Traicionada, humillada y subestimada, Isabella dejó atrás un matrimonio tóxico para reconstruirse desde cero. Años después, regresa sin miedo y dispuesta a reclamar la fortuna millonaria de la abuela Genieve, dejando claro a quienes la despreciaron que la antigua Isabella ya no existe.
Una historia de renacimiento, poder y justicia donde las reglas del juego cambiaron para siempre y la venganza se sirve con elegancia.
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Capitulo 2
El tic-tac del reloj de pared en el vestíbulo sonaba como un martillazo constante en medio de la penumbra. Las dos y media de la mañana.
Isabella estaba sentada en la esquina del gran sofá de terciopelo de la sala principal, hecha una bolita con las piernas cruzadas e inflada en el mismo abrigo gris de la mañana. No había encendido las luces. La única iluminación venía de la pantalla de su teléfono, que marcaba cero notificaciones nuevas. Ni un mensaje, ni una llamada perdida, ni una excusa rápida enviada por compromiso.
La mansión Vane a esa hora parecía un mausoleo gigantesco. Un castillo de lujo construido para impresionar al mundo exterior, pero totalmente vacío por dentro.
El crujido de la pesada puerta de entrada rompió el silencio.
Isabella se puso de pie de golpe, sintiendo una mezcla absurda de alivio y angustia golpeándole el estómago. Las pisadas de Julián resonaron en el mármol, pesadas, irregulares y sin ningún intento de ser discretas. Olía a noche, a viento helado y, en cuanto él dio tres pasos hacia la sala y se quitó el saco con torpeza, a algo más.
Un aroma dulzón, penetrante y marcadamente ajeno. Perfume de flores exóticas que jamás había pertenecido a la colección de Isabella.
—¿Julián? —la voz de Isabella salió baja, casi un susurro tembloroso en medio de la oscuridad.
Julián se sobresaltó ligeramente, pero en cuestión de milisegundos su rostro recuperó esa expresión de aburrimiento y superioridad que parecía haberse instalado en él desde hacía meses. Aflojó su corbata de seda con un tirón descuidado.
—¿Qué haces despierta a esta hora, Isabella? —preguntó, arrastrando un poco las palabras—. Te he dicho mil veces que no me esperes levantada. Pareces un fantasma acechando en la oscuridad.
El comentario escocía, pero Isabella decidió ignorarlo. Dio un paso hacia él, dispuesta a tragar su orgullo, a quemar el último cartucho que le quedaba para no ver cómo su vida se desmoronaba por completo.
—Estaba preocupada —dijo acercándose, aunque se detuvo a un metro de distancia cuando el perfume desconocido la golpeó de lleno—. Tu madre dijo esta mañana que tenías mucho trabajo, pero no respondiste a mis mensajes. Creí que te había pasado algo.
Julián soltó una carcajada corta, seca, cargada de una ironía mordaz que hizo a Isabella dar un paso atrás.
—¿Preocupada? Por favor, Isabella, no me hagas el drama de la esposa abnegada a las tres de la mañana. Estaba en una cena de negocios. Cosas importantes, cosas de las que tú no entiendes nada.
—¿Negocios? —Isabella tragó saliva, señalando sutilmente la solapa de su traje—. Hueles a perfume de mujer, Julián. Un perfume muy fuerte. Y ni siquiera te molestas en disimularlo.
Julián rodó los ojos y dejó caer su saco sobre el brazo del sofá, como si la acusación no fuera más que un mosquito molesto revoloteando a su alrededor.
—¿Y ahora vas a empezar con un escena de celos ridícula? —dijo acomodándose el cabello hacia atrás—. Estaba en un evento con inversionistas, rodeado de ejecutivos y sus acompañantes. ¿Qué esperabas? ¿Que me pusiera un traje de protección para que no se me pegara el aroma del ambiente? Deja de ser tan provinciana.
—¡No soy tonta, Julián! —alzó la voz por primera vez en semanas, y el eco de sus palabras resonó en el techo alto de la sala—. Llegas a la madrugada, me ignoras durante días, dejas que tu madre me humille frente al personal y ni siquiera eres capaz de mirarme a los ojos cuando me hablas.
Julián la miró fijamente. La frialdad en sus ojos era peor que si le hubiera gritado. Había una indiferencia tan profunda en su mirada que Isabella sintió un escalofrío helado recorriéndole la columna vertebral.
