Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Santiago soltó una risa furiosa.
—Marina Castañeda, te daré una última oportunidad para retirar lo que acabas de decir.
Marina cerró los puños y reprimió el impulso de arrojarse entre sus brazos.
—Santiago, puedes tener a la mujer que quieras. Mis fotografías desnuda están por toda la red. ¿Por qué insistes en aferrarte a mí?
Alzó la voz, agotada.
—No puedo aportarte nada. Si permaneces a mi lado, terminarán señalándote como el hombre de esa mujer y también se burlarán de ti.
Nunca se había sentido tan impotente.
Antes de que estallara el escándalo, incluso había considerado volver al extranjero con Santiago y comenzar de nuevo. Ahora todo estaba destruido.
No quería que el hombre al que admiraba acabara manchado por la crueldad de los demás.
Santiago avanzó y la inmovilizó contra la pared. El espejo de cuerpo entero reflejó sus siluetas demasiado juntas.
—Mari, retira esas palabras. No me importa lo que piense nadie.
Ella guardó silencio y apenas lo empujó.
Santiago sonrió con amargura.
—Marina, sí que sabes ser cruel.
Le sujetó la barbilla con fuerza. La otra mano se deslizó sobre su mejilla. Había una desolación profunda en sus ojos, aunque la sonrisa que conservaba lo hacía parecer peligrosamente trastornado.
—Me duele verte así, Mari. No me obligues a utilizar contigo métodos que no deberían salir a la luz.
Su voz bajó hasta convertirse en una advertencia.
—Sabes que no soy un buen hombre.
Santiago despreciaba la idea de forzar a una mujer, pero eso no significaba que fuera incapaz de hacerlo.
Marina apartó el rostro, sin atreverse a sostenerle la mirada.
—Nunca te amé. Solo te agradecía que me hubieras salvado. Permanecí contigo para pagarte lo que hiciste por mí. ¿Lo entiendes?
Transcurrió un largo momento antes de que él contestara en voz baja:
—¿Entonces ya terminaste de pagarme? Marina, ¿de verdad crees que puedes abandonar este juego si yo no lo doy por terminado?
Los ojos de ella se enrojecieron.
Santiago soltó su barbilla, sacó un juego de llaves del bolsillo y lo dejó caer sobre su regazo.
—En ese caso, señorita Castañeda, espero que termine pronto de saldar su deuda.
Salió y cerró la puerta con tanta fuerza que las paredes parecieron temblar.
Marina se desplomó en el piso y rompió a llorar con el rostro entre las manos.
Cuando Ángela vio salir a su hermano, comprendió que la conversación había terminado mal.
Suspiró. Nadie desde fuera podía decidir qué debía sentir una pareja.
Entró en la habitación y se agachó junto a su amiga.
—Mari, ven a vivir conmigo a Lomas de Chapultepec. No puedes quedarte indefinidamente en un hotel.
Marina permaneció sobre la alfombra, abrazada a las piernas.
—Angie, volveré a estar sola.
—No. Yo me quedaré contigo. Ya reuní las pruebas y ese miserable recibirá muy pronto su castigo.
Al final Marina se negó a mudarse. Ángela reservó la habitación por una temporada larga y dejó a Nieves a cargo de protegerla.
Después fue a la oficina de dirección del Grupo Sarmiento.
Santiago estaba vaciando una copa tras otra, mientras Gael lo observaba con las piernas cruzadas.
En cuanto Ángela apareció, Gael se puso de pie para recibirla.
—Mi amor, por fin te acordaste de mí.
Ella le lanzó una mirada y señaló a Santiago con la barbilla.
—¿Por qué no lo detuviste?
—Necesita alguna forma de desahogarse. No te preocupes, pedí a Leonardo que viniera. No ocurrirá nada grave.
Ángela torció los labios.
Perfecto. En vez de impedir que Santiago se emborrachara, Gael había preferido tener a un médico esperando las consecuencias.
Le quitó la copa a su hermano.
—Si tienes tiempo para beber, úsalo para pensar qué haremos con Hugo Lozano.
Santiago no respondió. Se levantó tambaleándose, fue hasta la computadora y giró la pantalla hacia ella. Después hizo un gesto con la mano y se encerró en la habitación de descanso.
Ya acostado, volvió a escuchar las palabras de Marina.
