Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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Contratada
El ambiente en la mansión Monterrey cambió de forma drástica durante la tarde. El triunfo de la reunión matutina se sentía en el aire. Hasta el propio Ernesto caminaba con un paso más ligero, tarareando una melodía suave mientras limpiaba los ventanales de la sala.
A las cuatro de la tarde, el pequeño Jonathan despertó de su siesta de excelente humor. Acostado en la alfombra de la recámara, el niño no dejaba de dar pataditas al aire y de agarrarse los piececitos con ambas manos.
Me conecté a su canal un segundo y no pude evitar sonreír ante la ocurrencia de sus pensamientos. Para Jonathan, el mundo tras la tormenta de ruidos se había vuelto un lugar maravilloso.
*«¡Mis pies son muy suaves!»*, pensaba el bebé con absoluta fascinación, enviando a mi mente la imagen de dos rosquillas de pan esponjoso. *«Hoy la humana venció al monstruo del rugido con su canto de flores. ¡La humana es un superhéroe! Ahora quiero comerme este dedo gordo. Es místico»*.
—No te comas el dedo, Jonathan —le dije riendo, mientras le retiraba suavemente el pie de la boca—. Es para caminar, no para almorzar.
El bebé soltó una carcajada cristalina, ajeno por completo a las decisiones importantes que los adultos estaban a punto de tomar en el piso de abajo.
Un par de toques suaves en la puerta interrumpieron nuestro juego. Ernesto asomó la cabeza con una sonrisa amable.
—Señorita Ariana, el señor Carlos la espera en su despacho principal. Dice que cuando usted guste puede bajar.
—Muchas gracias, Ernesto. Enseguida voy —respondí, sintiendo un cosquilleo de nervios en el estómago.
Dejé a Jonathan seguro en su corralito lleno de juguetes de peluche y bajé las escaleras de mármol. Aunque sabía que había ganado la apuesta de los tres días, la idea de volver a enfrentarme a solas con Carlos en su oficina me ponía en alerta.
Toqué la puerta de madera oscura y escuché su voz grave desde adentro:
—Adelante, Montiel.
Entré al despacho. La luz de la tarde iluminaba el escritorio de cristal donde Carlos estaba sentado. Ya no lucía el traje formal de la mañana; llevaba una camisa blanca de mangas arremangadas y la garganta despejada. Su postura era relajada, sin la tensión ni la rabia defensiva de los primeros días.
—Toma asiento, por favor —dijo, indicándome uno de los elegantes sillones de cuero frente a su escritorio.
Me senté despacio, manteniendo la espalda recta.
Carlos no dio rodeos. Abrió un cajón del escritorio, sacó una chequera y firmó un documento con un bolígrafo elegante de tinta negra. Luego, desprendió el cheque y lo deslizó sobre el cristal hasta mi lado de la mesa.
Eché una mirada rápida a la cifra e instintivamente abrí los ojos de par en par. El monto era casi el triple de lo que solía ganar en un mes entero cuidando a otros niños de la ciudad.
—Ese es el pago por tus tres días de prueba —dijo Carlos, mirándome directamente a los ojos—. Cumplí mi palabra de pagarte una suma considerable si demostrabas resultados. Y la verdad, Montiel, los resultados superaron cualquier expectativa que tuviera.
Apreté el cheque entre mis dedos, sintiendo un alivio gigante.
—Se lo dije desde el primer segundo, señor Monterrey. No invento cosas ni vendo aire.
—Lo sé —admitió Carlos sin dudarlo, lo cual me tomó por sorpresa—. Admito que fui bastante injusto, terco y grosero contigo cuando llegaste a esta casa. Creí que eras una farsante más. Me equivoqué. Tu trabajo con Jonathan en estos tres días ha sido impecable. Salvaste mi reunión de esta mañana y, por primera vez en meses, mi hijo se ve tranquilo y feliz. Tengo que reconocer tu talento.
Un pequeño calor me subió por las mejillas. Escuchar al hombre más orgulloso de la ciudad pedir disculpas indirectas y reconocer mi trabajo valía más que el dinero del cheque.
—Gracias, Carlos. Aprecio mucho sus palabras —dije, regalándole una sonrisa sincera.
—Por esa razón —continuó él, sacando esta vez un documento impreso de varias páginas—, quiero hacer esto oficial. Aquí tengo el contrato definitivo para que seas la niñera exclusiva de Jonathan por el tiempo que desees. El sueldo mensual es el que ves en la cláusula cuatro: es una cantidad espectacular que te asegurará una vida muy cómoda.
Eché un vistazo rápido al documento. La cantidad mensual era increíble. Era una oportunidad de oro para ayudar a mi madre con sus gastos y asegurar mi propio futuro financiero.
Estaba a punto de pedirle un bolígrafo para firmar de inmediato, cuando mis ojos se detuvieron en la cláusula número seis, resaltada en negrita.
