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La Cláusula Del Deseo

La Cláusula Del Deseo

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Malentendidos / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: La Chispa de la Vida

Tras la expulsión definitiva y humillante de Cynthia Vance de los terrenos de la propiedad, la paz pareció establecerse finalmente en cada rincón de la mansión Sterling. La maquinaria judicial y financiera que Alexander había puesto en marcha funcionó con una precisión milimétrica: las denuncias por fraude y desviación de fondos acorralaron al tío Roberto y al padre de la modelo, desmantelando la red de corrupción que durante años había amenazado el honor de los Di Marco. Los periódicos financieros abrieron sus portadas con el escándalo, pero en la residencia de la bahía el bullicio exterior apenas era un eco distante.

Alexander cumplió con creces la promesa de redención que le había hecho a su esposa. El hombre frío, distante y autoritario que solo vivía para los números y las reuniones de junta se transformó en un esposo atento, reverente y presente. Redujo sus largas jornadas en los astilleros al mínimo indispensable, delegando la operatividad en sus directores ejecutivos para pasar las tardes en la mansión. Aprendió a compartir el desayuno sin revisar el teléfono, a escuchar las ideas de Ámbar para la fundación benéfica y a buscar la calidez de su mirada en cada pausa del día.

Sin embargo, a pesar de la atmósfera de calma y complicidad que florecía lentamente entre ambos, el destino tenía preparada la verdadera prueba, la revelación más profunda y sagrada que cambiaría sus vidas para siempre.

Ocurrió exactamente una semana después del incidente en el invernadero.

Era una mañana fresca y luminosa de finales de mes. El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de lino de la terraza acristalada que daba hacia los jardines posteriores, bañando la mesa del desayuno con un resplandor dorado. Alexander vestía un traje gris oscuro sin corbata, con la camisa ligeramente abierta en el cuello, mientras leía tranquilamente un informe mientras servía té para Ámbar.

Ámbar vestía un favorecedor vestido de seda de tono verde esmeralda que resaltaba la calidez de su piel de porcelana y acentuaba la voluptuosidad elegante de su figura. Se encontraba sonriendo, a punto de untar una mermelada sobre su tostada, cuando el aroma penetrante del café recién colado que el sirviente colocó sobre la mesa invadió el ambiente.

De pronto, la joven se congeló. El color se le fue del rostro en un segundo. Un mareo repentino y una violenta e incontrolable oleada de náuseas le oprimieron el pecho y la garganta.

Se llevó una mano a la boca, soltó los cubiertos y se puso de pie a toda prisa, abandonando la terraza sin dar una sola explicación y corriendo por el pasillo hacia el baño de visitas del piso inferior.

Alexander, profundamente alarmado por la brusquedad de su reacción, arrojó el informe sobre la mesa y la siguió de inmediato. Sus pasos largos resonaron en el suelo de mármol mientras cruzaba el vestíbulo hasta llegar a la puerta del baño, que había quedado entornada.

Entró justo a tiempo para ver a su esposa arrodillada junto al lavabo, pálida, con los ojos empañados y el cuerpo temblando por el esfuerzo del malestar.

Lejos de mostrar desagrado o frialdad, el poderoso magnate se arrodilló a su lado sobre las baldosas frías sin dudarlo un solo segundo. Con una delicadeza infinita, Alexander usó una mano para apartarle suavemente los gruesos mechones de cabello oscuro del rostro y de la nuca, mientras con la otra mano le acariciaba la espalda con trazos pausados, firmes y reconfortantes, murmullándole palabras dulces al oído hasta que el ataque de náuseas comenzó a ceder.

—Tranquila, mi amor... Respira. Estoy aquí contigo —susurró él con la voz cargada de una ternura que jamás había usado con nadie más.

Ámbar respiró hondo, apoyando la frente contra la mano de Alexander mientras intentaba recuperar el aliento. Estaba débil y avergonzada por la repentina indisposición.

—No sé qué me pasó... —alcanzó a decir ella, con la voz quebrada y la frente perlada por un sudor frío—. Debería ser algo que comí anoche...

