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Capítulo 1
Capítulo 1: Desperté en el Infierno
El olor me golpeó antes que la luz.
Un olor químico y dulzón se me pegaba a la garganta. Desinfectante de clínica mezclado con algo más fuerte, algo que no conseguía identificar.
Intenté abrir los ojos. Los párpados me pesaban como si alguien les hubiera cosido piedras.
Piensa, Valentina. Piensa.
El suelo estaba frío bajo mis muslos. Concreto. Áspero. Y debajo de mis dedos, algo crujió: una astilla larga y delgada. La acaricié sin pensarlo, y la memoria muscular hizo el resto. Madera de pernambuco. Crin de caballo deshilachada.
Un arco de violonchelo. Roto.
Abrí los ojos.
La oscuridad no era total. Una luz verdosa, enferma, se filtraba por un tragaluz cubierto de suciedad. Paredes de concreto sin pintar. Atriles volcados. Un piano vertical con las teclas amarillentas, como dientes podridos.
Un salón de ensayo. Abandonado.
Y frente a mí, el punto rojo de una cámara encendida.
—Ya era hora, princesa.
La voz me atravesó el cráneo como un alfiler caliente. Quise girar la cabeza, pero el cuello me respondió con una punzada que me arrancó un quejido.
—¿Qué...?
—Cuidado. Te dimos un sedante potente. Si te levantas de golpe, vas a vomitar.
Los pasos se acercaron. Tacones baratos contra el concreto — ese clic-clac hueco que delata las suelas de plástico. Una silueta se agachó frente a mí. Pelo oscuro recogido en una cola tirante. Mandíbula cuadrada. Ojos grandes, inteligentes, llenos de algo que tardé un segundo en identificar.
Satisfacción.
—¿No me reconoces? —dijo, ladeando la cabeza como un pájaro que estudia un insecto—. Normal. Yo a ti sí te conozco, Valentina Montiel. Te conozco muy bien.
El nombre me sacudió. Pero no tanto como la cara.
Lorena Zárate.
La conocía. Claro que la conocía. Lorena era... Lorena estaba en...
El pensamiento se deshizo como humo. Mi cabeza era un desastre de imágenes rotas: un escenario, un vestido de seda, aplausos, y después nada. Un hueco negro entre el champán y este suelo.
—¿Qué me diste? —Mi voz salió rasposa, de lija—. ¿Qué demonios me diste?
Lorena sonrió.
—Lo mismo que a él.
Señaló hacia la esquina.
Al principio pensé que era un bulto de ropa. Una chaqueta tirada contra la pared, tal vez un saco.
Pero los bultos de ropa no respiran.
Estaba acurrucado contra la esquina, con las rodillas pegadas al pecho y la frente hundida entre los brazos. Temblaba. No un temblor pequeño — temblaba con todo el cuerpo, como si algo dentro de él estuviera tratando de salir. El sudor le oscurecía la espalda de la camiseta blanca, pegándosela a los músculos de los hombros.
Hombros anchos. Espalda larga. Brazos fibrosos, de alguien que ha pasado miles de horas lanzando su cuerpo contra una pelota a doscientos kilómetros por hora.
Levantó la cabeza.
Y el mundo se detuvo.
Ojos oscuros. Hundidos. Fríos como el fondo de un pozo en enero. Mandíbula apretada tan fuerte que los tendones del cuello se le marcaban como cuerdas de acero. Tenía un corte en el labio inferior — sangre seca, reciente — y el pelo negro le caía sobre la frente empapada.
Lo miré.
Me miró.
Y algo dentro de mi pecho se rompió con un sonido que solo yo pude escuchar.
Renato Solís.
Conocía ese rostro. En la vida que ya había vivido, aquel hombre había sido mi esposo.
Mi esposo.
No. Eso era imposible.
El Renato que yo recordaba era mayor, poderoso y temido. El joven acurrucado frente a mí tenía veintidós años, todavía estaba en la universidad y todavía jugaba tenis. Y yo... yo también era más joven.
Miré mis manos.
Jóvenes. Sin la cicatriz que me cruzaba la palma izquierda de lado a lado, esa línea blanca y gruesa que me robó los arpegios para siempre.
Piel suave. Uñas perfectas, cortadas en forma de almendra con esmalte de manicura. Muñecas delgadas. Dedos de diecinueve años.