La leí dos veces para asegurarme de que no estaba entendiendo mal.
> **Cláusula 6: Modalidad de residencia.** *Debido a la naturaleza del puesto corporativo del empleador y la frecuencia de sus viajes de negocios nacionales e internacionales, el puesto exige la modalidad de niñera de planta. La empleada deberá residir de manera permanente en la propiedad de la familia Monterrey.*
>
Me quedé helada. Levanté la vista del papel y miré a Carlos con el ceño fruncido.
—¿Niñera de planta? ¿Mudarme aquí? —pregunté, sintiendo que la trampa acababa de cerrarse sobre mí.
—Así es —respondió Carlos con naturalidad, cruzando los codos sobre el escritorio—. A partir del próximo mes, tendré que viajar constantemente a varias ciudades por la expansión de la empresa. No puedo estar buscando quién cuide a Jonathan cada vez que me salga un vuelo de emergencia. Necesito a alguien de absoluta confianza que viva bajo este techo las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.
—Pero... señor Monterrey, yo tengo mi vida, mi departamento, mi madre... —protesté, sintiendo que mi libertad se evaporaba en un segundo.
—Tu madre puede venir a visitarte cuando quiera, y tendrás tus días libres correspondientes —interrumpió Carlos, manteniendo una voz lógica y calculadora—. Tendrás una suite privada en el segundo piso con todas las comodidades, acceso libre a las instalaciones de la casa y un vehículo asignado si lo necesitas. Además, el sueldo refleja ese nivel de compromiso.
Me quedé en silencio, mirando el contrato sobre la mesa. La oferta era económicamente perfecta, casi irreal. Sin embargo, vivir bajo el mismo techo que Carlos Monterrey significaba exponerme día y noche a su presencia. Significaba estar a solo unos pasos de su mente compleja, de sus pensamientos profundos y del aura intensa que ese hombre desprendía.
Si ya estando tres días de prueba había escuchado sus secretos más íntimos y había sentido cómo mi corazón se aceleraba con sus miradas, no quería imaginarme lo que pasaría conviviendo con él a diario.
Por un instante, bajé la guardia de mi mente para ver si captaba lo que él estaba pensando sobre esta propuesta. La voz en la cabeza de Carlos resonó clara y limpia:
*«Por favor, acepta»*, decía su pensamiento sincero, sin ningún rastro de manipulación. *«Jonathan te necesita. Yo necesito saber que mi hijo está a salvo cuando no esté aquí. No puedo perderte ahora»*.
Al escuchar la desesperación real de un padre que buscaba proteger a su hijo, toda mi resistencia se desmoronó.
Carlos no me estaba proponiendo esto por controlarme o por capricho. Lo hacía por el bienestar de Jonathan. Y la verdad era que yo también me había encariñado de una forma profunda con ese pequeño bebé de seis meses.
Solté un largo suspiro, tomé el bolígrafo negro sobre el escritorio y miré a Carlos con determinación.
—De acuerdo. Acepto la cláusula de residencia —dije con firmeza—. Pero con una condición.
Carlos levantó una ceja, intrigado.
—¿Cuál condición?
—Quiero garantías de que mi espacio personal en esta casa será respetado. Y quiero que las órdenes sobre el cuidado diario de Jonathan las maneje yo sin interferencias innecesarias cuando usted esté estresado por el trabajo.
Carlos soltó una leve sonrisa de lado, una sonrisa genuina que hizo que sus ojos oscuros se iluminaran de una forma muy atractiva.
—Trato hecho, Montiel —dijo, extendiéndome la mano.
Estiré mi mano y sellamos el acuerdo con un firme apretón. En cuanto mi piel tocó la suya, una pequeña corriente eléctrica recorrió mi brazo, haciéndome soltar su agarre un segundo más rápido de lo normal. Carlos me miró fijamente, notando el gesto, pero no dijo nada.
Firmé las hojas del contrato en la parte inferior de cada página y le entregué el duplicado.
—Bienvenida oficialmente a la familia Monterrey, Ariana —dijo él, usando mi nombre de pila con una calidez que me estremeció el corazón.
Salí del despacho con el cheque en la mano y el contrato firmado en la carpeta. Al subir a la habitación, encontré a Jonathan jugando con sus mantas.
Al verme entrar, el bebé dejó escapar un grito alegre y envió una imagen rápida a mi mente: *«¡Humana mágica se queda! ¡Fiesta de leche para todos!»*.
Reí con ganas y cargué al bebé en brazos, abrazándolo con fuerza. Estaba oficialmente contratada. Tenía el trabajo de mi vida y un futuro brillante por delante. Sin embargo, mientras miraba por la ventana hacia el enorme jardín de la mansión, un escalofrío recorrió mi espalda.
Había aceptado el reto, pero en el fondo sabía que mudarme a esa casa significaba ponerme en el centro de una tormenta de emociones de la que difícilmente saldría ilesa.