Bajo una lluvia torrencial, la desafortunada Kim Suki tropieza con Jeon Jungkook, un elegante y reservado empresario. Para saldar la deuda médica que él pagó por ella, Suki acepta ser la niñera de su rebelde sobrino de ocho años, llenando de calidez y divertido caos la fría mansión. Entre bromas, miradas robadas y roces inesperados, el amor florece entre dos mundos opuestos. Superando prejuicios y barreras sociales, descubrirán juntos que la mala suerte, a veces, es solo el disfraz del destino perfecto.
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Capitulo 7
La tranquilidad matutina de la mansión Jeon se evaporó al compás del estruendoso taconeo de unas zapatillas de suela roja sobre el suelo de mármol.
Suki, que venía del jardín con las manos cubiertas de tierra y una maceta de albahaca a medio plantar, se detuvo en seco en el vestíbulo. Frente a ella, escoltada por tres maletas de cuero italiano, se encontraba una mujer que parecía haber pisado directamente la pasarela de la Semana de la Moda de París.
Tenía una silueta impecable, un abrigo de alta costura impecablemente entallado y unos labios pintados de un rojo tan perfecto que parecía dibujado con compás.
—¿Sra. Kang? —dijo la mujer, quitándose lentamente sus gafas de sol con un gesto cargado de elegancia refinada—. He vuelto.
—Señorita Min Ah-jung... qué sorpresa —saludó la Sra. Kang, haciendo una reverencia educada pero marcadamente distante.
Ah-jung recorrió el recibidor con la mirada hasta que sus ojos se posaron en Suki. Su ceja perfectamente perfilada se elevó un milímetro. La miró de arriba abajo: la camisa holgada manchada de tierra, los tenis amarillos y el pañuelo torcido en la cabeza.
—Vaya... veo que Jungkook ha cambiado de personal de limpieza —comentó Ah-jung con una sonrisa tibia que no llegaba a sus ojos—. Supongo que eres la chica que limpia el jardín, ¿verdad? Ten cuidado con las flores de la entrada, son importadas.
Suki parpadeó, apretando la maceta de albahaca contra su pecho.
—En realidad, soy...
—Es la niñera residente de Byul, señorita Min —intervino la Sra. Kang con voz neutra—. Kim Suki.
—¿Niñera? —Ah-jung dejó escapar una risita suave y despectiva—. Qué curioso. En mis tiempos en París, las familias de estatus elegían niñeras con credenciales académicas, no chicas que parecen haber salido de un mercado nocturno. En fin... dile a Jungkook que he llegado. cenaremos juntos tonight.
Sin esperar respuesta, Ah-jung caminó hacia el salón principal como si fuera la dueña del lugar. Suki se quedó helada en su sitio, sintiendo un extraño y doloroso pinchazo en el pecho. Por primera vez desde que llegó a la mansión, se sintió dolorosamente fuera de lugar.
Para la noche, Ah-jung había tomado el control total del comedor. Había ordenado traer un banquete francés de un restaurante exclusivo de la ciudad y exigió que la mesa se vistiera con la cristalería de gala.
Jungkook llegó a casa tarde tras un día agotador en la firma. Al entrar al comedor y ver a Ah-jung sentada en la cabecera, frunció el ceño.
—Ah-jung. No me dijiste que volvías de Francia hoy.
—Quería que fuera una sorpresa, Jungkook-ah —dijo ella poniéndose de pie para darle un elegante beso en la mejilla, el cual Jungkook esquivó con sutileza ofreciéndole solo su hombro—. Tu abuela me dijo que has estado trabajando demasiado. Así que preparé esta cena para nosotros... y, por supuesto, invité a tu niñera y a Byul para ser inclusivos.
Byul, sentado a la mesa con una cara de aburrimiento mortal, rodó los ojos. Suki, vestida con su mejor vestido (el que Jungkook le había comprado), se mantenía sentada en postura rígida, sintiéndose como un pez fuera del agua entre tantos cubiertos y copas de cristal.
La cena comenzó y, con ella, el ataque silencioso de Ah-jung.
—Dime, Suki —empezó Ah-jung, cortando un trozo de carne con movimientos quirúrgicos—. Me da mucha curiosidad tu trasfondo. ¿En qué universidad de Seúl estudiaste pedagogía o desarrollo infantil?
Suki casi se atraganta con su agua.
—Ah... yo no fui a la universidad, señorita Min. Estudié en un instituto técnico y he tenido... varios trabajos diversos.
—¿Diversos? —Ah-jung sonrió con falsa inocencia—. ¿Como cuáles?
—Fui pastelera durante cuatro horas, atendí una tienda de conveniencia, fui repartidora de flores... —enumeró Suki con honestidad, aunque sus orejas comenzaban a arder de la vergüenza.
—¡Oh, qué fascinante! Una 'todoterreno' —dijo Ah-jung con tono burlón, mirando a Jungkook—. Es increíble cómo consigues personal tan pintoresco, Jungkook. Aunque, querido, usar el cubierto de pescado para la mantequilla es un error básico que hasta un niño conoce.
