A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 14
Capítulo 14: Rastrear a un depredador
Sabía dónde encontrarlo porque en otra vida aprendí a rastrear a los depredadores.
Kevin Ramos operaba siempre igual: hacía el trabajo sucio y luego se quedaba cerca para ver el resultado, como un piromaníaco que se queda a mirar el fuego. Era parte de su placer. No solo causar el daño, sino presenciar las consecuencias.
El callejón detrás del edificio deportivo era su zona. Lo había sido en la vida anterior —un punto ciego de las cámaras de seguridad que la escuela nunca tuvo, un rincón donde los fumadores se escondían y donde los problemas se resolvían a puños— y lo era ahora.
Lo encontré recargado contra la pared de ladrillo, con tres tipos a su alrededor. Eran mayores —no estudiaban aquí, probablemente venían de la técnica del otro lado de la ciudad— y tenían esa actitud de "somos intocables" que solo funciona con gente que les tiene miedo.
Kevin Ramos era exactamente como lo recordaba: ancho de hombros, mandíbula cuadrada, con una cicatriz vieja en la ceja izquierda que le daba un aire de peleador callejero. Tenía diecinueve años pero aparentaba veinticinco, que era parte de la razón por la que intimidaba a adolescentes de preparatoria con tanta facilidad.
Al verme llegar, sonrió.
—Miren —dijo, señalándome con la barbilla—. La princesita vino sola.
Sus tres secuaces se rieron. La risa fue corta, seca, ensayada. El tipo de risa que sale cuando el jefe se ríe y tú sabes que conviene reírte también.
Me detuve a tres metros de distancia. Los miré. Uno por uno. Kevin, el más grande, recargado contra la pared. El de la derecha, flaco, con una gorra torcida. El de la izquierda, moreno, con los brazos cruzados. El tercero, detrás de Kevin, masticando algo.
Cuatro contra una. En un callejón sin cámaras. Con las manos todavía manchadas de la sangre de Isabela.
Estúpido, habría pensado la Solana de diecisiete años.
Necesario, pensó la de veintisiete.
—Tú pusiste las agujas —dije. No fue una pregunta.
Kevin levantó las cejas con una sorpresa tan falsa que insultaba la inteligencia.
—¿Agujas? No sé de qué hablas, princesa. ¿Se te perdió algo?
—Las agujas en la colchoneta de salto de altura. Mi amiga tiene la espalda perforada. Y los dos sabemos quién te mandó.
La sonrisa de Kevin se amplió. No negó. No confirmó. Simplemente dejó que la sonrisa hablara por él, porque la gente como Kevin Ramos disfruta el momento en que su víctima sabe la verdad pero no puede hacer nada al respecto.
—Mira, niña. —Dio un paso hacia mí. Ahora estábamos a dos metros—. No sé quién eres ni me importa. Pero si vienes a acusarme de algo, más te vale tener pruebas. Y si no las tienes, más te vale darte la vuelta y caminar antes de que esto se ponga feo.
—¿Feo para quién? —pregunté.
Se rio. Sus secuaces se rieron.
En la vida anterior, Kevin Ramos me acorraló en un estacionamiento de la universidad. Tenía veintiún años, era más grande, más fuerte, más peligroso. Y yo tenía veintitrés, estaba sola, y no sabía pelear.
Ahora tenía diecisiete por fuera y veintisiete por dentro. Seguía sin saber pelear, técnicamente. Pero sabía algo más valioso: sabía que los matones se alimentan del miedo. Les das miedo, crecen. Les quitas el miedo, se achican.
Kevin Ramos no esperaba que yo avanzara.
Pero avancé.
Un paso. Dos. Hasta quedar a medio metro de su cara.
Y le crucé la cara con una bofetada.
El sonido fue obsceno. Carne contra carne, seco, resonante, como un aplauso dado con una sola mano. La cabeza de Kevin giró hacia la derecha por el impacto. El rojo de mis dedos le quedó marcado en la mejilla como una firma.
El callejón se calló.
Kevin me miró. La sorpresa en sus ojos fue genuina, no la actuada de antes, sino la real, la de alguien que acaba de recibir algo que no contemplaba en ninguno de sus escenarios. Una chica de preparatoria, sola, desarmada, le acababa de dar una bofetada en la cara frente a sus tres amigos.
—Esa es por Isabela —dije.
Le di otra.
La segunda fue más fuerte que la primera. Mi palma conectó con su mejilla izquierda con la fuerza de una mujer que ha pasado diez años de su vida aguantando cosas que no debía aguantar y que decidió que esta vez no iba a aguantar nada.
—Esa es por las agujas.
La tercera.
—Y esa es para que te quede claro que si vuelves a tocar a alguien de mi escuela, lo que viene después no va a ser una bofetada.
Kevin se tocó la mejilla. Tenía los ojos inyectados de una mezcla de rabia e incredulidad. Sus secuaces no se movían, no porque no quisieran sino porque no podían procesar lo que acababa de pasar.
—¿Estás loca? —dijo, con la voz ronca.
—Probablemente.
—¿Sabes lo que te voy a hacer?
—Sé lo que crees que me vas a hacer. Y te aseguro que no vale la pena.
Algo cambió en sus ojos. La rabia se endureció. Se convirtió en algo más frío, más calculado. Kevin Ramos era un matón, sí, pero no era tonto. Sabía que pegarle a una chica de preparatoria frente a testigos, aunque fueran sus propios amigos, tenía consecuencias que ni Fernanda Prado podía comprar.