¿Quería pagarle una deuda?
Entonces tendría que hacerlo durante toda la vida.
Ángela se sentó ante la computadora.
—Esto no basta. Ni siquiera se acerca.
Sus dedos volaron sobre el teclado.
Minutos después, los principales medios del país recibieron un expediente. La cuenta oficial del Grupo Sarmiento publicó la misma información en X.
Los documentos explicaban cómo Hugo había emborrachado a Marina, tomado las fotografías sin su consentimiento y utilizado aquellas imágenes para amenazarla.
Las personas que unos minutos antes la insultaban cambiaron de objetivo y comenzaron a condenarlo a él.
Hugo, lejos de México, no tenía idea de que sus actos ya eran públicos. En ese momento disfrutaba de la compañía que Santiago había pagado para tenderle una trampa.
Ángela no se detuvo.
Intervino el sistema del hotel y transmitió en directo el encuentro sexual de Hugo.
Miraba la transmisión mientras dirigía los comentarios y contenía la difusión de mensajes que intentaban defenderlo.
Gael vio lo entretenida que estaba observando a otro hombre desnudo y soltó una risa silenciosa.
Tomaría nota de aquello.
La avalancha de usuarios derribó por momentos la plataforma. El nombre de Hugo encabezó las tendencias y los insultos se multiplicaron.
En la transmisión, Hugo se apartó de la mujer para contestar una llamada.
—Dígame.
Escuchó unos segundos y el rostro se le ensombreció.
—¿Qué?
Le cerró una mano alrededor del cuello a la mujer que estaba con él.
—¿Tú me tendiste esta trampa?
La transmisión se cortó de golpe.
Ángela revisó enseguida el registro de llamadas. Tal como sospechaba, otra persona había organizado el plan desde atrás.
Al descubrir el nombre, entrecerró los ojos. La frialdad se apoderó de su rostro.
Gael se colocó detrás de ella para mirar la pantalla y su expresión se volvió glacial.
Blanca Valdivia seguía provocándolo.
¿De verdad creía que él nunca se atrevería a tocarla?
—Vaya, señor Montenegro —dijo Ángela—. Parece que todo esto iba dirigido contra usted.
No advirtió cuánto resentimiento celoso se filtraba en su voz.
Gael, en cambio, lo disfrutó.
—Yo me encargaré.
Ángela resopló, lo tomó de la corbata y lo obligó a inclinarse. La tela se tensó entre sus dedos antes de que ella le mordiera con fuerza la clavícula. Gael inhaló bruscamente y le sostuvo la cintura con ambas manos, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la ropa.
—Si no lo resuelves bien, te echaré de la casa.
Gael llamó de inmediato a Bravo Uno y le ordenó que llevara a Blanca a la residencia. Después rodeó a Ángela con los brazos y se dedicó a calmar sus celos entre caricias y besos. Ella respondió sujetándolo del cuello de la camisa; las bocas chocaron con una impaciencia juguetona, y la presión de sus manos en la espalda la mantuvo pegada a él mientras sus respiraciones se entrecortaban.
Cuando Santiago despertó, encontró a aquel desgraciado devorando a besos a su hermana.
Sintió que las sienes comenzaban a palpitarle.
Se aclaró la garganta.
Gael se acomodó con toda calma el cuello arrugado de la camisa. Ángela, con los labios calientes y demasiado avergonzada para mirarlo, escondió el rostro contra su pecho mientras intentaba normalizar la respiración.
—¿Ya está resuelto? —preguntó Gael, molesto por la interrupción.
—Sí. Solo falta enviar a Hugo a prisión.
—No hay prisa. Antes de que entre, todavía quiero darle un regalo.
Los dos hombres intercambiaron una mirada y comprendieron la intención del otro. Cuando se trataba de proteger a los suyos, podían entenderse sin palabras.
Hugo ignoraba que no solo lo esperaba la cárcel, sino también una larga serie de desgracias cuidadosamente preparadas.
Al terminar, Ángela y Gael regresaron a Lomas de Chapultepec.
Santiago se quedó ante la ventana de su oficina, moviendo una de las persianas con los dedos.
—Lleven a la señorita Castañeda al departamento de Polanco. Sin mi autorización, no puede salir.
Mari, aunque me odies, no permitiré que te alejes de mí.
