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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 20: LA ETERNIDAD EMPIEZA HOY

La brisa de la madrugada en los picos más altos del Castillo de Sombras traía consigo el perfume a pino silvestre, a tierra húmeda tras la tormenta y al frío característico del invierno eterno de las montañas. Desde el balcón privado de los aposentos reales, tallado directamente sobre la cornisa de obsidiana que se proyectaba hacia el abismo, el Reino de las Sombras no parecía un dominio de monstruos o leyendas olvidadas. Parecía un imperio de luz plateada, donde los tejados de las ciudadelas relucían bajo la luna llena y las antorchas de las torres trazaban mapas de fuego sobre la oscuridad.

​Sin embargo, para Alistair Vance, el espectáculo más hipnótico no estaba en las luces del valle ni en la vastedad del imperio que había gobernado en solitario durante más de trescientos años.

​Estaba a solo unos centímetros de él.

​Elena apoyaba las manos en la balaustrada de piedra pulida, respirando el aire puro de la noche. La Corona de las Sombras aún descansaba sobre su oscura cabellera, atrapando los destellos lunares en sus espinas de plata y en el corazón rojo de su rubí. El vestido de terciopelo y bordados de oro, ajustado a sus curvas con esa majestuosidad intrépida que había dejado sin aliento a la aristocracia horas atrás, se ceñía a su silueta mientras el viento jugaba suavemente con la pesada caida de la tela carmesí y negra.

​Alistair se aproximó desde la penumbra de los aposentos con la elegancia silenciosa de un predador ancestral. Se detuvo justo detrás de ella. Su presencia, imponente y helada para cualquier otro ser vivo, desprendía un aura de calidez contenida al contacto con la atmósfera de Elena. Desplazó la capa ceremonial de sus hombros, dejándola caer al suelo del balcón sin importarle el valor del tejido antiguo, y envolvió la cintura de Elena con sus brazos de musculatura esculpida.

​Elena soltó un suspiro suave, apoyando la espalda contra el pecho amplio de su Rey. Sintió la firmeza de su torso, el latido paulatino de la vida eterna que los conectaba y la presión deliciosa de sus manos ajustándose al contorno de sus caderas.

​—La corte finalmente se ha retirado —murmuró Elena, inclinando la cabeza hacia atrás para descansar sobre el hombro de Alistair—. Los lores bebieron hasta el amanecer, las Casas Olvidadas firmaron sus juramentos y el Gran Consejo se inclinó. Pensé que el protocolo no terminaría jamás.

​Alistair deslizó la nariz por el cuello de Elena, inhalando profundamente el aroma embriagador de su piel: una mezcla adictiva de rosas silvestres, mirra y esa nota inconfundible de sangre pura que lo había atormentado y fascinado a la vez desde el primer instante. Sus labios rasparon la curva sensible debajo de su oreja, provocando que un escalofrío recorriera la columna de la soberana.

​—El protocolo ha cumplido su propósito, mi Reina —susurró él, con una voz rasposa, grave y vibrante que resonó directamente en el pecho de Elena—. Le ha demostrado al mundo a quién pertenece este imperio. Y, lo que es más importante, le ha recordado a cada sombra de este castillo a quién pertenezco yo.

​Elena sonrió, girando levemente el rostro para cruzar su mirada expresiva con los ojos del soberano. Esos ojos de un carmesí hambriento y profundo, antes temidos como la mismísima sentencia de muerte en todo el continente, la contemplaban ahora con una devoción casi reverencial.

​—¿El soberano absoluto del Reino de las Sombras... pertenece a alguien? —tejió ella con tono divertido y provocador, rozando la barbilla de Alistair con la yema de sus dedos suavemente sombreados por la luz de la luna.

​—A ti —respondió él sin un segundo de vacilación. Su tono perdió todo rastro de broma, volviéndose denso, pesado y cargado de una sinceridad aplastante—. Desde hace veintidós años. Desde el primer segundo en que el pulso de tu corazón resonó en mi mente mientras dormías en el vientre de tu madre, supe que mi soberanía no era más que una espera. Mi alma estuvo desierta durante tres siglos, Elena. Acumulé poder, guerras y coronas solo para construir un imperio digno del día en que finalmente te tuviera en mis brazos.

​Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. La revelación de su vínculo como tuo cantante, la certeza de que el hombre más peligroso de la noche la había guardado y protegido en secreto desde las sombras antes de que ella tuviera conciencia del mundo, ya no le provocaba temor. Ahora solo encendía un fuego abrasador en sus entrañas.

​—Jamás imaginé que la libertad se sentiría así —admitió Elena, girándose por completo dentro del abrazo de Alistair para apoyar las manos en el pecho bordado de la túnica del rey—. Pensé que ingresar a tu mundo significaría quedar atrapada en reglas góticas, en la frialdad de la aristocracia y en el molde de las reinas pálidas que jamás hablaron. Pero contigo... me siento más fuerte, más viva y más yo misma de lo que jamás fui en el mundo mortal.

