Hana apenas tenía diecisiete años cuando la sacaron de la aldea donde creció para llevarla con su verdadera familia en Eldoria. Le prometieron un hogar, un nombre y un futuro. En cambio, recibió un sótano sin comida, una hermana adoptiva que le robó al prometido y unos padres que jamás la miraron a los ojos. Cuando Sofía y Evan ordenaron su asesinato, su cuerpo acabó en el fondo de un barranco.
Pero la sangre de Hana despertó algo en una cueva oculta: el alma de la Reina Amerta, soberana de un reino antiguo, cruzó siglos y dimensiones para habitar ese cuerpo destrozado. Con los recuerdos de ambas vidas, la furia de la víctima y la astucia de una emperatriz, Hana regresa a la mansión familiar dispuesta a recuperar todo lo que le fue arrebatado.
Lo que nadie sabe es que el Emperador Alaric también cruzó al mundo moderno buscándola, y el tiempo se le agota. Tres años. Es lo único que le queda antes de desaparecer para siempre.
Entre secretos familiares, traiciones que salen a la luz, una aldea ferozmente leal y reliquias imperiales que brillan al reconocer a su dueña, Hana descubrirá que la venganza es solo el principio. Lo que realmente está en juego es un amor que ni la muerte ni el tiempo pudieron borrar.
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Episodio 9
Alan condujo a toda velocidad, alejándose del salón de fiestas y de su familia. Recordó a Hana, encerrada en el sótano por orden de su padre.
—A partir de ahora no voy a permitir que nadie vuelva a pisotear a Hana. ¡Es mi hermana! —se dijo con firmeza.
Alan aceleró aún más, ansioso por llegar a la casa y liberar a Hana de su encierro. Aunque eso significara contradecir la voluntad de su padre. Detrás de él, otro auto lo seguía a la misma velocidad, pero sin atreverse a rebasarlo.
Los neumáticos chirriaron cuando Alan pisó el freno de golpe. Azotó la puerta y corrió hacia la parte trasera de la casa, donde se encontraba el sótano.
—¡Joven señor! —Una sirvienta se le acercó; era una mujer más joven que su madre.
—¡Dame la llave del sótano, rápido! —La voz de Alan retumbó, y sus ojos reflejaban una angustia profunda al cruzarse con los de la sirvienta.
—Señor, ¡cálmese! No se deje llevar por la emoción —le pidió un hombre de la edad de Alan que llegó con la respiración entrecortada.
Sin hacer más preguntas, la sirvienta le entregó la llave del sótano. Alan se la arrebató, abrió la cerradura y empujó la puerta de par en par. Una nube de polvo los recibió, metiéndoseles en el pecho y obstruyéndoles las vías respiratorias.
¡Cof, cof!
Alan agitó la mano frente a su rostro para apartar el polvo que le nublaba la vista. ¿Cuánto tiempo llevaba ese sótano sin abrirse?
—¡Hana! —Alan la llamó, y su voz resonó en el recinto.
La sirvienta frunció el ceño al ver a Alan buscar y llamar a Hana.
—¡Hana! ¿Dónde estás? —Alan se adentró más, buscando a su hermana.
—Señor, aquí no hay nadie. Desde esta mañana no ha venido nadie a la casa. ¿No está toda la familia en la fiesta ahora? —dijo la sirvienta, extrañada.
—Señor, la sirvienta dice que Hana no está aquí —repitió Jonás, el asistente de Alan, deteniendo los pasos de su jefe, que ya había dado varias vueltas por el sótano buscando a Hana.
Alan se volvió y clavó la mirada en la sirvienta que permanecía de pie fuera del sótano. Sus zancadas lo llevaron rápidamente hasta ella.
—¿Estás segura de que nadie trajo a Hana a este sótano? —le preguntó, enfatizando cada palabra.
—Estoy segura, señor. Nadie vino a traer a Hana a esta casa. Señor, ¿acaso volvieron a castigar a Hana? ¿A encerrarla aquí? Lleva desaparecida dos semanas enteras. ¿Qué fue lo que hizo para merecer esto? —soltó la sirvienta de corrido, dejando a Alan paralizado.
Los ojos de Alan la escrutaron con intensidad. Sus manos firmes se aferraron a los hombros de la mujer. Sus miradas se encontraron, profundas. La sirvienta también sostuvo la de Alan con valentía; estaba decidida a revelarle la verdad costara lo que costara.
—¿Qué es lo que sabes? —le preguntó con impaciencia.
La sirvienta se soltó del agarre de Alan con un movimiento brusco y sonrió con amargura, cargada de rencor.
—Señor, Hana nunca cometió ninguna falta desde que llegó a esta casa. Siempre nos ayudaba con las tareas e incluso preparaba ella misma los platillos favoritos de la familia. ¿Se acuerda de la cena de Año Nuevo? Todos esos platos los preparó Hana con sus propias manos, pero fue Sofía quien se llevó el mérito. Esa misma noche, su padre castigó a Hana solo por una pequeña discusión con Sofía. Se lo suplico: si no la quieren en esta familia, devuélvanla a la aldea. Tal vez allá su vida sea mucho mejor que aquí —confesó la sirvienta con sinceridad. Las lágrimas se le acumularon en las comisuras de los ojos, incapaz de seguir soportando el sufrimiento de Hana.
Alan se quedó petrificado. Le dolió el corazón escuchar lo que aquella mujer acababa de decirle.
—¿Qué más sabes? —insistió Alan con los ojos anegados.
—Yo creía que usted también sabía lo que ocurría, pero todos ustedes siempre se hacen de la vista gorda con Hana. Todas las culpas se las echan a ella sin querer averiguar primero la verdad. Solo le pido que dejen de culpar a Hana, porque todo eso es obra de Sofía. Lástima que ninguno de ustedes le cree a Hana. Y eso que ella es, sin duda, la que más ha sufrido en esta casa —dijo la sirvienta, dándose la vuelta y alejándose del sótano con las lágrimas rodándole por las mejillas.
Alan se quedó inmóvil. Las lágrimas le resbalaron por el rostro. Lo que había presentido todo ese tiempo resultó ser cierto: todo había sido una farsa de Sofía. Pero nadie le creía a Hana. Y eso que ella siempre había explicado lo que pasaba entre ellas.
Alan trastabilló hacia atrás y chocó contra la pared fría del sótano. Lloró, arrepentido de todo. Los recuerdos le dieron vueltas en la cabeza: cada momento en que todos culpaban a Hana.
Cuando Hana acababa de llegar a la casa, Sofía la recibió con amabilidad. Parecía aceptarla y la invitó a recorrer la residencia, pero después Sofía cayó al estanque de peces y Hana fue señalada como la culpable. En ese momento Hana lo negó con vehemencia, pero nadie quiso investigar la verdad, y la castigaron encerrándola en el sótano durante tres días con sus noches, sin comida ni agua. Y eso que Hana acababa de llegar a la casa.
—Hana... ¡perdóname! ¡No fui un buen hermano! —Alan sollozó desconsolado; su cuerpo se desplomó sobre el piso.
Jonás, su asistente, no sabía qué hacer. Nunca había visto a Alan derrumbarse de esa manera.
—¡Señor...!
Alan levantó la mano y se puso de pie.
—Encuentra a los dos guardias que se llevaron a Hana del salón —le ordenó mientras salía del sótano y se dirigía a su base secreta.
Hana, pase lo que pase, voy a encontrarte.
Continuará…