—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 14: El sabor de un secreto y un consejo inesperado
El silencio de la noche envolvía las dependencias privadas del Palacio Imperial. Tras haber dejado a Claudia a salvo en la casa de verano tras su primer recorrido por la ciudad, Leonardo atravesó los corredores en penumbra con paso liviano. Llevaba bajo el brazo la pequeña caja de madera como si fuera el objeto más valioso del imperio, eludiendo discretamente a la guardia de palacio para no dar explicaciones sobre su salida.
Una vez dentro de sus aposentos reales, atrancó la puerta con un encantamiento suave y se dirigió a su escritorio. Con sumo cuidado, retiró la tapa de la caja. El aroma dulce del saúco silvestre y la ralladura de cítricos inundó de inmediato el aire de la estancia.
Esbozando una sonrisa sincera, Leonardo tomó el pastelillo dorado y dio un primer bocado. La textura crujiente y el relleno suave se combinaban a la perfección. La calidez del gesto de Claudia —haber dedicado tiempo a cocinar algo solo para él— le dio un sabor todavía más exquisito.
—Realmente es perfecto... —murmuró para sí mismo, disfrutando cada bocado en la intimidad de su habitación.
De pronto, un ligero toque en la ventana alta del balcón rompió la calma. Antes de que pudiera ocultar la caja, una figura delgada cruzó la cortina con la agilidad de una sombra. La Princesa Lilian, su hermana menor, aterrizó sobre la alfombra con una sonrisa traviesa en el rostro.
—Sabía que estabas aquí —declaró Lilian, olfateando el aire de inmediato como un sabueso—. Mmm... ¿qué es ese olor? ¿Mantequilla, azúcar y... flores de saúco? ¡Tú no comes golosinas a estas horas, hermano!
Leonardo cerró la caja de golpe y la colocó detrás de su espalda, cruzándose de brazos con expresión seria.
—Lilian, son más de las diez de la noche. ¿Qué haces colándote por mi balcón?
—Eso no importa ahora —repuso la princesa, dando un paso al frente con los ojos brillando de curiosidad—. Dame un pedazo de lo que sea que estés escondiendo. Huele increíble.
—No —respondió él tajantemente—. No te voy a dar nada.
—¿Cómo que no? —Lilian frunció el ceño, indignada—. Soy tu hermana preferida. Además, tú jamás eres tacaño con la comida. ¿Por qué estás protegiendo ese pastel como si fuera un tesoro imperial?
—Porque no lo compré en la ciudad ni lo hizo el repostero real —admitió Leonardo, intentando mantener la compostura aunque sus mejillas delataban una leve tibieza—. Lo hizo Claudia. Es para mí.
Lilian se detuvo en seco, abriendo la boca con sorpresa antes de que una sonrisa calculadora se dibujara en sus labios.
—¿Claudia? —repitió en un tono burlón y agudo—. ¡Ajá! Conque así se llama la famosa mujer de la que tanto hablas sin dar nombres. La baronesa que trajiste del imperio vecino... La misma por la que has estado ausente todos estos días.
Leonardo soltó un leve suspiro, sabiendo que ya no tenía sentido negar lo evidente ante la astucia de su hermana.
—Está bien, te propongo un trato —intervino él, mirando el dulce que quedaba en la caja y luego a Lilian—. Te daré una porción del pastelillo si me das un buen consejo.
Lilian alzó una ceja, divertida por la desesperación oculta de su hermano.
—¿El Mago Supremo pidiendo consejos? Esto es histórico. Depende del tema.
—Quiero invitarla a una cita formal —explicó Leonardo con seriedad, dando un paso al frente—. Una salida donde finalmente pueda cortejarla sin las prisas ni los hechizos de ocultamiento. Pero no quiero abrumarla. Ella ha pasado por demasiado y es una mujer independiente que busca valerse por sí misma. ¿Qué debería hacer?
La princesa cruzó los brazos y adoptó una postura pensativa durante un par de segundos. Luego, miró a su hermano con sinceridad.
—Si ella ha estado bajo constante presión y busca su propia independencia, lo peor que puedes hacer es llevarla a un banquete ostentoso o abrumarla con el lujo del palacio —aconsejó Lilian—. Llévala a un lugar tranquilo, un espacio donde pueda ver que respetas su autonomía. Invítala a un paseo privado por los jardines del lago al atardecer, prepara algo sencillo y, sobre todo, sé completamente transparente con ella sobre quién eres antes de que lo descubra por terceros. La honestidad es el único camino con alguien que ha sido traicionado antes.
Leonardo escuchó con atención cada palabra. El consejo de su hermana era simple, pero tocaba exactamente los puntos que a él le preocupaban.
—Es un buen consejo —admitió él, cumpliendo su parte del trato al cortar delicadamente una porción del pastel y entregársela en un pequeño plato de cerámica.
Lilian probó el dulce y sus ojos se iluminaron.
—Vaya... con razón no querías compartir —dijo masticando con deleite—. Esta Claudia no solo tiene buen gusto, sino un talento increíble. No la arruines, hermano.
Con un gesto juguetón, la princesa tomó su porción y volvió a salir por el balcón con la misma rapidez con la que había entrado, dejando a Leonardo a solas nuevamente.
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Un par de horas más tarde, el silencio volvió a adueñarse de los aposentos. Leonardo se sumergió en la bañera de mármol del baño privado, dejando que el agua caliente relajara los músculos tensos de sus hombros.
El vapor subía lentamente hacia el techo abovedado mientras la luz de los cristales mágicos creaba reflejos dorados en el agua.
Apoyó la cabeza en el borde de piedra y cerró los ojos. Durante años, jamás le había importado la opinión de la aristocracia, las intrigas políticas ni el rechazo de los demás; su poder desmedido y su posición como Soberano Absoluto lo mantenían en una esfera donde nada podía afectarle emocionalmente.
Sin embargo, en la quietud del agua, un sentimiento inédito se abrió paso en su pecho: miedo.
Un temor genuino a ser rechazado por Claudia.
Pensó en la firmeza de sus ojos cuando hablaba de buscar trabajo, en la calidez de su sonrisa sincera al probar la tarta de miel y en la delicadeza con la que había preparado el dulce de saúco para él. Claudia no solo era hermosa; poseía una dignidad, una fuerza de voluntad y un espíritu indomable que la hacían única. Lo tenía absolutamente todo para enamorarlo.
"Si descubre toda la verdad sobre mi identidad demasiado pronto... si piensa que la he estado engañando igual que los otros...", pensó Leonardo, dejando escapar un largo suspiro mientras se pasaba una mano por el cabello húmedo.
Por primera vez en su vida, el Mago Supremo no temía a una guerra ni a un enemigo poderoso, sino a la posibilidad de que la única mujer que le había devuelto la paz no quisiera estar a su lado. Decidido a seguir el consejo de su hermana, cerró los ojos en la penumbra del baño, trazando mentalmente cada detalle de la cita que prepararía para ella al día siguiente.