Diecinueve.
Diecinueve.
El vértigo me golpeó como un tren.
Las imágenes vinieron todas juntas, sin orden, sin piedad: mi hermano Santiago sonriéndome desde la puerta de un avión privado —adiós, Val, nos vemos el jueves—, las noticias mostrando columnas de humo en la sierra, el ataúd que pesaba menos de lo que debería porque no encontraron todo. Después, la mano. El accidente. Los médicos diciendo "la movilidad no se va a recuperar". Y después... después la caída. Los Montiel desmoronándose. Las cuentas congeladas. Las amigas que dejaron de contestar el teléfono.
Y después, él.
Renato.
Renato Solís, ya no el hijo del asesino, ya no el chico al que le destrozamos la carrera, ya no un don nadie. Renato Solís, dueño de medio Ciudad Lirial, sentado detrás de un escritorio de caoba con un documento en la mano y una sonrisa que cortaba.
"Lee."
"No voy a..."
"Lee, Valentina. En voz alta. Cada palabra."
La absolución de su padre. Ernesto Solís, inocente. Siempre fue inocente. Y yo lo supe. Lo supe y no dije nada y dejé que el mundo lo aplastara porque era más fácil, porque era más cómodo, porque los Montiel no se mezclan con la basura.
Recordé sus manos en mis muñecas. Las esposas frías. Su boca en mi cuello, furiosa, hambrienta, castigándome por todo lo que le hice mientras me deshacía entre sus brazos. Lo odié. Lo amé. Lo odié por hacerme amarlo.
Y ahora estaba aquí. Acurrucado en una esquina. Temblando. Con veintidós años y los ojos de alguien que ya había aprendido que el mundo no tiene fondo.
Había vuelto siete años al pasado.
El pensamiento fue claro, nítido, como una nota de violonchelo afinada en la oscuridad.
Había vuelto al principio. Y esta vez no iba a quedarme callada.
—¿Qué le hiciste? —le dije a Lorena.
Mi voz sonó diferente. Más firme de lo que esperaba. Más firme de lo que merecía una chica de diecinueve años drogada en el suelo de un salón abandonado.
Lorena arqueó una ceja.
—Le di lo mismo que a ti. Solo que un poquito más. Bastante más, de hecho.
—¿Cuánto más?
—Lo suficiente para que haga lo que tiene que hacer.
Caminó hacia la cámara y la acomodó sobre un atril volcado, ajustando el ángulo hasta que nos encuadró a los dos. A mí, tirada en el suelo con un vestido de gala negro que no recordaba haberme puesto. A él, destruyéndose contra la pared.
—¿Sabes quién es? —dijo Lorena, sin mirarme—. Claro que sabes. Toda Ciudad Lirial lo sabe. Es el hijo de Ernesto Solís. El asesino. El que mató a esa familia en el Barrio del Valle.
—Fue absuelto —dije, antes de poder detenerme.
Lorena se detuvo. Me miró.
—¿Qué dijiste?
Mierda.
La absolución no pasaría hasta dentro de cuatro años. En este momento, en esta línea de tiempo, Ernesto Solís seguía pudriéndose en una celda y todo el mundo lo creía culpable.
—Nada —dije—. No dije nada. Me duele la cabeza.
Lorena me estudió un momento más. Después sacudió la mano, descartándome.
—Como sea. El punto es que tu hermana murió en un secuestro. ¿O ya se te olvidó? Catalina Montiel, diecinueve años, tres meses en cautiverio. Muerta por sus captores. Y este —señaló a Renato con el mentón— es hijo de un criminal. La misma calaña. La misma sangre podrida.
Cada palabra era un anzuelo. Lorena quería que yo lo odiara. Que lo mirara con asco. Que le tuviera miedo.
Lo miré.
Renato había levantado la cabeza otra vez. Me observaba con esos ojos de pozo — oscuros, vacíos, listos para el golpe. Esperando que yo reaccionara como todos. Que retrocediera. Que gritara.
Le sostuve la mirada.
No voy a hacerte daño, pensé. Ya no. Nunca más.
Me levanté.
Las piernas me temblaban. El vestido se me enredó entre los tobillos y tuve que agarrarme de un atril para no caerme. La cabeza me pulsaba con cada latido, y la boca me sabía a metal y a algo amargo que no quería identificar.
