Duda tiene veintitrés años, una startup exitosa y una familia que adora. Creció viendo a su padre tratar a su madre como una reina y a su hermano ser el mejor esposo del mundo. Por eso tiene claro lo que quiere: un amor real, una familia propia, hijos. No acepta menos.
Pedro tiene veintiocho años, administra uno de los centros comerciales más grandes de la ciudad y vive solo, como le gusta. Después de que su padre destruyó a su familia con mentiras e infidelidades, Pedro se juró una cosa: nunca repetir esa historia. Sin compromisos, sin hijos, sin riesgo de convertirse en lo que más detesta.
Cuando el destino los pone a trabajar juntos, la conexión es instantánea, pero el problema también: ella sueña con todo lo que él se niega a querer.
Entre cenas familiares ruidosas, un sobrino de cuatro años que lo adopta sin pedir permiso, cinco perros que no entienden de espacio personal y un mejor amigo que no sabe quedarse callado, Pedro empieza a sentir que su vida perfectamente ordenada se llena de grietas.
Y Duda descubre que enamorarse del hombre equivocado se siente exactamente como enamorarse del correcto.
¿Puede alguien cambiar lo que juró que nunca cambiaría? ¿O hay diferencias que ni el amor es capaz de resolver?
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Cap. 16
Duda se adelantó a hacer las presentaciones.
— Pedro, ella es mi mamá, Helô. Mi papá, Eduardo. Mi hermano, Heitor, y mi cuñada favorita, Gabriela. Y estos pequeños son Felipe y Nina, mis sobrinos y ahijados.
— Yo soy el preferido de mi madrinita.
Pedro vio a Felipe cruzar los brazos exactamente igual que su abuelo.
Heitor bajó al niño al suelo y Felipe corrió a lanzarse a los brazos de Duda.
— Claro que tú eres el preferido de la madrina, y Nina es la preferida —respondió Duda, llenándole las mejillas de besos al niño, antes de saludar a su mamá, a Gabriela y a Nina.
Y por primera vez en muchos años, Pedro sintió ganas de sonreír sin motivo. Tal vez porque aquella casa era lo opuesto a todo lo que él había vivido en la infancia, o porque en el centro de toda aquella pequeña confusión que se formaba, estaba Duda sonriéndole.
Él seguía parado en el mismo lugar, intentando entender la calidez de aquel ambiente, mientras Juju insistía en quedarse pegado a su pierna.
Helô se acercó a él con una sonrisa educada pero curiosa:
— Entonces, ¿de dónde se conocen tú y Duda?
— Bueno... Duda está a cargo de la nueva campaña digital para el Día de los Enamorados del Shopping Central, y por eso nos conocimos, yo trabajo ahí...
— Ah... ya veo... —Helô le lanzó una mirada rápida y cómplice a su hija, que fingía estar extremadamente ocupada acomodándole el moño del cabello a Nina antes de bajar a Felipe al suelo.
— Y dígame una cosa, Pedro... —Eduardo estaba atento a todo—. ¿Usted acostumbra entregar personalmente todas las cosas que sus colaboradores olvidan en el trabajo, o solo a ella? —preguntó, viendo cómo Duda abría los ojos enormes.
— ¡Papá!
Pedro se rascó la nuca pensando en Daniel y en lo que le haría a su amigo, pues al fin y al cabo había sido idea de él devolver la agenda personalmente, haciéndolo terminar en aquella situación.
— Digamos que... fue una excepción.
Heitor soltó una risita baja, claramente divirtiéndose con la expresión de Pedro y sobre todo con la de su hermana.
Eduardo seguía con los brazos cruzados. Sus ojos alternaban entre Pedro y Duda, notando cada mirada que cruzaban, percibiendo que su hija sonreía de una forma diferente cerca de aquel hombre.
— Bueno... ya entregué la agenda. No quiero interrumpir la rutina ni el momento familiar de ustedes... Ya me voy —Pedro levantó la mano para hacerle un último cariño a Juju antes de irse.
— ¿Irse? ¿Por qué no se queda a cenar? —Eduardo hizo la invitación con voz grave, casi como una orden disfrazada de invitación.
Pedro se detuvo a medio movimiento, sorprendido, e intentó rechazar con educación.
— Se lo agradezco, pero...
— Usted se tomó la molestia de traerle la agenda a mi hija hasta aquí... —continuó Eduardo, acercándose.
Le extendió la mano a Pedro, dándole un apretón firme, sin dar margen ni espacio para una negativa.