Suki miró su mano de inmediato y se dio cuenta de que había tomado el tenedor equivocado. Bajó la cabeza, sintiendo que la cara le quemaba de la humillación.
De pronto, un sonido metálico resonó en la mesa.
Jungkook dejó sus propios cubiertos sobre el plato. Su rostro, habitualmente calmado, lucía serio y helado.
—Suki no es "personal pintoresco", Ah-jung —dijo Jungkook. Su voz era baja, firme y resonó en todo el comedor—. Es la persona más trabajadora, noble y honesta que he conocido. Y en esta casa no nos importa qué tenedor usa alguien para la mantequilla, sino el corazón con el que comparte la mesa.
Suki levantó la mirada de golpe, con los ojos de plato. Jungkook la miró fijamente, ofreciéndole una sonrisa reconfortante y cálida que disipó de inmediato toda su vergüenza.
Byul, aprovechando el momento, soltó con voz fuerte:
—¡Además, Suki cocina el mejor ramién del mundo y tú hueles a perfume de abuela, Ah-jung!
—¡Byul! —reprendió Jungkook suavemente, aunque tuvo que morderse el labio por dentro para no sonreír.
Ah-jung se puso pálida, apretando su copa de vino con fuerza. Tratando de recuperar el control, se giró hacia Jungkook con una sonrisa coqueta.
—En fin... cambiando de tema, Jungkook. Reservé una mesa en el bar *L’Étoile* en el centro. Solo para los dos. Como en los viejos tiempos. El auto nos espera afuera. Vamos, cámbiate.
Jungkook miró a Ah-jung. Luego miró a Suki, quien bajaba la mirada intentando parecer indiferente, y a Byul, que lo miraba con ojos suplicantes.
—Lo siento, Ah-jung —respondió Jungkook con total serenidad, poniéndose de pie—. Tengo un compromiso previo e inamovible esta noche.
—¿Un compromiso? —Ah-jung parpadeó confundida—. ¿De qué hablas? No tienes nada en tu agenda.
—Tengo un proyecto arquitectónico de alta prioridad en la sala —declaró Jungkook.
Veinte minutos después, la limusina de Ah-jung se alejaba de la mansión con la diseñadora echando chispas de rabia.
Mientras tanto, en el centro de la elegante y fría sala de estar de la mansión Jeon, se estaba llevando a cabo una obra maestra de la construcción.
—¡Necesitamos más cojines en el flanco este! —ordenaba Byul con un gorro de papel en la cabeza.
Jungkook, en mangas de camisa y despeinado, estaba arrodillado en el suelo atando las esquinas de tres cobijas gigantes de plumas a las sillas del comedor para crear el techo de una fortaleza de mantas colosal.
—Suki, pásame la manta roja —pidió Jungkook desde dentro de la estructura.
Suki se agachó y le entregó la cobija. Al hacerlo, sus manos se tocaron en la penumbra de la fortaleza de mantas. Suki lo miró a los ojos, sintiendo un nudo en la garganta.
—Sr. Jeon... gracias por lo de la cena —susurró Suki con voz dulce—. No tenía que defenderne así frente a la señorita Min. Ella es muy elegante y... bueno, yo soy solo yo.
Jungkook se detuvo. En la penumbra de la fortaleza de cobijas, sus ojos oscuros brillaron con una intensidad que dejó a Suki sin aliento. Se acercó un poco más a ella, hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros.
—Nunca vuelvas a decir "solo yo", Kim Suki —dijo Jungkook en un susurro profundo y aterciopelado—. Para mí, y para Byul, tú vales mil veces más que todo el protocolo y la elegancia del mundo. No cambiaría una sola noche aquí contigo por mil cenas en París.
El corazón de Suki dio un vuelco tan violento que temió que él pudiera escucharlo. Las mejillas le ardían, pero no apartó la mirada.
—¡Oigan! ¡El techo se cae! —gritó Byul irrumpiendo dentro de la fortaleza con tres linternas.
El momento se rompió, pero la calidez permaneció.
Diez minutos después, los tres estaban acostados adentro de la gigantesca fortaleza de mantas, iluminados solo por las luces suaves de las linternas. Comían palomitas de maíz directamente del tazón mientras Byul contaba historias de terror que no asustaban a nadie.
Suki miró a su derecha. Byul se había quedado dormido abrazado a su peluche de dinosaurio. A su izquierda, Jungkook la observaba en silencio, recostado sobre su brazo, con una sonrisa de absoluta paz en el rostro.
Jungkook extendió su mano por debajo de la cobija y buscó la de Suki, entrelazando sus dedos con suavidad. Suki no se alejó; en su lugar, apretó su mano con ternura.
Ah-jung podía tener todo el lujo del mundo, pero dentro de esa boba fortaleza de mantas y cojines, Suki supo que había encontrado el lugar más valioso del universo: el corazón de Jeon Jungkook.