Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 9
El silencio que se apoderó de la plataforma de aterrizaje era tan denso que resultaba casi asfixiante. Alistair, cuyos ojos alternaban frenéticamente entre el tierno muchacho de orejas pomposas y la tableta digital que acababa de recoger del suelo, sintió que un sudor frío le recorría la nuca. Como canciller principal, conocía de memoria los perfiles de todas las candidatas, y la joven Kala del planeta de las bestias era una alfa imponente, no este pequeño y dulce felino que parecía haber salido de un cuento de hadas. Sabiendo perfectamente que un error de tal magnitud podía costarle la cabeza a toda la tripulación, Alistair se tragó el nudo de la garganta y, con un evidente nerviosismo que jamás mostraba en público, se acercó al soberano.
—Z-Zarek… —susurró Alistair con la voz ligeramente temblorosa, dando un paso al frente para interponerse sutilmente—. Tenemos un problema de proporciones galácticas. Él… él no es el candidato que el consejo había elegido. Ha habido un error catastrófico en el transporte.
Antes de que el emperador pudiera procesar las palabras de su amigo o desatar su furia por la incompetencia de sus subordinados, el canciller despistado de la tripulación avanzó por la rampa. Completamente ajeno a la tensión y con una sonrisa de orgullo por haber cumplido su misión, guió con suavidad a Nesta hacia el frente.
—Su Majestad —anunció el funcionario con una pomposa reverencia—. Tengo el honor de presentar ante usted al hijo del líder del clan del planeta de las bestias.
Zarek no desvió la mirada ni un solo milímetro. Sus gélidos ojos grises, capaces de infundir el pánico en ejércitos enteros, se clavaron en la menuda figura del gamma. Lo escaneó con una frialdad implacable, detallando sus ropas holgadas, la criatura esponjosa que cargaba y la forma sutil en que su colita felina daba pequeños espasmos de curiosidad en el suelo. Cualquiera bajo esa mirada ya se habría arrodillado suplicando clemencia, pero Nesta no conocía el miedo, solo la amabilidad con la que siempre lo habían tratado.
Al ver al imponente hombre de uniforme negro y capa elegante, el pequeño gamma sonrió de par en par. Sus orejas pomposas se alzaron con alegría y, con una naturalidad que rayaba en la inconsciencia, dio un par de pasos rápidos hacia el emperador. Sin pedir permiso y rompiendo todas las leyes de etiqueta del imperio, Nesta estiró sus manitas libres y tomó con total confianza las manos enguantadas de Zarek, sacudiéndolas con suavidad a modo de saludo. Para la mente infantil y mimada de Nesta, este soberano de rostro serio era simplemente un nuevo amigo que conocería, alguien igual de bueno que los amables soldados que le habían servido la leche caliente.
En ese instante, todos los presentes contuvieron el aliento al unísono. Los guardias imperiales de la plataforma cerraron los ojos, esperando el momento en que el emperador apartara de un golpe al osado intruso o diera la orden de ejecutarlo por semejante falta de respeto. Nadie en todo el cosmos trataba de manera tan informal al emperador Astris y salía ileso para contarlo. Alistair sentía que el corazón se le salía del pecho.
A pesar de las expectativas de todos, el milagro ocurrió. Zarek se quedó estático, sintiendo el calor de las pequeñas y suaves manos del gamma sobre las suyas. Una extraña e inexplicable calidez ajena al metal de su mundo pareció filtrarse a través de sus guantes. El emperador no dijo nada, no frunció el ceño y, ante el asombro absoluto de su amigo, aceptó el gesto, permitiendo que Nesta mantuviera el agarre.
Fue entonces cuando Nesta, ajeno por completo al drama político que se desarrollaba sobre su cabeza, soltó una de las manos del emperador y se puso de puntillas. Estiró su pequeño cuello hacia arriba, logrando que sus pomposas orejas felinas rozaran levemente la mejilla de Zarek, y le dijo al oído con un tierno y apurado susurro:
—Oye… es que ya no aguanto. ¿Me llevas al baño, por favor? El viaje fue muy largo y tomé mucha leche.
El susurro, aunque destinado a ser un secreto, fue perfectamente escuchado por Alistair y los guardias más cercanos debido al silencio sepulcral del lugar. La petición fue tan imprevista, tan mundana e infantil en medio de una recepción imperial, que rompió por completo la coraza de hielo del monarca.
Una fracción de segundo después, un sonido inaudito resonó en todo el puerto espacial. Zarek, el implacable y gélido emperador de Astris, echó la cabeza hacia atrás y soltó una genuina y sonora carcajada. Era una risa profunda, limpia y llena de diversión real, algo que nadie en ese planeta —ni siquiera Alistair en sus años de juventud— había escuchado jamás. Los ministros que observaban desde las pantallas internas y los soldados de la guardia se quedaron completamente estupefactos, presenciando un milagro que solo la pureza de Nesta había sido capaz de provocar.
—Está bien, pequeño —dijo Zarek, su rostro reflejando una suavidad que jamás pensó poseer mientras miraba al gamma—. Te llevaré yo mismo.
Sin esperar a que el protocolo diera una orden, Nesta asintió feliz y tomó con firmeza la mano de Zarek con su manita derecha, mientras que con la izquierda acomodaba a su pequeña mascota contra su pecho. Con total naturalidad, el tierno gamma comenzó a caminar hacia el interior del palacio, arrastrando prácticamente al hombre más poderoso de la galaxia, quien lo acompañaba con paso pausado y una sutil sonrisa en los labios.
Mientras tanto, en la plataforma de aterrizaje, Alistair permanecía completamente inmóvil, con la boca abierta y la tableta digital vibrando en su mano, tratando de procesar la cadena de locuras que acababa de presenciar. No solo el joven no era la fuerte candidata elegida, sino que, en menos de cinco minutos, un pequeño gamma felino y dependiente había logrado derretir el imperio más frío del cosmos con un simple puchero y una petición de baño.