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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9 — Una esperanza que empieza a brotar

Unos días después, los plantones que Mela había sembrado comenzaron a crecer. Clavó cañas de bambú de metro y medio de alto para las plantas trepadoras y trasplantó algunos brotes al terreno que acababa de preparar. No se olvidó de regarlos con puntualidad.

Pero conforme los días se convirtieron en semanas, y el cultivo superó el primer mes, nada marchó según lo esperado.

Las hojas pequeñas que había sembrado con tanta ilusión empezaron a marchitarse una por una, a ponerse amarillas y a morir.

El agua ya llegaba al terreno, sí. Pero no bastó: varias plantas simplemente no resistieron.

Mela se quedó de pie en medio de su parcela. Con las manos en la cintura y la respiración pesada, no sabía qué hacer.

—¿Cómo pudo pasar esto? —se lamentó en voz baja—. Si las regué siempre con puntualidad. ¿Y el resultado?

—¡Mel! —Dora le puso la mano en el hombro con suavidad.

Mela no se volvió. —¿Fracasé, verdad? —preguntó con un hilo de voz.

Dora suspiró. —No es un fracaso. Es parte del proceso.

—Proceso de fracasar —replicó Mela con amargura.

Yolanda, que llegó después, intervino de inmediato: —Si fracasó, vuelves a sembrar y listo. ¿Cuál es el problema?

Mela giró la cabeza. —¿Así de simple?

—Pues sí, así de simple —respondió Yolanda con naturalidad—. ¿Tú crees que un agricultor tiene éxito a la primera?

Mela se quedó callada. Volvió a posar los ojos en las plantas que tenía delante.

—El arroz que los campesinos siembran en los arrozales también pasa por todo un proceso. No crece y da fruto de la noche a la mañana. Después de arar la tierra y plantar los brotes, hay que abonar, controlar el riego, desyerbar y combatir las plagas: orugas, gusanos... Si no se hace todo eso, la cosecha se pierde —explicó Yolanda.

—Yolanda tiene razón, Mel —terció Lucía—. Además, es la primera vez que siembras hortalizas. Arrancamos lo que se murió y volvemos a plantar.

Mela asintió despacio. Ese día, con la ayuda de sus amigas, empezó a sacar las plantas que ya no tenían remedio.

Le temblaban un poco las manos. No de cansancio, sino del peso que sentía por dentro. Se quedó observando lo que aún sobrevivía. No era mucho, pero algo quedaba.

Al otro lado, en la ciudad, las luces de los edificios resplandecían. Sin embargo, dentro de una de las salas de juntas, el ambiente era gélido.

—¿Cómo? ¿Cancelaron el contrato? —Arman exhaló y clavó los ojos en la pantalla con el rostro desencajado—. ¿Cuál es el motivo? —preguntó con sequedad.

—La reputación de la empresa, por supuesto —respondió la voz al otro lado de la línea.

Silencio.

Arman sabía perfectamente a qué se refería: al escándalo del divorcio. Y ahora, además, a la noticia de la boda.

—De acuerdo. Entiendo. —Su tono sonó sereno, pero la mandíbula se le marcó como piedra.

En la oficina del director general, Camila esperaba de pie, nerviosa. Al poco rato vio entrar a Arman y fue a su encuentro de inmediato.

—¿Cómo salió? —preguntó ansiosa.

Arman se aflojó la corbata. —Como ves —contestó sin rodeos.

Camila resopló. —Ya te lo dije: tenemos que adelantar la boda.

Arman se dejó caer en su silla y soltó un largo suspiro. —Nada de esto es tan sencillo.

—¡Precisamente por eso! —La voz de Camila subió un tono—. Necesitamos una imagen nueva.

Arman no dijo nada. Algo en su mirada cambió, como si comenzara a percibir una incomodidad que no terminaba de identificar.

Mientras tanto, en el pueblo, Mela volvió a sembrar. Esta vez con más cuidado y sin apresurarse.

Cada hoyo que abría, lo examinaba con atención. Cada plantón que colocaba en la tierra, lo protegía.

Aprendió de sus errores. Desde la preparación del suelo hasta la dosis del abono, el riego y la vigilancia contra las plagas.

Los días se convirtieron en semanas, las semanas en más semanas. Y poco a poco, todo su esfuerzo empezó a dar frutos.

—¡Mel! ¡Ven a ver esto! —La voz de Dora le llegó desde el otro extremo del terreno.

Mela, que cargaba un balde de agua, levantó la cabeza y vio a Dora señalando uno de los surcos.

Movida por la curiosidad, se acercó. Se quedó inmóvil al ver aquellas hojas pequeñas crecer verdes y frescas.

—¿Las que se habían muerto... están creciendo bien? —Su voz casi no se oyó.

Yolanda le sonrió de oreja a oreja. —Sí, ya no se marchitan ni se ponen amarillas. ¡Mira! —Le señaló otras plantas—. Las que ya estaban vivas empezaron a dar fruto.

Mela las contempló largo rato y luego siguió la dirección que señalaba Yolanda. Sin darse cuenta, sonrió.

—Es verdad —murmuró, emocionada.

Llegó el día de la primera cosecha. No fue abundante ni espectacular, pero para Mela fue más que suficiente.

Se quedó de pie en medio de su parcela, sosteniendo en las manos el primer fruto de su trabajo.

Había manojos de hojas verdes: mostaza china, espinacas y lechuga, que eran las que primero estaban listas para cortarse. Los chiles y los tomates ya habían empezado a cuajar, y otras plantas seguían su curso.

—Aunque es poco, es mío. Producto de mi esfuerzo —murmuró, conmovida.

—Miren nada más, alguien ya cosechó —bromeó Yolanda, apareciendo de repente.

Dora se rio. Acababa de llegar con las demás. —Una sopa de fideos con mostaza china y huevo... eso sí sería delicioso.

Mela soltó una risita. Los ojos se le humedecieron un poco. No de tristeza, sino porque por fin podía disfrutar lo que había cosechado con sus propias manos.

—No suena mal —dijo Mela—. Esta noche cocinamos fideos en mi casa.

—¡Hecho! —exclamaron Dora y las demás al unísono.

Esa tarde, el sol fue bajando despacio. La brisa mecía las hojas pequeñas que ahora empezaban a poblar la parcela.

Mela apretó la cosecha un poco más fuerte entre los dedos. Antes lo había perdido todo; ahora empezaba a ganar algo valioso para su vida.

La tierra que todos daban por muerta comenzaba a revivir. Y junto con ella, Mela también crecía.

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