“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
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CAPÍTULO 11
—Isabella
Una semana.
Eso fue lo que tuve que soportar en silencio.
Una semana viendo pasar los días mientras esperaba que mi familia regresara.
Una semana fingiendo que todo estaba bien.
Pero sabía que el momento más difícil todavía no llegaba.
Porque mi familia volvería.
Y yo tendría que mirarlos a los ojos.
Tendría que sonreír.
Tendría que actuar como Isabella de siempre.
Aunque por dentro nada se sintiera igual.
Ese día la casa volvió a llenarse de vida.
Escuché el sonido de un auto entrando al lugar.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Sabía que eran ellos.
Después de una semana, mi familia estaba de vuelta.
Me acerqué a la ventana.
Ahí estaban.
Mi mamá.
Mi papá.
Mi hermano Matías Fernando.
Y Adriella, bajando del auto con su muñeca en brazos y una enorme sonrisa.
Por un momento sentí ganas de correr hacia ellos.
De abrazarlos.
De decirles todo.
Pero me quedé quieta.
Porque no podía permitir que vieran cuánto había cambiado.
La puerta se abrió.
—¡Isabella!
La voz de mi mamá hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas.
Ella caminó hacia mí y me abrazó fuerte.
Ese abrazo me recordó todo lo que había perdido durante esos días.
La seguridad.
La tranquilidad.
La sensación de estar protegida.
—Te extrañé mucho, mi niña.
Cerré los ojos.
—Yo también, mamá.
Mi voz casi se quebró.
Pero logré mantener la sonrisa.
Matías Fernando se acercó después.
Como siempre, intentó hacerme reír.
—¿Estudiaste o te pasaste todos estos días preocupada?
Negué con la cabeza.
—Estudié.
Él sonrió.
—Sabía que ibas a decir eso.
Por un segundo todo parecía igual.
Como si nada hubiera pasado.
Adriella corrió hacia mí.
—¡Isabella!
Me agaché para abrazarla.
Ella estaba feliz contando todo lo que había hecho durante el viaje.
La escuché con atención.
Porque ella seguía siendo esa pequeña niña que no tenía culpa de nada.
En eso se acercó Adrián, tomó a la niña en brazos y le dijo con voz dulce que me heló la sangre:
—Vamos mi princesa, vamos a bañarte.
Me quedé helada, con el corazón golpeándome las costillas con fuerza, y los seguí en silencio hasta la habitación.
Me quedé parada en la puerta, viendo cómo le quitaba la ropa con cuidado mientras ella reía sin sospechar nada.
Lo vi meterla a la ducha y empezar a lavarla, y en un momento la vocecita inocente de Adriella se escuchó temblorosa:
—Me duele, papá.
Sentí que la sangre se me congelaba por completo.
Y entonces él me miró fijamente, con esa frialdad que solo yo conocía, y dijo delante de ella:
—¿Cierto, Isabella?
Que somos pololos y nos vamos a casar.
Yo no pude responder, la garganta se me cerró.
Él acercó la mano y me dijo con voz suave pero letal:
—Amor cierto
Yo no respondí entonces dijo
Princesa.
Ahora papá se va a sacar la ropa y se va a bañar contigo, y vamos a jugar con el juguete nuevo de papá.
Me obligó con la mirada a obedecer, y con un hilo de voz roto por el miedo tuve que decir:
—Sí…
Él asintió satisfecho y me ordenó:
—Amor, termina tú de bañarla con cuidado.
Y Adriella seguía ahí, feliz, sin entender nada.
—Adrián
Los vi volver.
La familia que había llegado a conocer.
La familia que yo había venido a enfrentar.
Le digo que no le haré daño, que solo es para que ella obedezca…
pero Isabella sabe la verdad.
Ella sabe que soy una bestia.
Sabe que si me atrevo, soy capaz de todo.
Y ese miedo es lo que me hace dueña de su voluntad.
—Isabella
Esa noche, mientras todos hablaban y reían, observé a mi familia.
Mi mamá y mi papá.
Mi hermano.
Adriella.
Todos juntos.
Mi mundo.
Y pensé en una sola cosa:
Él dice que no le hará nada… pero yo sé que sí.
Yo sé que es una bestia.
Y por eso me callo.
Porque no me atrevo a probar si es verdad o mentira”.