Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo XXIII Nuevas pistas
Durante los días siguientes, Ester se dedicó por completo a reunir las pruebas que liberarían a su familia de la falsa acusación de Vincet. Necesitaba cerrar todos esos capítulos del pasado, limpiar definitivamente el nombre de los Villaseñor e irse lejos de aquel infierno junto a su hijo.
Se encontraba en su oficina sumida en sus pensamientos frente a un mar de carpetas, cuando su asistente anunció la llegada de su hermano.
—Déjalo pasar —respondió Ester sin alzar la mirada del escritorio.
Ismael cruzó el umbral y contempló la imponente oficina. En su rostro se reflejaba el orgullo de ver todo lo que su hermana había logrado de forma independiente, sin necesitar el apellido Villaseñor ni su ayuda.
—Por favor, toma asiento —indicó Ester, señalando la silla frente a ella con un gesto sereno.
—Gracias por recibirme. Creo que era muy necesario que nos sentáramos a hablar —dijo Ismael con tono amable mientras se acomodaba.
—Así es. Hay demasiados cabos sueltos en el asunto de los Vane y es hora de empezar a unirlos —respondió Ester, manteniendo una distancia profesional.
—Lo sé. A mí también me urge aclarar las cosas; no soporto que me sigas mirando como si fuera un criminal cuando en realidad no lo soy.
Ester entrelazó sus manos sobre el escritorio y fijó la vista en él.
—Vincet Vane asegura firmemente que fuiste tú quien causó el accidente donde murió su esposa. ¿Por qué sostendría una acusación tan grave si no hubiera algo detrás? Tenemos que hacer una reconstrucción minuciosa de los hechos.
A lo largo de las horas siguientes, Ester e Ismael repasaron cronológicamente cada detalle de aquellos días fatídicos. Ismael insistía con firmeza en que jamás había estado involucrado en un choque automovilístico ni había presenciado alguno, pues en esa época la prioridad absoluta de la familia era la grave enfermedad de su madre y el cuidado de Ester.
—Aquí hay un dato que pasamos por alto —señaló Ester, deslizando un informe financiero por la mesa—. En aquel tiempo, nuestro padre y el padre de Vincet mantenían una negociación crucial. Un acuerdo que amenazaba con consolidar el monopolio de las empresas Vane en el mercado.
Ismael frunció el ceño, observando las cifras.
—¿Pero qué tiene que ver un trato comercial con un accidente de tránsito?
—Aún no lo sé con certeza, pero sé que todo se conecta —explicó Ester con mirada perspicaz—. A alguien no le convenía esa fusión.
—¿Crees que alguien dentro de la propia familia Vane planeó todo esto? —preguntó Ismael, confundido.
—Es la hipótesis más sólida. A nosotros no nos hacía falta esa sociedad; eran los Vane quienes estaban en pleno ascenso. Alguien tenía un interés oculto muy grande para querer destruir a nuestra familia y culparnos de una tragedia.
Ismael guardó silencio unos segundos antes de sugerir:
—Deberíamos sentarnos a hablar directamente con Vincet. Siento que él es la pieza faltante en todo este rompecabezas.
—Sabes bien que él no piensa de manera racional cuando se trata de nosotros —contestó Ester con amargura—. Está completamente convencido de que tú le quitaste a la mujer que amaba y que nuestro padre te encubrió.
—También sé lo que realmente siente por ti... y estoy seguro de que a ti sí te escuchará —confesó Ismael mirándola a los ojos.
—Él no siente nada más que desprecio por mí, y me lo ha dejado claro en cada oportunidad —afirmó Ester con un halo de pesar en la voz—. Sin embargo, lo citaré. Necesito confrontarlo con estas pruebas.
Ismael prefirió no insistir. No quería alimentar falsas esperanzas en el corazón de su hermana, aunque la memoria de Vincet aún estaba grabada a fuego en su mente: recordaba perfectamente la imagen de desesperación del magnate cuando creyó que Ester había muerto, y la devastación de verlo de rodillas frente al acantilado mientras la camioneta ardía en el fondo del barranco.
Ismael se puso de pie y se marchó de la oficina. Sabía perfectamente que Vincet no soportaba su presencia y que, si su hermana decidía citarlo, lo más conveniente era que ellos dos hablaran a solas, frente a frente.
Por su parte, Ester se quedó sola, debatida entre llamar a Vincet inmediatamente o seguir buscando por su cuenta las evidencias que probaran la inocencia de su hermano.
—¿Qué hago ahora? —susurró para sí misma, contemplando el ventanal.
Decidió continuar con la investigación. Consideró que lo más sensato era mantener distancia de Vincet el mayor tiempo posible, por lo que comenzó a recoger sus documentos y se preparó para salir de la empresa. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta, su asistente se acercó para comunicarle que Vincet Vane se encontraba en la recepción exigiendo hablar con ella, asegurando que no se iría hasta ser atendido.
¿Era casualidad o simple capricho del destino? La oportunidad de confrontar al padre de su hijo había llegado sin que ella tuviera que buscarla.
—Está bien... dile que pase —ordenó respirando hondo.
Ester volvió a tomar asiento tras su escritorio, luchando por contener los nervios que, inevitablemente, se despertaban en su interior ante la cercanía de aquel hombre. Segundos después, las puertas dobles se abrieron de par en par, dejando ver la imponente y sobria figura del empresario más frío y firme que jamás había conocido.
—Señor Vane, ¿cuál es el motivo de su presencia en mi empresa? —preguntó Ester con un temple intachable, clavando la mirada en él.
—Directo al grano. Imagino que debe estar muy ocupada —comentó Vincet con voz grave, observándola fijamente mientras daba un par de pasos hacia el centro de la oficina.
En ese preciso instante, la melodía del teléfono de Ester rompió la tensión del ambiente. En la pantalla de cristal se vislumbró de forma clara un apodo muy peculiar: Mi príncipe. Ester contestó la llamada de inmediato, sabiendo que su hijo solo solía marcar a su número personal si se trataba de algo verdaderamente importante.
—¿Estás bien, mi amor? —preguntó con dulzura natural, olvidando por un segundo la presencia de su visitante.
Se produjo un breve silencio al otro lado de la línea mientras el pequeño le explicaba al teléfono su inquietud.
—Sí, lo entiendo —continuó Ester con voz melodiosa y protectora—. Solo no me esperes despierto, mi vida. Llegaré un poco tarde, pero te prometo que mañana te lo recompensaré... Yo también te amo mucho. Ve a descansar, mi amor.
Ester cortó la llamada y, al levantar la vista, cayó en la cuenta de que Vincet la había estado escuchando con absoluta atención. El rostro del magnate se había ensombrecido por completo.
—Lamento arruinar sus planes de la noche —soltó Vincet, dejando entrever en su tono una furia contenida que amenazaba con desbordarse.
—No se preocupe, señor Vane. De todas maneras no pensaba llegar temprano a casa —respondió Ester con absoluta indiferencia, ignorando el ataque injustificado de celos.
—¿Entonces hay alguien más en su vida? —inquirió él, cruzándose de brazos y apretando la mandíbula con dureza.
—Mi vida personal no es de su incumbencia, señor Vane —cortó Ester de manera tajante, sosteniéndole la mirada—. Ahora, dígame de una vez qué lo trae por aquí.
Vincet se quedó en silencio sopesando lo que acababa de pasar, ya no tenía ninguna oportunidad de reconquistar a Ester, pues en su vida había alguien más.
Al final supieron renacer como pareja
Dale con todo por idiota