Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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Invitación desesperada
Punto de vista de Adrián
Sé que fui un idiota al desconfiar de Alix. Ella ya había sufrido lo suficiente por culpa del imbécil de Julián, y lo último que necesitaba era que el hombre que la ayudó a reconstruirse pusiera en duda su integridad. Mi reacción fue visceral, un instinto primitivo de posesión que no pude frenar a tiempo, ella era mía y no iba a permitir que nadie la arrebatara de mi lado, ni siquiera yo mismo. Así que, tras horas de darle vueltas al silencio en mi oficina, decidí bajar la guardia e ir por ella. Necesitaba arreglar las cosas y dejarle en claro que no desconfiaba de su lealtad, sino que el simple pensamiento de ese tipo cerca de ella me provocaba una rabia que nublaba mi juicio.
Entrar al estudio y verla tan absorta en el trabajo, tan distante, fue como un golpe de realidad. Alix no era solo mi socia; se había convertido en el eje de mi mundo, y la idea de haberle causado dolor me resultaba insoportable. Por eso hice algo que el antiguo Adrián Valenzuela jamás habría considerado: pedí perdón con un gesto, con esas flores que ahora parecían un pequeño tributo a su fortaleza.
La noche que siguió fue una revelación. En la entrega de nuestros cuerpos, en ese incendio que desatamos entre las sábanas, comprendí que ya no había vuelta atrás. No era solo un pacto para destruir a los Ferrara; era algo más profundo, una conexión que me obligaba a ser su escudo y su espada al mismo tiempo.
A la mañana siguiente, me desperté antes que ella. La luz del amanecer sobre el lago se filtraba por los ventanales, iluminando su rostro sereno. Verla así, despojada de la máscara de Alix Thorne, me recordó por qué estamos haciendo esto. Ella merece recuperar su vida, pero sobre todo, merece ver caer a quienes intentaron apagarla.
Me levanté en silencio, cuidando de no despertarla, y me dirigí a la cocina. Mi teléfono comenzó a vibrar sobre la encimera. Era un mensaje de mi jefe de seguridad.
"Señor, Julián Ferrara ha estado moviendo influencias toda la noche. Ha solicitado una reunión urgente con el banco central para intentar desbloquear el fideicomiso San Román alegando 'emergencia operativa'. También sabemos que Sofía Mendoza ha estado haciendo llamadas a clínicas estéticas en el extranjero".
Apreté la mandíbula. Julián estaba desesperado, y un hombre desesperado es capaz de cometer errores fatales o actos de violencia impredecibles. Miré hacia la habitación donde ella aún descansaba. La tregua romántica había sido necesaria, pero no podiamos bajar la guardia, ya que el peligro seguía afuera, más vivo que nunca.
Me serví un café cargado, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre mis hombros. No podía permitir que la duda volviera a entrar en esta casa, pero tampoco podía permitir que Alix se confiara. Julián no se rendiría tan fácilmente; él todavía cree que tiene poder, todavía cree que puede acercarse a mi esposa con la intención de conquistarla.
—No sabes lo que te espera, Ferrara —susurré para el vacío del Penthouse—. Pensaste que te dejaría acercarte a ella, pero solo lograste recordarme la razon por la cual acabare contigo y con todo lo que te rodea. Y esta vez, yo me encargaré de que no quede ni el rastro de tus cenizas.
Alix entró en la cocina poco después, envuelta en una bata de seda, con el cabello algo revuelto y esa mirada afilada que tanto me gustaba.
—¿Problemas? —preguntó, detectando de inmediato mi tensión.
—Solo los habituales —respondí, ofreciéndole una taza—. Julián está empezando a patalear. Quiere sus tierras de vuelta.
—Que patalee todo lo que quiera —dijo ella con una calma gélida, dando un sorbo al café—. Hoy presento la auditoría preliminar. Para el mediodía, su junta directiva sabrá que la constructora Ferrara es un barco hundiéndose.
La miré con orgullo. Ya no quedaba nada de la Elena sumisa.
—Entonces, hagámoslo —sentencié—. Pero recuerda, Alix: mantente cerca de mí. Julián está perdiendo el control, y no quiero que intente nada estúpido cuando se vea acorralado.
—Lo haré —respondió Alix, mirándome con una determinación que me recorrió el cuerpo—. De ahora en adelante, no me separaré de ti para nada.
Su mirada era una invitación silenciosa a prolongar nuestra mañana, una tregua antes de volver al campo de batalla. Fuimos a la ducha y allí, entre el vapor y el agua caliente, revivimos la pasión de la noche anterior. Fue un momento de posesión y reafirmación; necesitaba sentirla mía antes de entregarla de nuevo al escrutinio del mundo.
Después, nos alistamos. Fuimos a la sede de la Constructora Ferrara y entregamos a la junta directiva los resultados preliminares de la auditoría. Vi las caras de los socios palidecer al notar los huecos financieros que Julián intentaba ocultar. Tras dejar la bomba activada, regresamos a nuestra empresa para continuar con el trabajo pesado.
Pasado el mediodía, recibí una notificación que no esperaba tan pronto: una invitación formal de Julián Ferrara. Nos invitaba a su residencia para una cena que él llamó de "tregua".
Solté una risa seca frente a la pantalla. En su desesperación por no perder los terrenos San Román, Julián acababa de cometer el error de su vida: invitarnos a su terreno, a la casa que todavía olía a la ausencia de Elena. Él cree que nos está llevando a su mesa para negociar desde una posición de hospitalidad, pero lo que en realidad está haciendo es abrirnos las puertas de su fortaleza para que podamos analizar cada rincón, estudiar sus debilidades y destruirlo desde adentro.
—¿Una cena de tregua? —preguntó Alix, entrando en mi despacho. Sus ojos brillaban con una mezcla de odio y anticipación—. Quiere jugar al anfitrión distinguido.
—Quiere que seamos parte de su juego y así recuoerar la credebilidad de su junta directiva, o al menos recuperar el dinero que representa —respondí, poniéndome de pie y ajustándome el saco—. Es un movimiento desesperado. Cree que en su casa, rodeado de sus lujos, tendrá el control.
—No tiene idea de que esa casa me pertenece más a mí que a él —susurró ella, y por un segundo, vi un destello de la Elena que clamaba por justicia—. Aceptaremos, ¿verdad?
—Por supuesto. Pero iremos bajo mis reglas. No quitaremos la mano del cuello de su empresa ni un segundo. Mañana por la noche, Julián Ferrara descubrirá que invitó al diablo a cenar a su mesa.
Miré a Alix. Lucía impecable, poderosa, letal. Julián esperaba a una inversionista extranjera difícil de convencer; yo le entregaría a la mujer que iba a arrebatarle hasta el apellido.
—Prepárate, Alix. Mañana volverás a pisar esa casa, pero esta vez, no como la esposa sumisa que sacaron sin compasión, sino como la dueña de su destino.