—Llamaré al médico de inmediato —sentenció Alexander con la mandíbula apretada por la preocupación, sin estar dispuesto a debatir.

—Alexander, no es necesario, de verdad... es solo un mareo estomacal pasajero —protestó ella débilmente, intentando ponerse de pie por sus propios medios.

Pero él no la dejó. Sin escuchar sus débiles protestas, la levantó en brazos con una facilidad pasmosa, sosteniéndola contra su pecho amplio como si fuera el tesoro más frágil del mundo. Ámbar acomodó la cabeza de forma instintiva en el hueco de su cuello, sintiendo el latido acelerado y ansioso del corazón de su esposo. Alexander cruzó el vestíbulo a pasos firmes y la llevó con cuidado maternal al sofá de terciopelo del salón principal, acomodando varios cojines detrás de su espalda para que estuviera cómoda antes de ordenar al mayordomo que contactara al médico de la familia con carácter de urgencia.

El doctor de la familia llegó una hora después. Era un hombre de cabellos canos, mirada benevolente y modales pausados que había atendido a las generaciones más ilustres de la ciudad. Tras llevar a cabo un examen cuidadoso en la tranquilidad de la suite y enviar una muestra de sangre para una prueba de laboratorio de urgencia con su asistente, el anciano médico salió a la sala de estar principal.

Alexander caminaba en círculos alrededor de la alfombra turca, completamente incapaz de mantenerse sentado. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón, los hombros tensos y la frente arrugada por una ansiedad que ni los negocios más arriesgados le habían provocado jamás.

Al ver salir al médico con su maletín, Alexander se detuvo de golpe en el centro del salón.

—¿Qué tiene, doctor? —disparó el magnate sin tomar aliento—. ¿Es una infección? ¿Es el estrés acumulado por todo lo que ocurrió la semana pasada con las auditorías? Dígame la verdad.

El anciano médico observó la figura imponente del magnate, contenida por la angustia, y dejó escapar una sonrisa cálida y bonachona mientras se ajustaba los lentes sobre la nariz.

—Tranquilícese, señor Sterling —sonrió el médico, haciendo una pausa deliberada para paladear la buena noticia—. Su esposa está perfectamente bien. No hay infección, no hay anemia y no hay de qué preocuparse.

Alexander entornó los ojos grises, confundido.

—¿Entonces por qué esos mareos? Casi no pudo mantenerse en pie esta mañana.

—Porque los mareos y las náuseas son completamente normales en su estado —explicó el médico con voz serena y paternal—. Felicidades, señor Sterling: van a ser padres. Ámbar tiene exactamente seis semanas de gestación. El bebé se encuentra perfectamente implantado y la madre está fuerte y saludable.

El mundo pareció detenerse por completo para Alexander.

Las palabras del médico retumbaron en sus oídos como el eco distante de un trueno en medio de un cielo despejado. El aire se le congeló en los pulmones. El hombre que jamás se había quedado sin respuesta en una negociación, el estratega frío que dominaba los astilleros y las finanzas, se quedó completamente paralizado en mitad del salón, con la mirada fija en el vacío.

Van a ser padres.

Alexander giró la cabeza lentamente hacia el sofá del salón principal. Ámbar permanecía sentada allí, vistiendo su vestido verde esmeralda. Llevaba el cabello suelto cayéndole sobre un hombro y su rostro, aunque algo pálido, resplandecía con una luz suave y nueva. Tenía los ojos oscuros fijos en él, empañados por una mezcla de emoción, temor y expectativa, mientras su mano pequeña se apoyaba de forma instintiva y protectora sobre su vientre, un vientre que aún permanecía plano, pero que albergaba ya la chispa divina de una nueva vida.

En ese instante preciso, una ola abrumadora de recuerdos golpeó la mente de Alexander con la fuerza de un naufragio.

Recordó el día en que leyó el testamento de su abuelo por primera vez. Recordó su rabia, su cínica indignación ante la famosa "cláusula del heredero": aquella condición impuesta en el documento que lo obligaba a casarse con Ámbar y engendrar un hijo para mantener el control total de las acciones de los astilleros Sterling. Recordó cómo había usado esa cláusula como una provocación cruenta, como un arma verbal para humillar a Ámbar en los primeros días de su matrimonio, convenciéndose a sí mismo de que ella no era más que el precio biológico que debía pagar para conservar su imperio.

