Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
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Capitulo 9
El viernes por la tarde trajo consigo esa atmósfera pesada y cargada que solo las oficinas vacías conocen. Siguiendo el curso de los días anteriores, el reloj de la pared avanzaba lento hacia las siete de la noche, y el piso doce de la empresa ya se había quedado en un silencio absoluto. El resto del personal había marcado su salida hacía horas, ansiosos por empezar el fin de semana. Pero en la recepción, el zumbido sutil del aire acondicionado era el único testigo de que la jornada para Cecilia aún no había terminado.
Cecilia estaba sentada frente a la pantalla de la computadora, pero la verdad era que sus ojos no leían los informes financieros que tenía abiertos. Llevaba un vestido de seda color vino tinto que se amoldaba a sus curvas con una precisión casi pecaminosa, con tirantes delgados que dejaban al descubierto sus hombros y la línea de su cuello. Su cabello rubio caía suelto en ondas suaves sobre su espalda. Sabía perfectamente que estaba tentando al destino, pero tras el tenso encuentro del día anterior con Angélica, la necesidad de recuperar el territorio perdido con Víctor la carcomía por dentro. Fuera de esas paredes tenía que fingir ser la secretaria perfecta, dócil y recatada, pero a solas con él, la timidez se desvanecía para dar paso a un atrevimiento salvaje.
La puerta de vidrio del despacho principal se abrió con un chasquido que rompió el silencio.
Víctor salió caminando despacio. Se había quitado el saco del traje gris marengo y llevaba los primeros dos botones de la camisa blanca desabrochados, revelando el inicio de su pecho firme. Las mangas estaban remangadas hasta los antebrazos, exponiendo sus brazos fuertes y las venas marcadas por la tensión del día. Se detuvo a unos pasos del escritorio de Cecilia, sosteniendo un vaso con un par de cubos de hielo y un poco de whisky. Su expresión era la de siempre: la de un hombre maduro de treinta años, serio, implacable, con la mandíbula apretada por el peso de sus responsabilidades. Pero cuando sus ojos oscuros se clavaron en la figura de Cecilia bajo la luz tenue de la oficina, su mirada se volvió densa, casi tangible.
—¿Todavía aquí, señorita Morales? —preguntó Víctor. Su voz de mando habitual sonó más baja, una vibración ronca que impactó directo en el vientre de Cecilia.
—Estaba terminando de asegurar el respaldo de la auditoría, señor Moreira —respondió ella con un hilo de voz sumiso, levantándose de la silla con una lentitud deliberada. Al ponerse de pie, la seda del vestido se deslizó sobre su piel, acentuando el vaivén de sus caderas. Sostuvo la carpeta contra su pecho, mirándolo desde abajo con una timidez fingida que solo aumentaba la temperatura de la habitación.
Víctor dio un paso hacia adelante. El aroma dulce con toques de vainilla y madera del perfume de Cecilia lo golpeó de frente, nublándole el buen juicio. Llevaba toda la semana intentando convencerse de que debía detenerse, de que su vida como padre recién divorciado no admitía este tipo de distracciones, pero tenerla ahí, vestida de esa manera en la penumbra de la oficina, hacía que todas sus malditas reglas parecieran estúpidas.
—Deje la carpeta en la mesa, Cecilia. Ya es tarde —ordenó él, dando otro paso, acortando la distancia hasta quedar a menos de un metro. El calor que emanaba de su imponente presencia física empezó a rodearla.
Cecilia obedeció. Dejó el documento en el borde del escritorio sin apartar los ojos de los de él. Levantó la vista, sosteniéndole una mirada cargada de un deseo que ya no tenía intenciones de ocultar.
—Ayer... me puse muy nerviosa cuando llegó Angélica —confesó ella en un susurro atrevido, dando un paso sutil hacia el frente, quedando casi rozando el pecho de Víctor—. Sentí que rompía el equilibrio de lo que tenemos aquí. Ella es muy inteligente, Víctor. Siento que nos observa.
Escuchar su nombre de pila salir de esos labios pintados de un rojo sutil fue el detonante para Víctor. Dejó el vaso de whisky sobre la mesa con un golpe seco. Su mirada bajó al escote del vestido de seda y luego subió a los ojos oscuros de ella, encendidos de una anticipación que lo estaba volviendo loco.
—Te dije que Angélica es mi prioridad, Cecilia —le dijo él, con una voz peligrosamente baja, agarrándola repentinamente de la cintura con una mano firme y posesiva. La pegó contra su cuerpo, permitiendo que ella sintiera la rigidez de sus músculos bajo la camisa blanca—. Ella no tiene que saber nada de esto. Nadie tiene que saberlo. Este es nuestro juego, y yo dicto las condiciones.
Cecilia soltó un suspiro ahogado, extasiada por la fuerza y la autoridad con la que él la sostenía. Deslizó sus manos lentamente por los hombros anchos de Víctor, enredando sus dedos en la tela de su camisa, disfrutando de la maravillosa sensación de sumisión que le provocaba su voz de mando. Su exnovio la había juzgado por tener fetiches extraños, por gustarle el juego de roles y el control en la intimidad; pero Víctor, con su madurez y su porte de jefe implacable, era el único hombre capaz de dominarla por completo.
—Entonces dame una orden, señor —le rogó ella en un murmullo ronco, arqueando la espalda sutilmente para acercar sus labios a los de él.
Víctor soltó un gruñido bajo, posesivo, y mandó el autocontrol directo al demonio. La tomó de la nuca con la otra mano, enredando los dedos en su cabello rubio, y la atrajo hacia él con brusquedad, atrapando sus labios en un beso ardiente, profundo y hambriento. Cecilia correspondió con la misma intensidad, abriendo la boca para recibirlo, soltando un gemido que se perdió entre sus labios. El beso no tenía nada de la delicadeza de un romance común; era un reclamo crudo, la liberación de toda la tensión acumulada de una semana de miradas discretas en mitad de las reuniones de negocios.
Sin romper el beso, Víctor la levantó por la cintura con una facilidad pasmosa y la sentó sobre el escritorio de la recepción. Las piernas de Cecilia se abrieron instintivamente para rodear las caderas de él, permitiendo que el vestido de seda se subiera por sus muslos. Las manos de Víctor, grandes y cálidas, viajaron por sus piernas desnudas, apretando la piel con una firmeza que hizo que Cecilia temblara de placer.
—Me estás desquiciando, Cecilia —le murmuró Víctor contra los labios, con la respiración entrecortada—. No tienes idea de las cosas que me imagino haciéndote cada vez que entras a mi despacho a dejarme un maldito papel.
—Muéstramelas... —le pidió ella, con los ojos entreabiertos, completamente obnubilada por el deseo—. No quiero que te guardes nada.
Víctor la miró desde arriba con los ojos oscuros inyectados en una pasión salvaje. Le apartó el cabello de la cara y bajó los labios por su mandíbula, dejando un rastro de besos calientes que descendió por su cuello hasta llegar a la curva de su clavícula. Cecilia echó la cabeza hacia atrás, aferrándose con fuerza a los hombros de su jefe, clavando las uñas en su camisa mientras sentía cómo los labios de él quemaban su piel. En ese despacho a oscuras, bajo el reflejo de los rascacielos de la ciudad, las apariencias se habían desmoronado. Ya no existía el jefe intachable ni la secretaria recatada; solo quedaban un hombre dominante descubriendo su faceta más posesiva y una mujer joven entregada por completo a sus fetiches más profundos, listos para esconderse juntos debajo de las sábanas del secreto.