Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
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CAPITULO 4. EL PRECIO DE LA INDIFERENCIA
La perspectiva de José
El jardín de mis padres estaba decorado como si fuera la boda del año, aunque en realidad solo celebrábamos que por fin me había graduado en Ingeniería Informática. Habían pasado cinco años desde que me fui a la capital. Cinco años de programar hasta las tantas de la madrugada, de desarrollar mis primeros proyectos de software y de sentar las bases de lo que, estaba seguro, se convertiría en una de las empresas informáticas más potentes del país. Ahora regresaba de forma definitiva, con inversores interesados en mis proyectos y sintiéndome un hombre con la vida encarrilada y el orgullo bien alto.
Sostenía una cerveza fría mientras hablaba con unos tíos abuelos cuando la vi entrar por la verja lateral. Me quedé con la palabra en la boca, congelado a mitad de una frase sobre desarrollo de sistemas.
Laura caminaba al frente, pero toda mi atención se desvió irremediablemente hacia la chica que iba a su lado. Estela. Había cumplido los dieciocho ese mismo mes, pero lo que vi cruzar el césped no tenía absolutamente nada que ver con la adolescente huraña de mi memoria. Vestía un mono azul marino que se ajustaba con elegancia a su figura, el cabello castaño le caía en ondas perfectas sobre los hombros y caminaba con una seguridad aplantante sobre unos tacones que la hacían lucir altísima. Ya no había brackets, ya no había ropa holgada de instituto, ya no había rastro de la niña mellada de siete años.
Era una mujer. Una mujer increíblemente atractiva que, de repente, hizo que el aire se me escapara de los pulmones. Sentí un vuelco salvaje en el estómago, un golpe de realidad tan violento que casi me hace tirar la cerveza. Durante cinco años de universidad me había repetido que lo mío con ella era un capricho infantil, pero verla en ese instante destrozó todas mis defensas lógicas de ingeniero.
Me disculpé con mis tíos a toda prisa y caminé hacia ellas, enderezando la espalda y tratando de recuperar mi habitual sonrisa de suficiencia. Quería ver su reacción, esperaba su típica pulla irónica sobre mi fiesta o mi obsesión con las computadoras. Necesitaba que me provocara para volver a nuestro terreno conocido.
—Vaya, por fin llegan las invitadas de honor —dije, plantándome frente a ellas con mi tono más maduro—. Pensé que te habías perdido por el camino, Estela.
Laura me dio un abrazo rápido de felicitación, pero cuando miré a Estela, el golpe fue seco. Ella ni siquiera me sostuvo la mirada. Se limitó a hacerme un gesto vago con la mano, manteniendo una distancia prudencial.
—Felicidades por el título, José. Me alegro mucho por ti —dijo con una voz suave, perfectamente educada y carente de cualquier tipo de emoción.
No hubo burla, no hubo veneno, no hubo el diminutivo de "Josecito" que tanto odiaba. Nada. Su mirada pasó por encima de mi hombro, buscando a mi madre en la mesa de los aperitivos.
—Lau, voy a saludar a tu madre y a llevarle esto a la cocina —añadió, dándose la vuelta sin esperar a que yo respondiera.
Me quedé quieto en mitad del jardín, con la sonrisa congelada y una frustración ardiente subiéndome por el cuello. Durante toda la fiesta intenté acercarme, busqué su mirada, traté de iniciar una conversación sobre sus planes, pero fue imposible. Estela no me buscaba, apenas me miraba y, cuando el azar nos cruzaba en la barra de las bebidas, me trataba con la misma cortesía indiferente que le dedicaría a un completo extraño. Mi orgullo de futuro empresario informático se fue directo al suelo. La mocosa insoportable había crecido, se había vuelto hermosa y, lo peor de todo, parecía haber borrado mi existencia de su mapa.
La perspectiva de Estela
Apreté los dedos alrededor de la bandeja de canapés que la madre de José me había pedido que llevara a las mesas exteriores. Me obligué a respirar hondo, manteniendo los hombros hacia atrás y la cabeza alta. Sabía perfectamente que José me estaba observando desde el otro lado del jardín; sentía el peso de su mirada oscura clavada en mi espalda como si fuera fuego, pero me prometí a mí misma que no iba a ceder. No esta vez.
Había pasado cinco años sufriendo en silencio cada vez que él regresaba del campus con sus novias sofisticadas, sintiéndome la segundona, la niña inmadura que solo servía para amargarle las citas. Pero ya no tenía trece años. Había terminado el instituto, estaba a punto de empezar mi propia carrera y me había costado muchas noches de lágrimas entender que si seguía atacándolo con mis viejos sabotajes infantiles, José jamás me respetaría como a una igual. La única forma de proteger mi corazón y de ponerlo en su sitio era la indiferencia absoluta. Si no podía tener su amor, al menos tendría su respeto. Y ver cómo se le desencajaba la mandíbula cuando entré al jardín me demostró que mi estrategia funcionaba.
Cuando se acercó a nosotras con ese aire de suficiencia que tanto me irritaba, pretendiendo picarme con sus comentarios de siempre, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no derretirme ante lo guapo que estaba con ese traje de chaqueta que le sentaba de escándalo. Se veía tan hombre, tan inalcanzable con ese futuro brillante que todo el mundo le auguraba en el mundo de la tecnología. Pero mantuve el tipo. Le felicité con una frialdad ensayada frente al espejo de mi habitación y me di la vuelta, ignorando la obvia sorpresa de sus ojos.
A mitad de la tarde, Laura se acercó a mí junto a la mesa de bebidas, con una sonrisa de oreja a oreja y un vaso de refresco en la mano.
—Estela, juro que eres mi ídolo —susurró mi amiga, dándome un codazo cómplice—. Mi hermano lleva dos horas dando vueltas como un león enjaulado. No deja de mirarte. Ha intentado meterse en tres conversaciones distintas solo porque tú estabas en el grupo. Está totalmente descolocado.
—No sé de qué me hablas, Lau —mentí, dándole un sorbo a mi copa de agua con total parsimonia—. Solo estoy siendo educada con el hermano de mi mejor amiga. Es su fiesta, tiene que disfrutarla.
Laura soltó una carcajada ahogada.
—Sí, claro, y yo soy la reina de Inglaterra. Le estás destrozando el ego de genio informático y me parece maravilloso. Nunca lo había visto buscar la atención de alguien con tanta desesperación.
Sonreí para mis adentros, pero mantuve la fachada seria. Miré de reojo hacia donde José hablaba con su padre, aunque sus ojos volvieron a cruzarse con los míos en un segundo. Rápidamente aparté la vista, concentrándome en la conversación de mi tía. Me dolía actuar así, me moría por dentro de ganas de que me tomara de la mano y me mirara con el cariño que siempre había soñado, pero sabía que el juego había cambiado. Ahora las cartas estaban de mi lado. José acababa de descubrir que la niña del jardín ya no existía, y si quería entrar en la vida de la mujer que tenía delante, iba a tener que sudar tinta para conseguirlo.