***
—Señora, los hombres del señor Sarmiento intentan llevarse por la fuerza a la señorita Castañeda.
Nieves protegía a Marina con su cuerpo, preparada para abrirse paso si era necesario.
Ángela no entendía por qué dos personas que se amaban habían permitido que la situación llegara tan lejos. El hombre que había dañado a Marina ya estaba derrotado.
—Hagan lo que Mari decida —respondió con cansancio.
Al anochecer, Nieves regresó sola a la residencia.
Marina había aceptado irse con los hombres de Santiago.
Desde que volvieron, Gael permanecía en el sótano.
A Blanca ya le habían roto una pierna. Atada a una silla, dejó de fingir dulzura y lo miró con un odio despiadado.
—¡Yo soy la mujer que merece estar a tu lado! ¿Qué es Ángela Sarmiento comparada conmigo?
Gael entrecerró los ojos. Su mirada tenía el filo de una navaja.
—Ni siquiera eres digna de pronunciar su nombre.
Encendió un cigarro y observó a Blanca a través del humo.
—Parece que no aprendiste nada cuando te rompieron la pierna.
Se acercó sin prisa y presionó la brasa contra su brazo.
La carne crepitó. El olor a quemado se extendió por el sótano.
Blanca lanzó un grito.
—¡Detente! ¡Por favor, detente!
Gael retiró el cigarro y lo arrojó al piso.
—Habla. No creo que quieras probar otros métodos.
Por primera vez, Blanca sintió verdadero miedo. Aquel hombre era un demonio.
—Solo odio a Ángela. Me quitó al hombre que amaba y la vida de lujos que debía pertenecerme.
—¿Pertenecerte? ¿Quién te hizo creer semejante estupidez?
La voz de Gael siguió tranquila.
—Si así educa la familia Valdivia a sus hijos, quizá ya no merezca conservar nada. Se atrevieron a tocar a mi mujer.
Las pupilas de Blanca se dilataron.
—Prometiste no ir contra mi familia. No olvides que conservamos las pruebas de tu intento de homicidio.
—Precisamente por eso debo acabar con los Valdivia. Son solo pruebas de un intento de homicidio. Aunque destruyera hoy mismo a toda tu familia, tendría docenas de formas de salir libre.
Lo dijo con una indiferencia aterradora.
La familia de Blanca sobrevivía gracias a los bienes que una tía suya había arrebatado años atrás a los Montenegro. Para Gael, aquella fortuna no representaba nada.
—Gael, por favor. Siempre te he amado. Perdona a mi familia. Yo hice todo esto sola.
Él la contempló durante unos segundos.
—Muy bien, Blanca. Casi consigues que te admire.
Tomó una pistola, la amartilló con una mano y apuntó.
Blanca cerró los ojos, desesperada.
El disparo sacudió el sótano.
Cuando Gael volvió a la parte principal de la residencia, Ángela revisaba una pila de documentos con expresión miserable.
Él se detuvo a dos metros. Temía que el olor a sangre y humo la asustara.
—Mi amor, ¿qué ocurre?
Ángela estuvo a punto de correr a sus brazos para quejarse, pero lo vio retroceder medio paso.
Se quedó quieta y cruzó los brazos, fingiendo frialdad.
—¿Qué pasa? ¿Después de ver a Blanca ya no quieres que te abrace?
Gael se alarmó. Toda la crueldad del sótano desapareció de su expresión.
—No digas tonterías. Huelo mal y pensé que no te gustaría.
Ángela ignoró la advertencia y se lanzó contra su pecho. Se acomodó entre sus brazos y frotó la mejilla sobre su ropa.
—Mira, ahora yo también tengo tu olor.
Alzó hacia él unos ojos llenos de afecto.
—No vuelvas a apartarte de mí, pase lo que pase. Si lo haces, dejaré de hablarte.
El calor del cuerpo de Ángela disipó la oscuridad que aún quedaba dentro de Gael.
—Está bien. Pase lo que pase, no volveré a soltarte.
Después miró los documentos.
—¿Por qué tienes esa cara?
Ángela salió de sus brazos y lo llevó de la mano hasta el escritorio.
—Santiago me dejó todo su trabajo. Dice que necesita tiempo para cultivar su relación con Mari.