​Alistair bajó la mirada hacia las curvas deslumbrantes que el corsé de terciopelo acentuaba con descarada elegancia. Sus manos descendieron desde la cintura hasta la prominencia de sus caderas, presionándola con firmeza contra su cuerpo, acortando cualquier distancia física hasta que no quedó aire entre los dos.

​—Tú no viniste a encajar en nuestro mundo, Elena —dijo él, inclinándose hasta que sus labios rozaron los de ella al hablar—. Viniste a incendiarlo. A enseñarnos que la fuerza no está en la frialdad ni en la muerte, sino en la pasión inquebrantable de la sangre que late con propósito.

​Él alzó una mano y, con delicadeza absoluta, retiró la Corona de las Sombras de la cabeza de Elena, dejándola descansar en una mesa de piedra adyacente. Los cabellos oscuros y ondulados de la reina cayeron libres sobre sus hombros, ondeando suavemente con la brisa nocturna.

​—Ahora que los lores se han ido y las puertas de bronce del salón están selladas... —continuó Alistair, aprisionando el rostro de Elena entre sus manos largas y de nudillos marcados—, la corona puede esperar. La corte puede esperar. La historia misma puede esperar. Esta noche solo existimos tú, yo y la eternidad que nos prometimos.

​Elena ahogó un pequeño jadeo cuando Alistair la levantó en vilo con una facilidad pasmosa, sentándola sobre la balaustrada de piedra del balcón, a espaldas del abismo del imperio. La altura era vertiginosa, pero en los brazos de Alistair, Elena no conocía el miedo. Abrió las piernas instintivamente para acoger el cuerpo del rey entre ellas, permitiendo que las pesadas faldas de terciopelo se abrieran sobre la piedra, revelando la calidez de sus muslos contra la túnica de gala de él.

​—Eres despiadado, Alistair Vance —susurró ella, enredando los dedos en el cabello plateado y oscuro del soberano, tirando suavemente de él para obligarlo a mirarla.

​—Solo contigo, mi pequeña tentación —murmuró él, con una sonrisa voraz curvándose en sus labios impecables.

​Alistair no esperó más. Se inclinó y capturó los labios carnosos de Elena en un beso devastador.

​No fue un beso regio ni contenido. Fue una explosión de todo el deseo, la posesión y la necesidad contenida durante décadas. Las lenguas se encontraron en una danza salvaje y ardiente, saboreando el matiz residual de la sangre ceremonial y la dulzura abrasadora de su conexión. Alistair gruñó contra la boca de Elena, aferrándose a sus caderas con una fuerza que habría lastimado a cualquiera, pero que en Elena solo despertaba una ola de placer e intensidad inacabable.

​Elena correspondió al beso con la misma ferocidad. Tiró del cuello de la túnica de Alistair, atrayéndolo aún más hacia el calor de su cuerpo, sintiendo cómo el soberano helado de la noche se quemaba vivo bajo el toque de sus manos. Cada caricia, cada gemido sofocado que se perdía en la inmensidad de la noche del valle, era una declaración de conquista mutua.

​Cuando Alistair separó apenas sus labios para bajar por la mandíbula de Elena, su respiración era un azote cálido contra la piel de la reina. Sus colmillos, ligeramente extendidos por el frenesí de la atracción, rozaron la yugular de Elena sin atravesarla, una caricia de peligro constante que le erizó la piel.

​—Dime que eres mía, Elena —exigió Alistair en un susurro bajo, posesivo, que hizo retumbar la piedra bajo sus pies—. Dímelo antes de que te tome aquí mismo, bajo las estrellas de mi imperio.

​Elena echó la cabeza hacia atrás, dejando expuesta la blancura de su cuello al viento de la madrugada, mientras sus manos delineaban la espalda poderosa del Rey Vampiro.

​—Soy tuya, Alistair —proclamó con voz clara, ebria de deseo y certeza absoluta—. Tu soberana, tu tuo cantante, tu igual. Hoy, mañana y hasta que la última estrella de este cielo se apague.

​Alistair soltó una carcajada oscura y llena de triunfo, un sonido hermoso y peligroso que resonó en el abismo del balcón. Volvió a sellar sus labios con los de ella en un beso definitivo, profundo y cargado de una promesa eterna.

​Allí, en lo alto del Gran Trono de Sombras, suspendidos entre el abismo del reino y la inmensidad del firmamento nocturno, el soberano absoluto y su reina de oro y terciopelo cerraron el capítulo de su pasado. El imperio se extendía ante ellos, silente y sometido, pero dentro del abrazo abrasador de sus cuerpos, el fuego de la eternidad apenas comenzaba a arder.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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