— Lo mínimo que podemos hacer es ofrecerle una cena. No acepto un no como respuesta.
Duda miró a su padre, sorprendida, pero no pudo esconder el brillo en sus ojos.
— ¡Quédate, Pedro! ¡La comida de mi abuelito es la mejor del mundo! —Felipe dio un brinquito al elogiar a su abuelo—. Él va a cocinar para mí hoy, y todos pueden comer.
Pedro miró a Duda. La forma en que ella lo miraba, sumada a la presión de toda la familia observándolo, hizo que cualquier excusa que tuviera para irse se le quedara atorada en la garganta.
— Está bien. Me quedo. Gracias por la invitación.
Heitor no aguantó y soltó una carcajada baja, sacudiendo la cabeza.
— Bienvenido, y no te asustes con lo curiosa que es esta familia... y con lo platicadores que somos. Nos gusta conversar...
Duda se volvió hacia Pedro, invadida por una sensación nueva que la dejaba tímida.
— Perdón por todo esto...
Pedro miró a Duda y sus miradas se encontraron de nuevo. Él sintió que el pecho se le apretaba de una forma nueva, cálida y peligrosa.
Pedro sabía que el problema no era la invitación a cenar ni la mirada investigadora de Eduardo, sino lo que empezaba a sentir por Duda. Ella seguía parada cerca de él, mirándolo de un modo que parecía atravesar todas las defensas que él había pasado años construyendo.
— Todo está bien... —aseguró Pedro, intentando parecer más cómodo de lo que realmente estaba.
Eduardo, Helô y Gabriela se dirigieron a la cocina. Helô ayudaría a Eduardo con la cena que inicialmente sería solo para la familia, y Gabriela fue a preparar una mamila para Nina.
— Ven, siéntate —invitó Heitor, ahora con Nina en brazos.
Pedro y Duda se sentaron, y ella vio cómo su hermano miraba en su dirección, divirtiéndose con la escena.
Felipe corrió hasta una caja de juguetes que estaba en el estante de la sala. Tomó dos dinosaurios grandes, un libro de figuras y se dirigió al sofá, donde se subió y se acomodó al lado de Pedro como si lo conociera de toda la vida.
Pedro se quedó inmóvil, sin saber exactamente qué hacer con aquella cercanía repentina, mientras el niño eligió uno de los dinosaurios y se lo extendió.
— Este es mi preferido. ¡Toma! —Pedro tomó el juguete con cuidado—. Me gusta desde que era chiquito —explicó con toda la seriedad del mundo.
Duda rio bajito y se inclinó, besando la mejilla de su sobrino.
— Todavía eres chiquito, mi cielo —Felipe hizo puchero y levantó la manita, alzando tres deditos.
— ¡Yo soy grande, madrinita! ¡Tengo tres años, casi cuatro! —dijo mirando a Pedro como si esperara su apoyo.
— ¡Wow, ya casi eres un adulto! —bromeó Duda.
— Casi, madrinita...
Pedro no tenía mucha afinidad con los niños, a pesar de que sus hermanos eran menores que él.
Con la cercanía de Duda, era imposible no observar la forma en que ella hablaba con Felipe, el cariño que le tenía, la sonrisa, la paciencia. Aquella escena removía algo en Pedro de una forma que no podía explicar.
Y por primera vez, Pedro pudo comprender por qué Duda quería ser mamá, como había dicho en el restaurante. Porque el amor parecía desbordarse de ella de forma natural, sin que se diera cuenta.
— Tú hablas poco... —observó Felipe, inclinando la cabeza para mirar a Pedro—. Mi papá habla mucho, y mi madrinita habla mucho más que él.
— Con toda seguridad, hijo... —Heitor apoyó a Felipe y siguió provocando a su hermana—. Hay que decir la verdad.
Pedro acabó soltando una risa baja, y Felipe sonrió mostrando los dientitos.
— Tú hablas poco, pero me caes bien... igual que a mi madrinita...
Duda se puso roja, y Heitor rio acompañando a Nina, que estaba en esa edad en la que todo le causa gracia.
Del otro lado de la casa, en la cocina, Gabriela observaba discretamente lo que pasaba en la sala. Una sonrisa apareció en sus labios, y llamó a Helô en voz baja.
— Parece que Duda se enamoró...
Helô siguió la mirada de su nuera, deteniéndose en su hija.
— Estoy segura... —respondió Helô quedito, con una sonrisa—. Nunca la había visto mirar a alguien de esa forma.
Eduardo, que escuchó el comentario de su esposa, bufó bajito, pero no dijo nada.