Pero me levanté.
Y caminé hacia Renato.
—No te acerques.
Su voz era un animal herido. Grave, rasposa, empujada entre dientes apretados. Tenía los nudillos blancos de apretar los puños, y las venas de los antebrazos se le marcaban como ríos en un mapa.
—Estás temblando —le dije.
—No te acerques, Montiel.
Me arrodillé frente a él. El concreto me lastimó las rodillas a través de la tela. No me importó.
De cerca, podía ver el daño. Pupilas dilatadas hasta casi tragarse el iris. Sudor frío en las sienes. Un temblor fino, constante, que le recorría los hombros como una corriente eléctrica. Le habían dado algo fuerte — más fuerte que a mí. Mucho más fuerte. El cuerpo le estaba gritando cosas que su voluntad se negaba a obedecer.
—Oye —le dije, bajando la voz—. Mírame. ¿Puedes escucharme?
—Aléjate. —Cerró los ojos. Un músculo le brincó en la mandíbula—. Aléjate de mí antes de que...
—¿Antes de que qué?
No contestó. Giró la cabeza hacia la pared como si quisiera atravesarla con la frente.
Levanté la mano y le toqué el hombro.
Renato reaccionó como si lo hubiera quemado. Me agarró la muñeca — sus dedos eran de hierro, brutales, y por un segundo vi algo fiero y descontrolado cruzarle la cara. Algo que luchaba por salir.
Y después lo aplastó.
Me soltó. Me empujó hacia atrás con tanta fuerza que caí sentada.
—¡No me toques! —La voz le salió rota. Gutural—. ¿No entiendes? No me toques. No puedo... no puedo controlarlo si me tocas.
Desde su rincón, Lorena aplaudió tres veces. Lento. Sarcástico.
—Qué escena tan linda.
—Ya basta de teatro —dijo Lorena, caminando hacia nosotros con algo en la mano.
Un frasco pequeño de vidrio ámbar. Dentro había un líquido transparente.
—Esto es un sedante —dijo, sosteniéndolo frente a Renato como quien le muestra un hueso a un perro—. Con esto se te quita todo. El temblor, el calor, las ganas. Todo. Una inyección y quedas como nuevo.
Renato la miró desde el suelo. Los ojos le brillaban con algo animal, desesperado. El cuerpo le estaba pidiendo a gritos que tomara ese frasco.
—Solo tienes que hacer una cosa —continuó Lorena. Su voz se había vuelto suave, casi maternal. Era la peor voz que le había escuchado—. Una cosita. Nada del otro mundo. Ella ni se va a enterar. —Me señaló—. Le di suficiente sedante para que mañana no recuerde nada. Solo tienes que... bueno. Tú sabes.
Me agarré el vestido con los puños.
—Lo que necesito es que sea en cámara —siguió Lorena, ajustándose un mechón detrás de la oreja—. Lo demás me da igual. Puedes ser rápido. Puedes ser lento. Pero tiene que ser en cámara.
El silencio que siguió fue tan denso que podía mascarse.
Renato miró el frasco. Miró la cámara. Me miró a mí.
Y dijo:
—No.
Una sola sílaba. Limpia. Sin drama. Sin titubeo.
Lorena parpadeó.
—¿No?
—No.
—¿Entiendes lo que te estoy diciendo? Esa cosa que te di va a empeorar. En una hora vas a estar retorciéndote en el piso como un gusano. Vas a sentir que te hierve la sangre. Vas a...
—Entonces me voy a retorcer en el piso.
Lo dijo mirándola a los ojos. Temblando. Con el sudor corriéndole por las sienes y las manos hechas puños tan apretados que los nudillos se le pusieron amarillos.
—Estás loco —dijo Lorena—. Estás completamente loco.
—Probablemente.
Se me cerró la garganta. Porque lo recordaba — recordaba esta escena, pero desde otro ángulo. En mi vida anterior yo estaba inconsciente durante todo esto. Nunca supe lo que Renato hizo por mí esa noche. Me enteré años después, por un informe policial que leí de casualidad en el escritorio de Santiago. Y aun así no hice nada. No dije nada. Dejé que lo acusaran. Dejé que lo destruyeran.
Esta vez no.