—Te miro a los ojos, Isabella, y lo único que veo es a una persona que no encaja aquí —respondió él con voz pausada, casi educativa, destructiva—. Mírate. Es de madrugada y sigues vestida como si fueras a un velorio. No tienes ambición, no tienes clase, no te esfuerzas por encajar en mi mundo. Mi madre tiene razón en algo: te di todo al traerte a esta casa, y tú solo sabes quejarte.
—¿Darme todo? —se le quebró la voz, pero apretó los dientes para no dejar caer las lágrimas—. ¿Llamas a esto 'darme todo'? Vivir encerrada en una casa donde los empleados me miran con lástima o burla, donde tu madre me trata como si fuera una plaga y donde tú... donde el hombre con el que me casé me trata como si fuera un cero a la izquierda.
Isabella se acercó un paso más, agarrando con fuerza la manga del suéter.
—Julián, por favor... —suplicó, odiándose a sí misma en el fondo por la nota de desesperación en su voz—. Acuérdate de cómo éramos antes. Antes de la empresa, antes de esta mansión, antes de que te importara más la opinión de tu madre que lo que sentimos. Podemos solucionarlo. Podemos irnos a otro lado, empezar de nuevo, intentar ser un matrimonio de verdad. Yo quiero salvar esto.
Por un segundo, solo un efímero segundo, pareció haber un destello de duda en el rostro de Julián. Pero el momento pasó tan rápido que Isabella pensó que lo había imaginado. La postura de Julián se volvió rígida de nuevo, y una sonrisa burlona y amarga dibujó sus labios.
—¿Irnos a otro lado? ¿Dejar mi puesto en la compañía, mi herencia, mi estatus... por qué? ¿Por un capricho tuyo? —Julián se rió, negando con la cabeza como si acabara de escuchar el chiste más estúpido de su vida—. Qué inmadura eres. La vida real no es un cuento de hadas, Isabella. Yo tengo responsabilidades, tengo un futuro que construir. No voy a tirar a la basura todo lo que significa el apellido Vane solo para jugar a la casita en un departamento contigo.
—No te estoy pidiendo que tires nada a la basura —murmuró ella, sintiendo cómo se le rompía el pecho por dentro—. Te estoy pidiendo que me elijas a mí. Solo una vez.
—Entonces estás pidiendo un imposible —sentenció Julián helándole la sangre—. Si no puedes con la presión de este estilo de vida, ese es tu problema. Nadie te obligó a casarte conmigo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y destructivas. Nadie la había obligado, no. Ella se había enamorado perdidamente de una ilusión, de una promesa de amor y protección que se había disuelto en cuanto la firma en el acta de matrimonio se había secado.
Julián pasó por su lado rozándole el hombro, sin un solo ademán de calidez, caminando en dirección a las escaleras que llevaban al segundo piso.
—Voy a dormir en la habitación de invitados —dijo sin volverse a mirar—. No tengo ganas de discutir más por tus paranoias. Mañana tengo una reunión importante a primera hora y no pienso perder el tiempo.
El sonido de sus pasos subiendo la escalinata de mármol fue marcando el ritmo de la retirada. Cada escalón ressonaba como un *eco de pisadas vacías*, recordándole a Isabella que la distancia entre los dos ya no se medía en metros, sino en un abismo insalvable.
Escuchó el portazo distante en el piso superior.
Luego, la mansión volvió a quedar en ese silencio sofocante que tanto odiaba.
Isabella se quedó parada en medio de la sala a oscuras. Se miró las manos temblorosas y luego bajó la mirada hacia el gran ventanal. Afuera, la lluvia seguía cayendo sin tregua, golpeando el cristal con fuerza. Una lágrima solitaria se le escapó finalmente, resbalando por su mejilla hasta chocar contra el cuello de su ropa.
Pero mientras se limpiaba la mejilla con el dorso de la mano, algo dentro de ella cambió. El dolor opresivo dio paso a una extraña y helada claridad. Había tocado fondo. Había suplicado, había intentado salvar algo que ya estaba muerto, y solo había recibido humillación a cambio.
La niña asustada que esperaba a que su príncipe regresara a casa acababa de morir en esa sala oscura.
Miró hacia la escalera por donde Julián había desaparecido y luego hacia la puerta de entrada. El eco de esas pisadas vacías ya no le causaría más pena. No volvería a suplicar por un amor que no existía.