Durante dieciocho años, Rania Belmont fue el fantasma de la mansión ducal: una hija olvidada por su padre, torturada por su madrastra y humillada por su hermanastra. Hasta que murió.
Y entonces despertó otra persona en su cuerpo.
Elena, teniente militar de un futuro lejano, abre los ojos con las cicatrices de Rania en la piel y los reflejos de una soldado en los músculos. Un misterioso Sistema Anti-Apocalipsis le revela la verdad: el Emperador Aron Gild, el hombre más temido del continente, está al borde de perder el control de su maná oscuro. Si su estado emocional se desploma, el mundo entero será destruido. Rania tiene exactamente 365 días para mantenerlo estable.
El problema es que las misiones del sistema la obligan a acercarse al Emperador de formas cada vez más íntimas: abrazarlo, besarlo, dormir a su lado. Y Aron, frío y letal con el resto del mundo, desarrolla hacia ella una obsesión posesiva que no entiende de límites ni de tratados diplomáticos.
Mientras lucha por controlar al hombre que podría acabar con la civilización, Rania también libra su propia guerra. Tiene pruebas de que su madrastra Diana envenenó a su madre biológica, la Duquesa Leonor, y no descansará hasta que cada cómplice pague con sangre. Con la insignia secreta de su madre, una red de espías de élite a sus órdenes y una mente táctica forjada en campos de batalla del futuro, Rania desmonta pieza a pieza el imperio de mentiras que destruyó a su familia.
Pero la venganza tiene un precio. Entre conspiraciones palaciegas, princesas rivales, secuestros y traiciones, Rania descubrirá que el vínculo que la ata al Emperador es mucho más que una misión del sistema. Y que las cadenas más difíciles de romper son las que uno elige llevar.
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Episodio 1
El mundo de Elena giró sobre sí mismo. Frente a ella vio a una joven cuyo rostro era idéntico al suyo, pero en una versión mucho más delgada y lamentable. La chica estaba encogida sobre un suelo frío y mugriento.
Era Rania Belmont.
—¡Levántate, holgazana!
¡PAM!
Una patada brutal del tacón de aguja de una mujer de mediana edad aterrizó en las costillas de Rania.
Cof.
Cof.
Cof.
La chica tosió y escupió un líquido transparente mezclado con sangre.
—¡Maldición! ¿Qué le están haciendo a esa chica? —gritó Elena con los ojos desorbitados.
—Madre, mírala, ni siquiera tiene fuerzas para suplicar —dijo Viola con una risa burlona.
Viola, la hermanastra de Rania, estaba de pie, haciendo girar unas tenazas de hierro pequeñas, de las que se usan para cortar alambre.
Viola se arrodilló junto a Rania y con un gesto brusco le jaló a la fuerza la mano izquierda, que temblaba sin control.
¡CRAC!
—Escuché que todavía guardas el anillo que te dejó tu madre, esa ramera. ¿Dónde está? ¿En este dedo? —preguntó Viola con un tono dulzón que daba náuseas.
—P-por favor… hermana Viola… no hay nada… —gimió Rania en un hilo de voz.
—¿Ah, no hay nada? Entonces estos dedos ya no te sirven, ¿verdad? —preguntó Viola con una sonrisa torcida.
Sin previo aviso, Viola aprisionó el meñique de Rania con las tenazas y apretó con toda su fuerza.
¡CRKKK!
—¡AAAAAHHH!
El alarido de Rania retumbó por todo el sótano sofocante.
—¡BASTA! ¡¿ESTÁN LOCAS?!
Bramó Elena, intentando golpear a Viola y a Diana, pero sus puños solo atravesaron el aire.
Elena vio con sus propios ojos cómo la uña del meñique de Rania se desprendía y el dedo quedaba destrozado, bañado en sangre.
Diana no se detuvo ahí. Tomó un balde de agua helada mezclada con trozos de vidrio de la mesa.
—Para que se le enfríe un poco la cabeza —dijo Diana con una sonrisa maligna.
¡SPLASH!
El agua helada empapó el cuerpo entero de Rania, ya cubierto de heridas de látigo. Los fragmentos de vidrio que salieron con el agua se clavaron en la piel expuesta de su espalda y sus hombros.
El frío hacía que las heridas palpitaran con violencia, mientras los cristales le cortaban la carne cada vez que Rania temblaba de frío.
—P-por favor… —gimió Rania, retorciéndose en el suelo.
Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas ante aquella escena asfixiante. Sin saber por qué, aunque no conocía a esas personas, el pecho de Elena se comprimió al ver el sufrimiento de esa chica desgraciada.
—Madre, estoy aburrida. Ya ni siquiera puede hablar —se quejó Viola mientras se ponía de pie y se limpiaba las salpicaduras de sangre de Rania con un pañuelo.
—Déjala así. Las sirvientas se encargarán del resto. Si se muere, que la tiren al bosque de atrás. A nadie le importa —dijo Diana con total indiferencia.
Las dos mujeres se marcharon, dejando a Rania tirada, agonizante, en un charco de agua helada y su propia sangre.