Pero el orgullo puede más que la lógica.
—Agárrenla —dijo.
El de la gorra y el de los brazos cruzados avanzaron. Uno me tomó del brazo derecho, el otro del izquierdo. El agarre fue brusco, fuerte, de manos que saben inmovilizar.
Kevin se acercó. Me puso la mano en la barbilla y me levantó la cara con los dedos.
—Escucha bien, princesa. —Su aliento olía a cigarro y a chicle de menta, una combinación que me revolvió el estómago—. A mí nadie me pega. Mucho menos una mocosa que cree que por ser bonita puede hacer lo que quiera.
Me soltó la barbilla. Y me empujó.
El empujón fue suficiente para que perdiera el equilibrio. Los dos que me sujetaban me soltaron al mismo tiempo, y caí de espaldas sobre el asfalto del callejón. Mi nariz golpeó contra algo —el borde de un escalón, quizás, o una piedra suelta— y sentí la punzada aguda del impacto seguida de un calor húmedo que me bajó por el labio.
Sangre. Mi sangre. Brotando de la nariz como una llave abierta.
Me senté en el asfalto. Me toqué la nariz. Los dedos salieron rojos.
Kevin me miraba desde arriba, con los brazos cruzados y una expresión que intentaba ser de triunfo pero que, debajo de la máscara, era de inseguridad. Porque yo no estaba llorando. No estaba gritando. No estaba suplicando.
Lo estaba mirando a los ojos.
Desde el piso, con sangre en la cara y las rodillas raspadas, lo miré directamente a los ojos con una calma que no le pertenecía a una chica de diecisiete años sino a una mujer que había perdido cosas peores que un poco de sangre.
—¿Ya terminaste? —pregunté.
La pregunta lo descolocó. Lo vi en la forma en que su mandíbula se apretó, en cómo sus ojos parpadearon una vez de más. No estaba acostumbrado a que sus víctimas le preguntaran si ya había terminado. Estaba acostumbrado al llanto, al miedo, a la sumisión.
Yo no tenía ninguna de las tres cosas.
—Estás loca —repitió, pero esta vez sonó menos como un insulto y más como una constatación genuina.
—Ya me lo han dicho.
Se oyeron pasos. Rápidos. Urgentes. Resonando en el asfalto del callejón con la cadencia de alguien que corre sin importarle quién lo vea.
Kevin giró la cabeza.
Lisandro apareció en la boca del callejón.
Jadeando. Con la respiración entrecortada y las venas del cuello marcadas. Los lentes torcidos por la carrera. Los puños cerrados tan fuerte que los nudillos estaban blancos.
Y sus ojos.
Los ojos de Lisandro Sotomayor, que normalmente eran un pozo de calma gélida, eran otra cosa en ese momento. Eran algo que yo nunca había visto, ni a los diecisiete ni a los veintisiete, ni en esta vida ni en la otra. Eran los ojos de alguien que está a un latido de distancia de hacer algo irreversible.
Vio la sangre en mi cara.
Y algo se rompió en él.
No con ruido. Con silencio. El tipo de silencio que precede a los terremotos.
Kevin lo miró. Lo midió. Lisandro era más alto pero más delgado, y Kevin tenía tres amigos. La matemática estaba de su lado.
Pero la matemática no contempla lo que pasa cuando un chico que ha contenido diecisiete años de rabia, dolor y miedo ve sangre en la cara de la única persona que le importa en el mundo.
—Sotomayor —dije, levantándome del piso—. Estoy bien.
No me miró. No me escuchó. Sus ojos estaban fijos en Kevin con una intensidad que hacía que el aire del callejón se sintiera más denso.
—Vámonos —dije, más fuerte—. Lisandro. Vámonos.
Usé su nombre. Su nombre completo. No "primer lugar", no "vecino". Su nombre.
Funcionó.
Giró la cabeza hacia mí. Me miró. La sangre en mi nariz. Las rodillas raspadas. Las manos sucias.
Y entonces me tomó del brazo.
No con fuerza. No con violencia. Con la presión justa de quien agarra algo que tiene miedo de que se rompa. Me giró hacia la salida del callejón y empezó a caminar, llevándome con él, sin decir una palabra.
Kevin y sus secuaces nos miraron irse. Nadie nos siguió. No porque no quisieran, sino porque algo en la espalda de Lisandro, en la rigidez de sus hombros, en la forma en que su mandíbula se apretaba como si estuviera triturando piedras, les decía que seguirnos era una mala idea.
Caminamos por el pasillo hacia la enfermería. Sus dedos seguían en mi brazo. Su paso era rápido, casi brusco, y yo tenía que trotar para seguirle el ritmo con el tobillo vendado.
A mitad del pasillo, lo escuché murmurar algo.
Apenas un susurro. Casi inaudible. Pero el pasillo estaba vacío y mi oído estaba afinado para captar cada sonido que saliera de su boca.
No distinguí las palabras exactas.
Pero el tono, grave, contenido, vibrando como una cuerda de guitarra a punto de romperse, era uno que nunca le había oído.
Peligroso.
No peligroso para mí. Peligroso para cualquiera que me hubiera tocado.
Y en ese momento, caminando por un pasillo vacío con sangre en la cara y su mano en mi brazo, entendí algo que en la vida anterior tardé años en comprender:
Lisandro Sotomayor no era un chico frío.
Era un volcán que había aprendido a fingir que era hielo.
Y alguien acababa de hacerle una grieta.