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UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

Status: En proceso
Genre:Familia mágica
Popularitas:425
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: La feria

El anuncio de que Tomás participaría en la feria de emprendedores había llenado la casa de entusiasmo.

Por primera vez en muchos años, no hablaban solamente de llegar a fin de mes.

Hablaban de sueños.

De proyectos.

De comenzar una nueva etapa.

Tomás llevaba varios días preparando herramientas, organizando folletos y revisando cada detalle del pequeño puesto que instalaría en la plaza principal de la ciudad. Quería que todo saliera perfecto, aunque en el fondo seguía sintiendo ese miedo silencioso que aparece antes de empezar algo importante.

Emma lo observaba desde la puerta del garaje mientras él limpiaba una caja metálica donde guardaría las llaves, destornilladores y demás herramientas.

—¿Estás nervioso? —preguntó.

Tomás levantó la vista y sonrió.

—Un poco.

—Pero tú sabes arreglar cualquier motor.

—Eso no significa que la gente quiera confiar en mí.

Emma permaneció unos segundos en silencio.

Luego tomó un trapo y comenzó a limpiar otra caja.

—Yo sí confío en ti.

Aquellas palabras hicieron que Tomás dejara lo que estaba haciendo.

Se acercó a su hija y la abrazó.

—Gracias, campeona.

Desde la puerta, Lucía observaba la escena con una sonrisa discreta.

Era la primera vez que veía a Emma animar a su padre de esa manera.

El dolor seguía allí, pero ya no ocupaba todo el espacio de su corazón.

Mientras tanto, Pelé caminaba por el patio con un aire de absoluta importancia.

Llevaba varios minutos inspeccionando las cajas.

Picoteaba una.

Empujaba otra.

Entraba al garaje.

Salía nuevamente.

Max lo seguía creyendo que era un juego.

Luna corría detrás de Max.

Las gallinas imitaban al gallo como si fuera un general.

—¿Qué estará haciendo? —preguntó Mateo.

Emma observó unos segundos.

—Cuando Pelé hace eso…

—¿Qué?

—Es porque está planeando algo.

Mateo tragó saliva.

—¿Algo bueno?

Emma sonrió.

—Nunca.

Al día siguiente, todos madrugaron para asistir a la feria.

Tomás acomodó cuidadosamente las herramientas dentro de la camioneta.

Lucía preparó una canasta con comida.

Valeria llevó refrescos.

Emma insistió en que Pelé debía quedarse en casa.

—No.

Definitivamente no vienes.

El gallo respondió con un fuerte:

—¡Quiquiriquí!

—No insistas.

Mateo también intentó convencerlo.

—Es una feria.

No un gallinero.

Pelé giró la cabeza y fingió no escucharlos.

Finalmente cerraron la puerta del corral.

O al menos eso creyeron.

La plaza estaba llena de puestos coloridos.

Había artesanos.

Panaderos.

Personas que vendían plantas, dulces y juguetes.

El ambiente estaba lleno de música y familias caminando de un lado a otro.

Tomás respiró profundamente.

—Bueno…

Es ahora o nunca.

Valeria le acomodó el cuello de la camisa.

—Todo saldrá bien.

Lucía comenzó a organizar los folletos.

Emma y Mateo ayudaban colocando algunas herramientas sobre la mesa.

Poco a poco comenzaron a acercarse los primeros visitantes.

Un señor necesitaba reparar una motocicleta.

Otro preguntó por mantenimiento de automóviles.

Una pareja pidió información para arreglar una camioneta antigua.

Tomás respondió cada pregunta con paciencia y profesionalismo.

La mañana avanzaba mejor de lo que había imaginado.

Hasta que ocurrió lo inevitable.

A unas calles de la feria…

Pelé acababa de descubrir que el cerrojo del corral no había quedado completamente cerrado.

Con un par de picotazos logró abrir la puerta.

Miró hacia ambos lados.

Después salió caminando muy tranquilo.

Las cinco gallinas lo siguieron inmediatamente.

Max observó la escena.

Luna también.

Los perros saltaron la cerca.

Los gatos aprovecharon la puerta abierta de la cocina.

En menos de un minuto…

Toda la brigada de animales había iniciado una expedición.

En la feria, Tomás acababa de cerrar su primer trabajo importante.

Un cliente le estrechó la mano.

—Lo visitaré la próxima semana.

—Será un gusto atenderlo.

Emma aplaudió emocionada.

—¡Papá, lo lograste!

Tomás sonrió.

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan orgulloso de sí mismo.

Entonces escucharon un ladrido.

Después otro.

Lucía giró lentamente.

—No…

Emma también volteó.

—No puede ser…

Max atravesaba la plaza corriendo.

Detrás de él iba Luna.

Y detrás de ambos…

Cinco gallinas.

Y encabezando la marcha, con absoluta dignidad…

Pelé.

—¡¡PELÉ!! —gritó Emma.

Todo el mundo volvió la mirada.

El gallo caminaba como si fuera el dueño del evento.

Subió de un salto a un banco.

