Marcos Castro, el implacable director de Apex Dynamics, cree que el control lo es todo hasta que la humilde camarera Sara tropieza con él. Ella trabaja sin descanso para pagar deudas médicas y posee una dignidad inquebrantable que fascina a Marcos, desatando en él una peligrosa obsesión.Para acercarse, él le ofrece empleo en su empresa. Sin embargo, Sara desconfía de los ricos y rechaza sus lujos, obligando al magnate a bajarse de su pedestal para ganarse su corazón. Entre el orgullo y una pasión salvaje e incontenible, ambos inician un intenso juego de seducción.La situación se complica cuando los secretos del pasado de Sara salen a la luz y un enemigo corporativo intenta usarla para destruir la compañía. El hermético empresario tendrá que decidir si es capaz de quemar su propio imperio con tal de proteger a la mujer que se convirtió en su dulce perdición.
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CAPITULO 1. EL RASTRO DE LA VAINILLA
El rugido del motor V8 biturbo del nuevo prototipo de Apex Dynamics resonó con una potencia limpia en el interior del taller principal. Marcos permanecía de pie junto a la mesa de diagnóstico, con los brazos cruzados y la mirada gélida fija en las pantallas que medían las revoluciones de la máquina. A sus veintiséis años, el primogénito de Brandon y Monique se había consolidado como un hombre imponente, de una complexión robusta y un carácter tan hermético y disciplinado que muchos en la fábrica le temían más que a los propios balances financieros.
—Los parámetros de inyección están estables, jefe. Podemos pasar a la fase de pruebas de resistencia mañana —anunció uno de los ingenieros jefe, limpiándose el sudor de la frente.
Marcos se limitó a asentir con la cabeza, manteniendo la mandíbula apretada.
—Preparad el informe para la junta de las seis —respondió con su profunda voz barítona, una voz firme que no aceptaba réplicas, antes de darse la vuelta y caminar hacia su despacho acristalado que dominaba toda la planta de producción.
Al cruzar el umbral, el silencio de la oficina lo recibió, pero la paz que solía encontrar entre sus planos mecánicos se evaporó en cuanto vio a su hermana menor sentada en el escritorio contiguo. Lucía, que a sus veintidós años trabajaba como su asistente personal de gestión, levantó la mirada de su tableta digital. Tenía los mismos ojos claros y la chispa inteligente de su madre Monique, y conocía a su hermano mayor lo suficiente como para saber cuándo el implacable directivo estaba ocultando una tormenta interna.
—Llevas tres días firmando los balances del revés, Marcos —comentó Lucía, apoyando los codos en la mesa con una sonrisa de complicidad fraternal—. Tu cuerpo está en los talleres, pero tu cabeza se quedó atrapada en el Grand Palace el sábado por la noche. ¿Vas a decirme por fin qué te pasa o tengo que preguntarle a Daniel si te vio beber de más en la boda de Sasha?
—Concéntrate en tu trabajo, Lucía. No me pasa nada —respondió Marcos con un tono áspero, tratando de ocultar la agitación de su pecho mientras se sentaba en su silla de piel y abría una carpeta confidencial de cuero negro que acababa de llegar a su mesa.
Lucía soltó una risa suave, entornando los ojos.
—Te conozco, hermano. Eres un témpano de hielo, pero esa rigidez en la mandíbula no es por los presupuestos de los neumáticos —bromeó la joven antes de volver a centrarse en su pantalla, dándole la intimidad que necesitaba.
Marcos se aflojó el nudo de la corbata oscura y clavó los ojos en las hojas impresas del informe que el detective García le había enviado de forma discreta. Intentaba con todas sus fuerzas enfocar su mente analítica en los diseños de los nuevos componentes mecánicos, pero el subconsciente le jugaba una mala pasada una y otra vez. En cuanto cerraba los ojos, el reflejo plateado de las bombillas del jardín de la boda regresaba a su mente, y con él, el aroma más perturbador y adictivo que jamás había respirado en su vida: vainilla dulce mezclada con la lluvia fresca de la noche.
Recordaba con una nitidez que le quemaba el pecho el sutil tropiezo en la terraza de la fiesta. Recordaba la rapidez refleja con la que había atrapado la bandeja de plata y cómo sus dedos se habían cerrado alrededor del antebrazo de esa joven camarera para evitar que cayera. Pero lo que verdaderamente había destrozado su armadura de hielo era el recuerdo de sus ojos. Unas pupilas color miel, brillantes y profundas que le habían sostenido la mirada con una dignidad tan inquebrantable que se había negado a agachar la cabeza ante su imponente presencia. No era una mujer de la alta sociedad, no llevaba joyas caras, pero la intensidad de ese breve encuentro lo había dejado completamente obsesionado.
—Sara... —murmuró para sí mismo, leyendo el nombre impreso en la primera línea del dossier.
Los datos del informe le encogieron el corazón en medio del pecho. Sara tenía veintidós años. Trabajaba en tres empleos extenuantes de catering y limpieza de sol a sol para poder costear los tratamientos de la enfermedad crónica de su madre. Pero lo que verdaderamente hizo que a Marcos se le detuviera la respiración fue el siguiente apartado del documento: Sara era madre soltera de un pequeño niño de cinco años llamado Matías.
Marcos se quedó completamente mudo, con la mirada fija en el papel. Una oleada de pura adrenalina y un impulso ultraprotector y posesivo que jamás había experimentado por nadie le recorrieron las entrañas. Ella se estaba rompiendo el alma en un apartamento humilde de la periferia, cuidando de su madre y de su hijo en absoluta soledad, sin un hombre que la blindara de los golpes de la vida.
Cerró la carpeta de cuero con un golpe firme y se puso en pie, caminando hacia el ventanal para observar los talleres. El orgullo del heredero de Apex Dynamics se había disuelto ante el rastro de la vainilla. No entendía por qué el destino la había puesto en su camino, ni qué le depararía el futuro, pero una certeza inamovible se grabó en su mente: iba a usar todo el poder de su apellido para volver a verla. Iba a forzar un encuentro en su propio terreno y se encargaría de meterse en la vida de Sara y de su pequeño Matías, convirtiéndose en su mayor protector sin importarle el abismo que dividía sus mundos