Qué ciego había sido. Qué miserable e insignificante parecía ahora todo su orgullo.

Aquella condición contractual que al principio le parecía una condena injusta, una trampa de dos ancianos moribundos para someterlo, se transformaba ahora en el regalo más sagrado, preciado y milagroso de toda su existencia. Pero esta vez no había abogados de por medio, ni cláusulas financieras, ni chantajes de acciones. Esta vez no se trataba de negocios. Este hijo era el fruto puro, innegable y hermoso de la pasión verdadera que los había consumado en la penumbra, el lazo indestructible que uniría sus almas para siempre.

—¿Señor Sterling? —preguntó el médico, observando la conmoción del magnate.

Alexander ni siquiera respondió. Sin pronunciar una sola palabra, el magnate echó a andar hacia el sofá. Sus pasos, habitualmente medidos y firmes, eran casi atropellados por la prisa de llegar a ella.

Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, justo frente a donde Ámbar estaba sentada, quedando a la altura de su cintura.

Ámbar lo miró contener el aliento. Vio cómo los ojos grises de su esposo, esos ojos que solían ser de acero frío, se empañaban sin disimulo por lágrimas de una emoción pura y desbordada. Alexander extendió las manos con una temblorosa devoción y colocó sus palmas grandes y cálidas sobre la mano de ella, rodeando juntos la suave redondez de su vientre.

—Un hijo... —susurró Alexander con la voz completamente quebrada, apretando la frente contra las manos unidas de ambos sobre el regazo de la joven—. Vas a darme un hijo, Ámbar...

Ámbar sintió que las lágrimas de felicidad finalmente se le escapaban por las mejillas. Deslizó los dedos de su otra mano entre el denso cabello oscuro de su esposo, acariciándole la nuca con infinita dulzura.

—Un hijo nuestro, Alexander —susurró ella, sonriendo a través del llanto—. El fruto de nuestro amor.

El magnate alzó la mirada, buscando sus ojos oscuros con una devoción tan ciega y ardiente que a la joven se le encogió el corazón de dicha. Se incorporó lo suficiente para acunar el rostro de Ámbar entre sus manos, inclinándose hacia adelante para sellar sus labios en un beso profundo, dulce y desesperado, cargado de todas las promesas de amor, protección y fidelidad que un hombre podía entregarle a la mujer de su vida.

La cláusula del heredero había dejado de existir para siempre; en su lugar, acababa de nacer el hogar que ambos estaban destinados a construir.

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Angelina Cabezas Cid
buu que tonta debería de haberlo hecho sufrir un poco más, por como la trató el día después que tuvieron relaciones
JZulay
Una hermosa historia de redención y amor ❤️

💯 recomendada 😉👌🏼
JZulay
🥰❤️🤗...bello... Ale 😉
Marta Gutierrez
El 18 no esta
Marta Gutierrez
El capítulo 17:se repite 2 veces 🤭
Marta Gutierrez
Esperemos que se de cuenta y se enamore de ella y deje definitivamente a la zorra
Marta Gutierrez
Y yo que le dije que resistiera pero no, no hizo caso y ahí están las consecuencias, el ahora se va con su tabla
Marta Gutierrez
Pero , no lo hizo sufrir ni un poquito
JZulay
muro 🧱 protector 🥰❤️🥰🥰
Marta Gutierrez
Sabido que iba a caer . Que sufra un poco más el esposo así aprende
JZulay
más te vale /Slight/
JZulay
vas a pedir cacao después /Smug//Slight//Proud/
JZulay
/Drool/🔥/Heart/....ahh....no qué, no !!! /Slight//Joyful//Facepalm//Facepalm/
JZulay
Ámbar ....no se lo hagas fácil /Smug/
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Yadis Garay
no caigas ambar
Yadis Garay
esres un estupido alexander no lo perdones amber
Yadis Garay
desgraciada vibora🤭🤭
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