Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 4: El León de Oro y el pergamino de la discordia
El ingreso de Alexander a la oficina principal del buffet no fue un evento ordinario. El hombre avanzaba con la zancada firme y pesada de quien sabe que es el dueño absoluto de cada metro cuadrado que pisa. Las miradas de los secretarios y asociados se apartaban de inmediato, casi por un reflejo de supervivencia. Sin embargo, cuando sus ojos oscuros se toparon con el cubículo del rincón, sus pasos se ralentizaron hasta detenerse por completo.
Valentina no bajó la cabeza. En lugar de intimidarse como el resto de los mortales que habitaban ese edificio, se limitó a sostenerle la mirada, midiéndolo de arriba a abajo con una parsimonia que rayaba en la insolencia. En su mente imperial, la soberana sopesó el porte del recién llegado. Tenía una estructura ósea envidiable, hombros anchos y una mandíbula tensa que delataba un temperamento implacable; sin duda, poseía el porte digno de un general de caballería de elite o de un líder de la mismísima Bratva de las estepas del norte. No obstante, un pensamiento divertido cruzó por su mente, haciéndola curvar apenas la comisura de los labios: le causaba una profunda gracia que un hombre con semejante estampa guerrera vistiera un traje de sastre tan pulcro y entallado en lugar de una armadura de hierro digna, forjada para resistir los embates del acero.
—Señor... Señor Alexander —irrumpió el abogado arrogante, rompiendo el hechizo de silencio. El tipo, que hacía apenas unos segundos temblaba frente a Valentina, intentó recuperar la compostura, aunque la voz le salió en un hilo quebradizo—. Qué... qué honor tenerlo aquí. Por favor, pase a mi oficina privada. ¿Le sirvo un café? ¿Un whisky? Lo que usted desee, estamos a sus pies.
El jefe del buffet prácticamente se desarmaba en reverencias invisibles, gesticulando de manera exagerada y tonta, como un bufón de la corte tratando de apaciguar a un rey enfurecido.
Alexander ni siquiera se molestó en mirarlo. Mantuvo sus ojos clavados en Valentina, ignorando la mano extendida del abogado.
—Déjate de estupideces y guárdate el café —cortó Alexander en seco, con una voz tan profunda y áspera que pareció hacer vibrar los cristales de la ventana—. Vengo porque la paciencia se me agotó. Esos infelices de la competencia volvieron a filtrar información confidencial. Me están robando la patente tecnológica de mi nuevo procesador.
El abogado arrogante comenzó a sudar frío, abriendo carpetas al azar sobre su propio escritorio mientras tartamudeaba tecnicismos legales para intentar sonar inteligente. Alexander soltó un bufido de asco. Apartó la vista del tembloroso sujeto y apuntó con el dedo directamente hacia la mujer del traje azul formal.
—Usted —sentenció el CEO, dando un paso firme hacia el cubículo de ella—. Dígame qué opina de este caso.
Valentina no se inmutó por la brusquedad del tono. Con movimientos pausados y una gracia innata que desentonaba por completo con el entorno corporativo, extendió su mano regordeta y tomó el grueso fajo de documentos que el empresario traía consigo. Al abrir la primera página, sus ojos escanearon los extraños diagramas y los términos que la antigua dueña del cuerpo conocía, pero que para su mente de gobernante antigua resultaban un absoluto galimatías.
*"El traspaso ilegal de datos se realizó a través de los servidores en la nube de la compañía principal"*, leyó textualmente en uno de los párrafos.
Valentina parpadeó un milisegundo, guardando la compostura para no delatar su total desconcierto. ¿Servidores en la nube? ¿Acaso en este siglo los hombres habían logrado esclavizar a deidades celestiales o dominar algún tipo de brujería climatológica para almacenar sus secretos entre las tormentas? ¿Cómo soplaba el viento los secretos de una empresa a otra? La idea de que el enemigo controlara las nubes le pareció un dolor de cabeza táctico, pero decidió que los detalles mágicos eran irrelevantes. Lo que importaba era la esencia del conflicto, y de eso ella sabía más que nadie en este planeta: aquello no era más que una burda estrategia de espionaje, una infiltración de espías en las filas propias y una traición corporativa de manual.