Mientras tanto, Elena seguía inmóvil, con las lágrimas empapándole las mejillas, viendo cómo la luz se apagaba en los ojos de Rania.
Venga… mi muerte… y la de mi madre…, susurró aquella voz dentro de la cabeza de Elena.
En ese instante, la oscuridad lo devoró todo y la conciencia de Elena fue arrancada a la fuerza hacia aquel cuerpo destrozado.
—¡AAAHH!
Elena se sacudió de golpe. El dolor que antes solo había presenciado como espectadora ahora explotaba dentro de su propio cuerpo.
El hedor metálico de la sangre y el polvo que le asfixiaban los pulmones fueron lo primero que recibieron sus sentidos.
—¿Todavía no se muere? ¡Es una maldita bastarda!
Una voz chillona cargada de odio le taladró los oídos.
Elena abrió los párpados lentamente. Tenía la vista borrosa, pero alcanzó a distinguir un cuarto subterráneo y húmedo. Frente a ella estaba una chica joven con un vestido pomposo y maquillaje excesivo que sostenía un pequeño látigo con la punta bañada en sangre, mientras a su lado dos sirvientes fornidos se reían con desprecio.
¿Dónde estoy?, pensó Elena.
Su último recuerdo era la explosión en el laboratorio militar mientras probaba el arma más reciente, y la pesadilla que acababa de presenciar.
De pronto, una voz resonó solamente dentro de su cabeza.
¡Sistema Anti-Apocalipsis activado!
Bienvenida, Teniente Elena. Ahora se encuentra en el cuerpo de Rania Belmont, la Señorita Repudiada de la Residencia del Duque Belmont.
¡Alerta! Este mundo será destruido en 365 días por el Apocalipsis Mágico. Indicador de Apocalipsis al 95%. ¡Estado crítico!
Elena —o de ahora en adelante, Rania— frunció el ceño, seguida de una ráfaga de recuerdos ajenos que irrumpieron en su cerebro.
¿Viaje en el tiempo? ¿Apocalipsis? ¿Sistema? Sin embargo, el ardor en su espalda no le daba tiempo para pensar.
—¡Oye, idiota! ¿Por qué me miras así? ¿Quieres que te arranque los ojos?
Le gritó la chica frente a ella, que no era otra sino la hermanastra de Rania, hija de la concubina de su padre.
Viola avanzó un paso y se preparó para descargar el látigo otra vez sobre el cuerpo de Rania.
Hasta ahora, la Rania original había sido una chica frágil, miedosa, que siempre lloraba cuando la torturaban. Pero hoy algo era distinto: los ojos de Rania, antes apagados, ahora brillaban afilados como los de un águila lista para lanzarse sobre su presa.
—¡Toma esto, idiota! —dijo Viola con una sonrisa torcida.
¡CHAS!
El látigo silbó en el aire.
Rania no gritó. Con un movimiento rápido, fruto de años de entrenamiento militar, ladeó la cabeza y el látigo solo golpeó el vacío.
—¡¿Qué?! ¡¿Te atreves a esquivarlo?! —bramó Viola furiosa.
—¡Sujétenla! —ordenó Viola a sus sirvientes.
Los dos sirvientes avanzaron, pero antes de que sus manos tocaran la piel de Rania, ella —cuya alma era ahora la de la Teniente militar— se movió primero: agarró una pata de la mesa de madera podrida que tenía al lado y la arrancó de un solo pisotón.
¡CRAC!
Sin perder tiempo ni gastar saliva, Rania se puso de pie, ignoró el dolor de la espalda y les asestó una patada recta al plexo solar a cada uno de los sirvientes.
¡PAM!
—¡AAAHH!
Los dos sirvientes cayeron desplomados, sin aire.
—T-tú… tú… ¡tú! —gritó Viola, tartamudeando con el rostro blanco como papel ante lo que acababa de presenciar.
Rania se acercó lentamente. Cada uno de sus pasos se sentía pesado e intimidante, completamente distinto a la Rania original, que siempre irradiaba un aura sombría.
—¡No te acerques! —gritó Viola, retrocediendo.
—¿Qué pasa? ¿Miedo? —preguntó Rania con una sonrisa torcida.
¡CHAS!
¡CRASH!
—¡AAAHH!
Rania descargó el látigo contra un jarrón caro que estaba junto a Viola, haciéndolo añicos.
¡PUM!
Viola cayó sentada al suelo. Su vestido caro quedó sucio por las salpicaduras de agua del jarrón y el polvo del sótano. Con la respiración agitada, los ojos desorbitados, no podía creer lo que veía: Rania, su hermanastra que normalmente solo sabía llorar de miedo, ahora estaba de pie con la mirada helada.
—¿E-estás poseída o qué? —gritó Viola con la voz temblorosa.
—¡Cómo te atreves a resistirte! ¡Cuando padre se entere, te van a encadenar! —gritó Viola, intentando disimular su terror.
Si antes Rania habría llorado de miedo, ahora no. Ella era el alma de Elena, la Teniente militar que había liderado miles de soldados en combate. Todo el entrenamiento que había recibido, tanto físico como mental, lo dominaba a la perfección.
Continuará…