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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: Fuego en la Oscuridad

La medianoche había sepultado a la Mansión Blackwood bajo un manto de silencio absoluto, pero era una quietud diferente a la de los meses anteriores. Ya no era el vacío sepulcral de un cementerio; ahora, la casa parecía contener el aliento, cargada de una expectación invisible que latía en los pasillos desde que la luz del sol y el aroma de Caitlyn habían reclamado los pisos superiores. Afuera, el viento del verano soplaba con una fuerza templada, haciendo crujir las ramas de los robles centenarios contra los altos ventanales de piedra.

En el primer piso del ala oeste, la biblioteca permanecía sumergida en una penumbra rota únicamente por el resplandor agónico de los leños en el hogar. Alexander Blackwood no dormía. Las noches eran sus peores enemigas, el espacio donde la culpa por el pasado y los fantasmas de sus propias decisiones lo acechaban con mayor ferocidad. Sentado en su inmenso sillón de cuero gastado, con una botella de cristal tallado a medio vaciar sobre la mesa auxiliar, sostenía un vaso de plata entre sus dedos largos y nudosos. Su cabello castaño claro estaba completamente desordenado, y la barba espesa le daba un aire salvaje a su perfil aristocrático.

De repente, un destello suave comenzó a avanzar por el pasillo exterior, filtrándose por la rendija de la puerta entreabierta. El crujido rítmico y pausado de unas botas de cuero fino anunció una presencia que él ya reconocía sin necesidad de levantar la vista.

Caitlyn entró a la biblioteca. No llevaba una bandeja de comida esta vez, ni las sábanas de la bebé. En su mano derecha sostenía un candelabro de bronce de tres brazos, cuyas gruesas velas de cera de abejas derramaban una luz dorada, parpadeante y cálida que de inmediato recortó su silueta con una nitidez deslumbrante. Vestía un camisón de algodón blanco y pesado, cubierto por una bata de terciopelo de un azul nocturno profundo que se ceñía a su cintura con un cordón de seda.

El atuendo, aunque casto, no hacía más que resaltar con orgullo las formas rotundas y voluptuosas de su anatomía curvy. El busto pleno empujaba la tela con firmeza, sus caderas anchas y seguras se dibujaban con elegancia bajo los pliegues del terciopelo y sus hombros redondeados sostenían la cascada de sus rizos oscuros, que caían libres y rebeldes por su espalda. Su rostro, iluminado desde abajo por el fuego de las velas, desbordaba esa vitalidad indomable que Alexander tanto intentaba repeler.

—¿Es que no existe una sola hora del día en la que decidas dejarme en paz, mujer? —rugió Alexander, y su voz áspera, quebrado por el alcohol y el desuso, raspó el silencio de la habitación como un metal oxidado.

Caitlyn dejó el candelabro sobre el gran escritorio de caoba maciza, justo al lado de las montañas de papeles desordenados que él ignoraba. El aroma frutal y dulce de su piel, esa mezcla embriagadora de manzanas frescas y vainilla, invadió de inmediato el espacio cerrado, batiéndose en duelo contra el olor a humo y amargura que dominaba el lugar.

—Vine a buscar un libro para leerle a Diana mañana, señor Alexander —respondió ella con una voz redonda, melódica y carente de cualquier sumisión—. Y también vine a ver si el dueño de esta casa seguía intentando ahogarse en un vaso de plata o si finalmente había decidido comportarse como un hombre.

Alexander dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que hizo tambalear la botella. Se puso de pie de un solo movimiento, con una brusquedad que delataba la tensión acumulada en sus músculos. Su estatura colosal y su contextura física, imponente pero descuidada, parecieron llenar la biblioteca por completo. Vestía una camisa oscura con los cordones del cuello sueltos y los pantalones manchados de ceniza, pero su presencia seguía derrochando la majestad peligrosa de un animal herido.

Avanzó hacia ella con pasos largos, deteniéndose a escasos centímetros de su cuerpo. Intentó usar toda su envergadura física para amedrentarla, inclinándose hacia delante de una manera tosca y amenazante, buscando que ella diera un paso atrás por puro instinto de supervivencia, tal como hacían los demás criados.

—Estás cruzando una línea muy peligrosa, Caitlyn —siseó él, y sus ojos azul grisáceo, inyectados en sangre y enmarcados por ojeras profundas, destellaron con una furia salvaje a la luz parpadeante de las velas—. Te crees muy valiente porque cuidas a una niña indefensa, pero no tienes idea de lo que soy capaz cuando me provocan. No tientes a mi paciencia. Puedo hacer que tu vida en este castillo sea un verdadero infierno.

Caitlyn no retrocedió ni un milímetro. Mantuvo sus botas de cuero firmes sobre la alfombra persa, sosteniendo la postura con una seguridad imponente. Cruzó los brazos bajo su busto, acentuando la redondez de sus formas generosas, y levantó la barbilla para mirarlo directamente a los ojos. La distancia entre ambos era tan corta que el calor que emanaba del pecho tenso de Alexander envolvía la piel de ella, y la respiración agitada de él agitaba los rizos oscuros que le caían sobre la frente.

—Usted no puede asustarme, Alexander —replicó ella en un susurro nítido y valiente, sosteniendo su mirada con una fijeza magnética—. Ya conozco el infierno que ha construido aquí dentro, y déjeme decirle que es bastante patético. Intenta rugir como una bestia para ocultar que tiene miedo. Miedo de subir las escaleras, miedo de mirar a su propia hija y miedo de admitir que la vida sigue afuera de esta habitación cerrada.

La audacia de sus palabras golpeó el orgullo del aristócrata con la fuerza de un latigazo. Alexander apretó los dientes, y la línea de su mandíbula, cubierta por la barba castaña, se tensó al límite. Su mano grande, de dedos largos y fuertes, se elevó por un instante como si fuera a apartarla con rudeza, pero se detuvo en el aire, a escasos milímetros del hombro de ella, temblando por una vibración interna que no pudo controlar.

En ese preciso instante, bajo la danza caprichosa de las luces del candelabro, la atmósfera de la biblioteca sufrió una mutación violenta y repentina.

La furia y el reproche comenzaron a derretirse, dando paso a una tensión completamente nueva, desconocida y abrumadora para ambos. Las miradas se cruzaron con una fijeza eléctrica. Alexander ya no veía en ella a una molesta intrusa del servicio; sus ojos claros recorrieron con una lentitud nítida las facciones carnosas de sus labios rosados, la curva sensual de su cuello tostado y el relieve imponente de sus pechos que subían y bajaban al ritmo de su respiración decidida. El perfume de vainilla de Caitlyn pareció embriagarlo más que cualquier trago de la botella, despertando sentidos que él creía sepultados bajo la culpa.

Caitlyn, por su parte, sintió que un calor extraño y profundo nacía en su vientre y se extendía por sus curvas generosas. El "príncipe azul" de su infancia ya no estaba allí, pero el hombre tosco, salvaje y atormentado que la acorralaba contra el escritorio despertaba en ella una fascinación que la hizo contener el aliento. El brillo azul de las pupilas de Alexander ya no solo reflejaba dolor; reflejaba un hambre oscura y una necesidad desesperada de anclarse a la vida que ella desbordaba.

Ninguno de los dos habló. El silencio se volvió tan denso que solo se escuchaba el crepitar de la madera en la chimenea y el latido acelerado de sus propios pezones bajo la tela del camisón. La Bestia y el torbellino se estudiaron en la penumbra, atados por un lazo invisible de deseo y redención que acababa de encenderse entre las sombras del castillo, transformando la confrontación en el primer y peligroso preludio de una pasión inevitable.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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