Parpadeó y puso su expresión más lastimera.
—Gael, ayúdame.
Él se sentó y la atrajo sobre sus piernas. Hojeó los documentos sin demasiado interés, cerró la carpeta y le acarició un mechón rebelde.
—Santiago trasladó al extranjero las operaciones principales del Grupo Sarmiento. En México solo quedan algunas empresas estables.
Señaló varios informes.
—Todas mantienen acuerdos con el Grupo Montenegro, así que no debes preocuparte. Solo necesitas dirigir bien esta compañía.
Su dedo se detuvo sobre un estado financiero:
Sarmiento Entertainment.
Gael le apretó suavemente la cintura.
—No me interesan las intrigas de la industria del entretenimiento ni las guerras entre celebridades, por eso nunca he entrado en ese sector. Pero, si lo necesitas, puedo enviarte un equipo.
Ángela se volvió, le mordió con suavidad la barbilla y entrecerró los ojos, pensativa.
La industria del entretenimiento...
Podía aprovechar lo que sabía del futuro.
—Quiero intentarlo sola. No puedo quedarme en casa esperando que me mantengas. Una mujer necesita su propia carrera. Además, si algún día dejas de quererme...
Los labios de Gael silenciaron el resto de la frase.
—No existe esa posibilidad. Solo dejaré de amarte cuando muera.
La mención de la muerte llenó el corazón de Ángela de una tristeza ácida.
Era verdad. Por mucho daño que le causó en la otra vida, Gael jamás renunció a ella.
Había pensado en confesarle que había vuelto a nacer, pero temía que él acabara odiándola.
Esperaría un poco más. Cuando llegara el momento adecuado, le contaría toda la verdad.
Gael vio su expresión distraída y creyó que ya estaba pensando en cómo dirigir la empresa.
Antes de dormir, desinfectó la herida de Ángela y le cambió el vendaje. Como temía que ella se moviera demasiado y retrasara la recuperación, la sedujo para que permaneciera en la cama con él. Ángela se dejó convencer, lo atrajo por la nuca y respondió a sus besos con la misma intensidad. Las manos de Gael recorrieron su cuerpo sin rozar la herida; entre el calor de la piel, el crujido de las sábanas y la respiración cada vez más profunda, encontraron juntos un ritmo firme.
Terminaron haciendo el amor dos veces. Al final, Ángela quedó exhausta y tibia entre sus brazos, con los músculos flojos y el aliento todavía irregular. Gael le acarició la espalda hasta que el cansancio la venció.
Cuando Ángela despertó, el lado de Gael ya estaba frío.
—¿De dónde saca tanta energía este hombre? —murmuró.
Más tarde se instaló en el invernadero para estudiar el catálogo de artistas de Sarmiento Entertainment.
Notó que el mercado de los ídolos juveniles aún no estaba desarrollado. Los cantantes de imagen fresca y los creadores de redes todavía no eran aceptados por el público general.
¿Y si ella era la primera en apostar por ellos?
Pensó de inmediato en Emiliano Cruz.
En su vida anterior, después de perder la pierna, Gael la llevó a recibir terapia psicológica. Allí conoció a aquel joven.
La madre de Emiliano había sufrido una crisis mental tras la muerte de su esposo y el fracaso del negocio familiar. Él la tranquilizaba una y otra vez, sin perder la paciencia.
También ayudó a Ángela cuando ella ya no encontraba motivos para seguir viviendo.
Un día, Ángela logró escapar del psicólogo y del equipo de seguridad con la intención de quitarse la vida. Emiliano la detuvo.
Le dijo que mientras existiera una sola posibilidad de esperanza, la vida conservaría posibilidades infinitas.
Sin embargo, aquel joven luminoso terminó destruido por el acoso en internet. Su agencia lo abandonó, desarrolló depresión y finalmente se suicidó.
Ángela no permitiría que la historia se repitiera.
Si Emiliano firmaba con Sarmiento Entertainment, al menos tendría una empresa lo bastante fuerte para protegerlo.
Buscó sus datos en la computadora y descubrió que trabajaba medio tiempo en un club privado.
Decidió probar suerte.
Cuando ella y Nieves llegaron, Ángela notó que algo no encajaba.
Miró a su alrededor y comprendió al fin.
Aquello parecía un club de acompañantes masculinos.