Cerró la carpeta de golpe, provocando un impacto seco que hizo saltar al abogado arrogante que permanecía a un costado. Con una tranquilidad absoluta y perturbadora, Valentina entrelazó sus dedos sobre el escritorio, miró fijamente al CEO millonario y habló con una parsimonia letal.
—Tu enemigo no te ha robado un simple artefacto o una fórmula, hombre de negocios —declaró ella, y el uso de un lenguaje tan directo y desprovisto de sumisión hizo que Alexander enarcara una ceja—. Te ha robado el honor en tu propia casa. Significa que tienes una rata alimentándose de tu trigo bajo tus propias narices. Si esto ocurriera en mi imperio, ya habría enviado a la guardia real a quemar sus tierras hasta los cimientos, confiscado su ganado y colgado las cabezas de sus generales en las picas de la muralla para que sirvieran de advertencia.
El abogado arrogante se tapó la boca con una mano, ahogando un gemido de puro terror ante lo que consideraba una locura desquiciada que les haría perder al cliente más rico de la firma. Alexander, por su parte, ensanchó las fosas nasales, completamente estupefacto por lo que acababa de escuchar. Nadie, en toda su carrera profesional, le había hablado con semejante nivel de soberbia y crudeza.
Valentina continuó, esbozando una sonrisa gélida y afilada que ensombreció sus bonitas facciones blancas.
—Pero... como este siglo en el que me ha tocado despertar es sumamente aburrido y sus leyes prohíben las soluciones eficientes con fuego —añadió, dando un suave golpecito con el índice sobre la cubierta de la carpeta—, tendré que adaptarme. Usaré este pergamino legal que llamas demanda corporativa como mi nueva espada. Te aseguro que los asfixiaré financieramente, rincón por rincón, hasta que el aire les falte, sus arcas queden vacías y no tengan más remedio que arrastrarse por el fango del tribunal para rogarte piedad de rodillas. Déjame el caso a mí.
Un silencio sepulcral se apoderó del piso. El jefe del buffet miraba el suelo, esperando que Alexander desatara su furia destructiva contra la abogada de talle grande. Sin embargo, el millonario no gritó.
Alexander se quedó inmóvil, procesando las palabras de Valentina. Estaba acostumbrado a tratar con abogados corporativos aburridos, hombres grises de trajes caros que le daban respuestas tibias, llenas de rodeos, peros y tecnicismos cobardes para lavarse las manos si las cosas salían mal. Pero esta mujer... esta mujer de curvas imponentes exudaba una seguridad tan salvaje, tan primitiva y tan genuinamente peligrosa que, por primera vez en años, el CEO sintió un ligero escalofrío recorriéndole la espina dorsal. Estaba fascinado, y en el fondo, un poco asustado por la intensidad real de esa mirada que demandaba sumisión absoluta de cualquiera que se cruzara en su camino.
Alexander esbozó una sonrisa de medio lado, una expresión fría que rara vez mostraba en público. Se enderezó cuan largo era y miró de reojo al dueño del buffet, quien seguía pálido como el papel.
—Olvida todo lo que te dije antes —ordenó Alexander, con la vista fija nuevamente en Valentina—. A partir de este maldito segundo, cancelo mis contratos con tus asociados principales. Quiero que ella se encargue de absolutamente todos mis asuntos legales. Si esta mujer dice que va a hacer que mis rivales se arrastren de rodillas, quiero estar en primera fila para ver cómo cumple su palabra.
Valentina asintió levemente con la cabeza, aceptando el trato no como una empleada sumisa que agradece un ascenso, sino como una reina que acaba de aceptar el vasallaje de un nuevo y poderoso señor de la guerra.
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