Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 24
Subimos en el ascensor privado directamente al piso cincuenta y ocho, donde se encontraba la suite ejecutiva.
Dante Rossi nos esperaba en el pasillo principal, vistiendo un traje gris de corte impecable y sosteniendo una carpeta de cuero con el sello del departamento jurídico.
—Buenos días, Arthur. Señora Vance —saludó Dante con una leve inclinación de cabeza—. El consejo de administración está reunido en la sala magna. Todos los miembros están presentes, incluidos los representantes del fondo de pensiones que amenazaban con abstenerse.
—¿Y Julián? —preguntó Arthur mientras caminábamos hacia la sala de conferencias.
—Sus abogados han presentado una solicitud de fianza esta mañana, pero el juez la ha denegado debido al riesgo de fuga y a la congelación de sus activos fiduciarios —informó Dante con una sonrisa fría—. Actualmente se encuentra en las dependencias de la fiscalía del distrito, intentando localizar a su madre. Pero Beatriz se ha negado a responder a sus llamadas desde la cena de anoche.
Un amargo sabor a victoria recorrió mi boca. Julián estaba viviendo el infierno que él mismo había cavado con su arrogancia. Sin embargo, sabía que un animal acorralado era doblemente peligroso.
—Asegúrate de que la fiscalía mantenga el secreto de sumario sobre las cuentas bancarias de la firma —ordené a Dante con tono firme—. No quiero que los analistas de Wall Street empiecen a especular sobre el volumen total de la malversación antes de que cerremos el trimestre.
Dante me miró con una chispa de franca admiración en sus ojos azules.
—De inmediato, señora Vance. Los comunicados están redactados bajo sus especificaciones.
Entramos en la sala magna de reuniones. Una mesa ovalada de madera de nogal para treinta personas estaba ocupada por los hombres y mujeres más poderosos del sector financiero de Nueva York. Todos se pusieron de pie al vernos entrar.
Arthur ocupó la cabecera de la mesa, y yo me senté a su derecha, en el sillón de piel negra que hasta la semana pasada pertenecía a Julián.
Durante dos horas, la reunión se desarrolló con una precisión implacable. Presenté el plan de reestructuración financiera de la firma, desglosando los activos, recortando las líneas de crédito concedidas a las empresas pantalla del grupo Montgomery y consolidando el control sobre el fondo fiduciario central. Mi mente, afinada por años de disciplina, ejecutó cada argumento con una claridad cegadora que dejó sin palabras a los consejeros más escépticos.
Sin embargo, hacia el final de la reunión, cuando el aire de la sala climatizada se volvió denso y pesado, sentí que la temperatura de mi cuerpo subía de forma drástica.
Una nueva ráfaga de mareo, acompañada por un sudor frío que me empapó la espalda, amenazó con derribar mi concentración. La vista se me nubló por un microsegundo, haciendo que los rostros de los consejeros se convirtieran en manchas borrosas.
Apreté el borde de la mesa de nogal con ambas manos, buscando un punto de apoyo. Mi respiración se volvió corta, superficial.
—...y por lo tanto, la transferencia de los dividendos del tercer trimestre quedará suspendida hasta que la auditoría externa concluya —terminé de decir, forzando una voz firme que apenas reconoci como la mía.
—Una estrategia brillante, señora Vance —comentó el presidente del comité de auditoría, inclinándose con respeto desde el otro extremo de la mesa—. Creo que hablo en nombre de todos los accionistas cuando digo que el liderazgo de la firma está en las mejores manos posibles.
Arthur miró a los presentes y dio por concluida la sesión con un movimiento de cabeza.
—La junta queda levantada. Dante, distribuye las copias firmadas del acuerdo.
Los consejeros comenzaron a recoger sus documentos y a abandonar la sala entre murmullos de aprobación.
Me quedé sentada en mi sillón, incapaz de ponerme de pie de inmediato por miedo a que las piernas me fallaran. Esperé a que la sala se vaciara por completo, manteniendo los ojos fijos en la superficie pulida de la mesa de nogal.
Arthur esperó a que la última persona saliera y cerró la puerta doble de roble con un golpe seco.
Se giró hacia mí. El silencio en la inmensa sala de conferencias se volvió sofocante.
Arthur caminó despacio hacia mi posición, rodeó la mesa y se detuvo a pocos centímetros de mi silla. Se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos sobre los brazos de mi sillón, encerrándome en su espacio vital con una presencia abrumadora.
—Estás pálida, Emma —dijo, y su voz no tenía el tono corporativo de la reunión, sino esa frecuencia grave, oscura y penetrante que usaba a solas en *The Oak Manor*.
—Es el cansancio de la presentación, Arthur —intenté responder, alzando la mirada para sostenerle los ojos.
Arthur no aceptó la excusa. Levantó su mano derecha y posó el dorso de sus dedos contra mi mejilla. La piel de su mano estaba ardiente, y el contraste con la frialdad de mi rostro fue evidente.
—Tienes la piel helada y la frente húmeda —dijo, deslizando su pulgar por la línea de mi mandíbula hasta llegar a mi cuello, donde su dedo encontró el latido agitado de mi arteria carótida—. Y tu pulso está desbocado.
—Estoy bien...
—No estás bien —interrumpió él, y su mirada se volvió de piedra—. Llevas toda la mañana evitando el café, moviéndote con una precaución calculada y fingiendo una solidez que tu cuerpo está traicionando.
Un frío aterrador me congeló el pecho. La cercanía de Arthur era una amenaza física e intelectual. Su mente de cazador estaba procesando las anomalías de mi comportamiento, atando cabos con una velocidad peligrosa.
—Arthur, por favor... no es nada grave —dije, intentando ponerme de pie, pero su cuerpo me bloqueó el paso, obligándome a permanecer sentada.
Arthur se inclinó aún más, hasta que su aliento a tabaco y whisky me rozó los labios. Su mano bajó desde mi cuello, deslizándose por la solapa de mi chaqueta burdeos hasta detenerse exactamente en la boca de mi estómago. La calidez de su palma abierta atravesó la tela de mi traje con la fuerza de un hierro candente.
—No me mientas, Emma —susurró con una voz tan baja y rasposa que pareció vibrar directamente dentro de mis huesos—. Si hay algo que esté afectando a tu salud, si hay algún problema que estés intentando ocultarme... quiero saberlo ahora mismo.
—No hay ningún problema —mentí, clavando mis ojos en los suyos con toda la ferocidad que pude reunir—. Simplemente estoy agotada por el ritmo que me has impuesto desde que firmamos el acuerdo.
Arthur me miró durante varios segundos en un silencio tortuoso. Podía ver el engranaje de su cerebro analizando mi respuesta, sopesando si presionar más o dejar que la presa se confiara.
Finalmente, su mano no se retiró de mi vientre. Al contrario, ejerció una ligera presión, una caricia posesiva, profunda e inquietante que me hizo tragar saliva con dificultad.
—Espero que así sea, mi reina —murmuró Arthur, e inclinándose, besó la comisura de mis labios con una lentitud amenazante—. Porque si descubro que estás guardando un secreto que pueda alterar el futuro de esta familia...