Cantó con todas sus fuerzas.

—¡¡QUIQUIRIQUÍ!!

Los niños comenzaron a reír.

Algunas personas sacaron sus teléfonos para grabar.

Un anciano comentó entre risas:

—¡Ese gallo tiene más personalidad que muchos políticos!

Tomás se llevó una mano al rostro.

—No…

Por favor, hoy no…

Pero Pelé apenas estaba comenzando.

Descubrió un puesto donde vendían choclos.

Saltó directamente sobre la mesa.

Tomó uno con el pico.

Y salió corriendo.

El vendedor gritó.

—¡¡Mi choclo!!

Emma salió detrás del gallo.

—¡Perdón! ¡Ya lo atrapo!

Mateo corría junto a ella.

Max creyó que seguían jugando y aumentó la velocidad.

Luna ladraba sin parar.

Las gallinas comenzaron a picotear algunos granos que habían caído al suelo.

Toda la feria se convirtió en un espectáculo.

Valeria no sabía si reír o ayudar.

Lucía intentaba reunir a los perros.

Tomás perseguía a Pelé entre los puestos.

Pero el gallo era increíblemente rápido.

Entró debajo de una mesa.

Salió por el otro lado.

Subió a una banca.

Saltó sobre una maceta.

El público aplaudía cada movimiento.

Un grupo de niños comenzó a seguirlo como si fuera un desfile.

Emma finalmente logró acorralarlo junto a la fuente de la plaza.

—Pelé…

Ya basta.

El gallo la miró.

Dejó caer el choclo al suelo.

Después caminó lentamente hacia ella.

Como si nunca hubiera hecho nada malo.

Emma lo tomó entre sus brazos.

—Eres imposible.

Pelé cerró los ojos con expresión satisfecha.

Cuando parecía que todo había terminado, el organizador de la feria se acercó.

Tomás tragó saliva.

Estaba convencido de que los expulsarían.

Sin embargo, el hombre comenzó a reír.

—Su gallo acaba de convertirse en la atracción principal.

Todos quedaron sorprendidos.

—¿Cómo?

—La gente no deja de acercarse para verlo.

De hecho…

Señaló el puesto de Tomás.

Había una fila de personas esperando.

Muchas habían conocido el taller gracias al escándalo provocado por Pelé.

Tomás no podía creerlo.

Valeria soltó una carcajada.

—Parece que tenemos un jefe de publicidad.

Emma miró al gallo.

—No puede ser…

¿Todo esto fue por casualidad?

Pelé respondió con un pequeño canto.

Como si jamás revelara su secreto.

Durante el resto del día, el puesto recibió decenas de visitantes.

Algunos necesitaban reparaciones.

Otros solo querían conocer al famoso gallo.

Tomás repartió todos los folletos.

Consiguió varios clientes nuevos.

Y al finalizar la tarde, el organizador anunció los resultados.

—El premio al emprendimiento más visitado del día es para…

Hizo una pausa.

—¡El Taller Rojas!

La plaza estalló en aplausos.

Tomás quedó completamente inmóvil.

Emma comenzó a saltar de alegría.

Mateo lo abrazó.

Lucía aplaudía emocionada.

Valeria tenía los ojos llenos de lágrimas.

Tomás recibió un pequeño trofeo de madera.

Lo sostuvo unos segundos.

Luego buscó a Emma entre la multitud.

—Ven.

La niña se acercó.

Tomás levantó el trofeo.

—Esto también es tuyo.

Emma negó.

—No.

Es tu esfuerzo.

Él sonrió.

—Nada de esto habría sido posible sin ustedes.

Miró a Lucía.

A Valeria.

A Mateo.

Y finalmente a Pelé, que seguía orgullosamente sobre una mesa observando a todos.

—Aunque algunos ayuden de formas… bastante particulares.

Todos comenzaron a reír.

Aquella noche regresaron a casa agotados.

Mientras cenaban, Tomás colocó el trofeo sobre un estante del comedor.

Emma lo contempló durante un largo momento.

No era un premio muy grande.

Ni estaba hecho de oro.

Pero representaba algo mucho más importante.

Representaba el inicio de una nueva vida para su padre.

Antes de dormir, escribió en su cuaderno:

"Hoy entendí que los sueños también tienen miedo."

"Papá tenía miedo de intentarlo."

"Pero lo hizo."

"Y descubrí que, cuando una familia camina unida, incluso un gallo travieso puede convertirse en el héroe del día."

Cerró el cuaderno.

Desde la ventana vio a Pelé acomodarse en su lugar favorito para dormir.

Sonrió.

—Buenas noches, héroe.

El gallo abrió un ojo.

Y, como si quisiera tener la última palabra, lanzó un suave:

—Quiquiriquí…

Emma soltó una pequeña risa antes de apagar la luz.

Sin saberlo, aquella feria no solo había cambiado el futuro del taller de Tomás.

También había fortalecido los lazos de una familia que, poco a poco, estaba aprendiendo que las mejores historias nacen de los momentos más inesperados.

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