lo quiso.

Silencio. Héctor me miró. Diego, el ingeniero de vuelo, levantó la cabeza del formulario. Fernanda, la despachadora, se quedó con el café a medio camino de la boca.

—¿Tu... esposa? —Héctor parpadeó—. ¿Desde cuándo tú tienes esposa?

—Desde hace un tiempo.

—¿Y te pidió que vinieras de uniforme?

No contesté. Me puse el reloj. Diego carraspeó:

—Reverte, acabas de decir más palabras sobre tu vida personal que en los últimos tres años combinados.

Salí de la oficina.

En el pasillo, vi a Nina a lo lejos. Estaba al lado de Camila montando una cámara, pero no estaba trabajando. Estaba mirando las ventanas. Mirando el cielo con esa expresión que le conocía —la de alguien que dejó algo allá arriba y no sabe cómo recuperarlo.

Me detuve. Miré el mismo cielo. Un avión cruzó la pista y la luz del sol le pegó en las alas y por un segundo todo fue blanco.

«Tú me pusiste aquí arriba. Tú dijiste que el cielo era hermoso y yo no paré hasta aprender a tocarlo.»

Me vibró el teléfono. Marcos:

«El tipo del carro ya se fue. La policía me hizo firmar un acta. Le dije que tengo un abogado. No tengo abogado. ¿Tú tienes abogado? No importa. Valió la pena. La cara que puso cuando le dije que teníamos que esperar JUNTOS fue arte contemporáneo, hermano. ARTE.»

Volví a mirar a Nina. Camila le estaba diciendo algo y Nina se reía —esa risa corta, con los ojos cerrados, que le salía cuando algo le daba vergüenza.

Alguien le había dicho lo que yo dije. Lo supe porque giró la cabeza y me buscó con los ojos a través de todo el pasillo de la terminal.

Me encontró. Se puso roja desde el cuello hasta las orejas. Camila a su lado tenía la boca abierta.

Yo le sostuve la mirada.

«Mi esposa lo quiso.» Y no era mentira.

Nina desvió los ojos. Se mordió el labio. Se concentró en la cámara como si el lente necesitara cirugía de precisión. Pero vi algo —un segundo, medio segundo— antes de que apartara la vista: algo que se parecía demasiado a una sonrisa.

Me di la vuelta y caminé hacia la sala de briefing. A mitad del pasillo sentí una presión entre los omóplatos. Ese hormigueo animal que te avisa cuando alguien te observa desde un punto que no puedes ver. Giré la cabeza. Pasajeros. Personal de tierra. Una familia con maletas.

Nada. Seguí caminando.

...Nina....

—¿Escuchaste lo que dijo? —Camila estaba histérica—. Fernanda me lo contó. Le preguntaron por qué andaba de uniforme y dijo "mi esposa lo quiso". ASÍ. Con la cara de piedra. Delante de todo el mundo.

—Ya, Camila.

—"Mi esposa lo quiso." NINA. Yo llevo veintisiete años soltera. Veintisiete. Y este hombre dice eso como si fuera la hora del clima. Me voy a morir sola con mis gatos.

—No tienes gatos.

—¡VOY A COMPRAR GATOS PARA MORIRME CON ELLOS!

Le puse la tapa al lente para no tener que mirarla.

Mi esposa lo quiso.

Algo cálido se movió en mi pecho. Algo que no tenía nombre todavía. Algo que empujaba desde adentro como una planta buscando luz. Lo aplasté. Lo empujé hacia abajo.

Pero mis manos temblaban.

Mientras guardábamos el equipo, sentí un escalofrío. Me volteé hacia la terminal —el flujo normal de pasajeros, una señora con un cochecito, empleados de aerolínea. Una sombra al fondo del pasillo se movió. ¿O me lo imaginé? Parpadeé. Ya no había nada.

«Estás paranoica», me dije.

Camila me jaló del brazo para irnos. En el carro de vuelta, mientras hablaba de la edición, abrí el chat con Julián. Su último mensaje: la invitación a la reunión de exalumnos. Viernes. Preparatoria.

Las bufandas. La persona que me protegió. La que me dejaba notas en francés. La que Julián juró ser —pero que no sabía atar una bufanda. Que no reconoció la tela. Que no hablaba francés.

Tecleé: «Cuenta conmigo para la reunión.»

Miré por la ventana. El aeropuerto se alejaba y el cielo seguía ahí, enorme, lleno de aviones que iban a lugares donde yo nunca llegué.

Y en algún lugar de esa terminal, Santiago Reverte se ponía un uniforme de capitán porque yo, borracha, se lo pedí. Y lo decía en voz alta. Delante de todos. Como si fuera lo más normal del mundo.

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